martes, 6 de agosto de 2013

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA



Miércoles, 7 de Agosto de 2013
Semana 18ª durante el año.

Primera lectura
Despreciaron una tierra envidiable

LECTURA DEL LIBRO DE LOS NÚMEROS 13, 1-2. 25—14, 1. 26-29. 34-35

El Señor dijo a Moisés en el desierto de Farán: «Envía unos hombres a explorar el país de Canaán, que Yo doy a los israelitas; enviarás a un hombre por cada una de sus tribus paternas, todos ellos jefes de tribu».
Al cabo de cuarenta días volvieron de explorar el país. Entonces fueron a ver a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas en Cades, en el desierto de Farán, y les presentaron su informe, al mismo tiempo que les mostraban los frutos del país. Les contaron lo siguiente: «Fuimos al país donde ustedes nos enviaron; es realmente un país que mana leche y miel, y éstos son sus frutos. Pero, ¡qué poderosa es la gente que ocupa el país! Sus ciudades están fortificadas y son muy grandes. Además, vimos allí a los anaquitas. Los amalecitas habitan en la región del Négueb: los hititas, los jebuseos y los amorreos ocupan la región montañosa; y los cananeos viven junto al mar y a lo largo del Jordán».
 Caleb trató de animar al pueblo que estaba junto a Moisés, diciéndole: «Subamos en seguida y conquistemos el país, porque ciertamente podremos contra el». Pero los hombres que habían subido con él replicaron: «No podemos atacar a esa gente, porque es más fuerte que nosotros». Y divulgaron entre los israelitas falsos rumores acerca del país que habían explorado, diciendo: «La tierra que recorrimos y exploramos devora a sus propios habitantes. Toda la gente que vimos allí es muy alta. Vimos a los gigantes -los anaquitas son raza de gigantes-. Nosotros nos sentíamos como langostas delante de ellos, y ésa es la impresión que debimos darles».
Entonces la comunidad en pleno prorrumpió en fuertes gritos, y el pueblo lloró toda aquella noche.
Luego el Señor dijo a Moisés y a Aarón: «¿Hasta cuándo esta comunidad perversa va a seguir protestando contra mí? Ya escuché las incesantes protestas de los israelitas. Por eso, diles: "Juro por mi vida, palabra del Señor, que los voy a tratar conforme a las palabras que ustedes han pronunciado. Por haber protestado contra mí, sus cadáveres quedarán tendidos en el desierto: los cadáveres de todos los registrados en el censo, de todos los que tienen más de veinte años. Ni uno solo entrará en la tierra donde juré establecerlos, salvo Caleb hijo de Iefuné y Josué hijo de Nun. A sus hijos, en cambio, a los que ustedes decían que iban a ser llevados como botín, sí los haré entrar; ellos conocerán la tierra que ustedes han despreciado. Pero los cadáveres de ustedes quedarán tendidos en este desierto. Mientras tanto, sus hijos andarán vagando por el desierto"».

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 105, 6-7a. 13-14. 21-23
R. ¡Acuérdate de nosotros, Señor!

Hemos pecado, igual que nuestros padres; somos culpables, hicimos el mal: nuestros padres, cuando estaban en Egipto, no comprendieron tus maravillas. R.

Muy pronto se olvidaron de las obras del Señor, no tuvieron en cuenta su designio; ardían de avidez en el desierto y tentaron a Dios en la soledad. R.

Olvidaron a Dios, que los había salvado y había hecho prodigios en Egipto, maravillas en la tierra de Cam y portentos junto al Mar Rojo. R.

El Señor amenazó con destruirlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo firme en la brecha para aplacar su enojo destructor. R.


EVANGELIO
 Mujer; ¡qué grande es tu fe!

EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN MATEO 15, 21-28

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.
Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».
Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». Pero la mujer fue a postrarse ante El y le dijo: «¡Señor, socórreme!» Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».
Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»
Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» y en ese momento su hija quedó sana.

Palabra del Señor.

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Reflexión
Núm. 13, 1-2. 25-14,1. 26-29. 34-35. Nos encaminamos hacia la Tierra Prometida; hacia la Ciudad de sólidos cimientos. Dios es nuestra herencia. Aspiramos a poseer los bienes eternos, que el Señor ha prometido dar a quienes le vivan fieles. No podemos formarnos una idea falsa de Dios. Él jamás se convertirá en un poderoso enemigo a la puerta; Él es nuestro Dios y Padre, cercano a nosotros, amándonos hasta el extremo de entregar a su propio Hijo, con tal de salvarnos. Por eso hemos de confiar siempre en el Señor a pesar de que el sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro y la espada traten de apartarnos del amor de Cristo. En el Señor nosotros tenemos la victoria sobre el autor del pecado y de la muerte; por eso nuestro enemigo ha sido vencido, y nosotros, junto con Cristo, también nos hemos levantado victoriosos, gozando de una vida nueva. Sin embargo esto no nos libra de estar continuamente sometidos a una diversidad de tentaciones; por eso no hemos de confiar en nuestras propias fuerzas, pues nuestra naturaleza está inclinada al pecado, y nuestra concupiscencia fácilmente puede arrastrarnos por caminos de maldad. Hemos, más bien, confiar en el Señor y en la Fuerza de su Espíritu, que Él ha derramado en nosotros. Si sabemos escuchar la voz del Señor y le vivimos fieles lograremos salvar nuestras almas. Que Dios tome nuestra vida en sus manos y nos lleve sanos y salvos a su Reino celestial.

Sal. 106 (105). Hemos de conservar la memoria. No podemos olvidarnos del amor que nuestro Dios y Padre siempre nos ha tenido. Sin embargo sabemos que las preocupaciones de la vida, el afán de poder y por las riquezas de este mundo, nuestras malas inclinaciones y nuestros egoísmos muchas veces han jalonado nuestra vida y la han llevado lejos del amor a Dios y del
amor al prójimo. Humildemente postrados ante el Señor reconozcamos que somos pecadores y pidamos perdón; pidamos perdón con la intención de no olvidar lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros. Pidamos perdón porque queramos reiniciar nuestro camino en el bien, ayudados por la Gracia venida de lo Alto. Dios nos ha amado de tal forma que nos envió a su propio Hijo, no para condenarnos, sino para salvarnos, pues Él no es un enemigo a la puerta, sino nuestro Dios y Padre, cariñoso y comprensivo para con nosotros, que somos sus hijos. Aprovechemos, pues, este tiempo de Gracia, que el Señor nos concede a cada uno de nosotros; no seamos hijos rebeldes, pues, de serlo, al final nosotros mismos habríamos precipitado nuestra vida hacia la perdición y alejamiento eternos de nuestro Dios y Padre.

Mt. 15, 21-28. La salvación es ofrecida en primer lugar a los hijos, al pueblo elegido, al Pueblo de la Antigua Alianza. No importa que no pertenezcamos al Pueblo de Israel. Dios tiene también compasión de nosotros, y hace que nos levantemos de todo aquello que ha puesto en peligro nuestra salvación. Ya san Pablo nos dice que siendo Cristo el árbol de olivo verdadero, nosotros, cortados del olivo silvestre, hemos sido injertados en el Señor para alcanzar en Él la salvación, que no está reservada a los Israelitas, sino que es herencia del mundo entero. Sin embargo aquellos que se oponen tenazmente a la fe y rechazan la salvación en Cristo Jesús, ¿serán dignos de recibir el Pan reservado a los hijos?

Es tarea de la Iglesia no cerrarse al amor que debe continuar teniendo siempre a todas las personas, incluso a los más grandes pecadores, para hacer llegar a ellos el Don de la Salvación que procede de Dios. No podemos dar lo que nos sobra.
Cuando realmente lo demos todo sin escatimar esfuerzos y sin reservas, entonces los demás comprenderán el amor de Dios y podrán unir a Él su vida para convertirse, también ellos, en testigos del amor y de la Vida que el Señor ha infundido en nosotros.

El Hijo de Dios, enviado por el Padre, ha salido al encuentro de una humanidad amenazada de muerte a causa del pecado, pues nos hemos alejado de Él y, tal vez, hemos renegado de nuestro peregrinar por este mundo. Sin embargo Dios jamás ha dejado de amarnos. Él ha contemplado nuestra vida, muchas veces llena de maldad, y nos ha seguido amando de tal forma que salió a nuestro encuentro en su Hijo Jesús para redimirnos y hacernos hijos de Dios. Él nos amó hasta el extremo derramando su sangre por nosotros, para que en adelante ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Este Amor es el que hoy celebramos en este Memorial del Misterio Pascual de Cristo.

El Señor no sólo quiere remediar nuestros males y perdonar nuestros pecados. Él nos quiere como hijos suyos, sentados a su Mesa para participar de su Vida y de su Espíritu. Él nos quiere levantar de todo aquello que nos oprime y destruye. El Dios de la Vida quiere que esa Vida se haga realidad entre nosotros, para que nos convirtamos en testigos de la misma en el mundo entero. Nosotros no podemos beneficiarnos solos de los Dones del Señor.

El Señor nos envía a llevar esta Buena Noticia de su amor a la humanidad entera. No podemos creernos santos con una falsedad de criterios y actitudes. La persona realmente santa tomará el mismo camino salvador de su Señor, preocupándose por el bien de los demás. No cerremos los ojos ante nuestros hermanos que viven esclavos del pecado. No tengamos miedo en hacerles llegar también a ellos el Banquete de Salvación que el Señor nos confió, no sólo para que lo anunciemos con nuestras palabras, sino para que lo entreguemos como alimento que fortalezca las esperanzas de la humanidad. Jamás despreciemos a los demás; por ningún motivo violemos sus derechos humanos; jamás los humillemos. Tratemos de amar, y amar con el mismo amor y entrega con que nosotros hemos sido amados por Dios. Esa es la Misión y el compromiso que tenemos los que formamos la Iglesia. No nos convirtamos, por tanto, en un fraude para la humanidad.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser ocasión de salvación para la humanidad entera, para que todos vuelvan a Dios, y encaminen sus pasos hacia la posesión de los bienes definitivos. Amén.

Homilía católica.
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Santoral:San Sixto II, San Cayetano, San Donato y San Miguel de la Mora

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