domingo, 30 de abril de 2017

sábado, 29 de abril de 2017

Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa en Egipto, 29 de abril de 2017





HOMILÍA DEL SANTO PADRE
EN LA SANTA MISA.
El Cairo, Egipto. 
Sábado 29 de abril de 2017 

Al Salamò Alaikum / La paz sea con vosotros.

Hoy, III domingo de Pascua, el Evangelio nos habla del camino que hicieron los dos discípulos de Emaús tras salir de Jerusalén. Un Evangelio que se puede resumir en tres palabras: muerte, resurrección y vida.

Muerte: los dos discípulos regresan a sus quehaceres cotidianos, llenos de desilusión y desesperación. El Maestro ha muerto y por tanto es inútil esperar. Estaban desorientados, confundidos y desilusionados. Su camino es un volver atrás; es alejarse de la dolorosa experiencia del Crucificado. La crisis de la Cruz, más bien el «escándalo» y la «necedad» de la Cruz (cf. 1 Co 1,18; 2,2), ha terminado por sepultar toda esperanza. Aquel sobre el que habían construido su existencia ha muerto y, derrotado, se ha llevado consigo a la tumba todas sus aspiraciones.

No podían creer que el Maestro y el Salvador que había resucitado a los muertos y curado a los enfermos pudiera terminar clavado en la cruz de la vergüenza. No podían comprender por qué Dios Omnipotente no lo salvó de una muerte tan infame. La cruz de Cristo era la cruz de sus ideas sobre Dios; la muerte de Cristo era la muerte de todo lo que ellos pensaban que era Dios. De hecho, los muertos en el sepulcro de la estrechez de su entendimiento.

Cuantas veces el hombre se auto paraliza, negándose a superar su idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre; cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida.

Los discípulos reconocieron a Jesús «al partir el pan», en la Eucarística. Si nosotros no quitamos el velo que oscurece nuestros ojos, si no rompemos la dureza de nuestro corazón y de nuestros prejuicios nunca podremos reconocer el rostro de Dios.

Resurrección: en la oscuridad de la noche más negra, en la desesperación más angustiosa, Jesús se acerca a los dos discípulos y los acompaña en su camino para que descubran que él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús trasforma su desesperación en vida, porque cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. 1,37). Cuando el hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz (cf. Hb 11,34).

Los dos discípulos, de hecho, luego de haber encontrado al Resucitado, regresan llenos de alegría, confianza y entusiasmo, listos para dar testimonio. El Resucitado los ha hecho resurgir de la tumba de su incredulidad y aflicción. Encontrando al Crucificado-Resucitado han hallado la explicación y el cumplimiento de las Escrituras, de la Ley y de los Profetas; han encontrado el sentido de la aparente derrota de la Cruz.

Quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder.

Vida: el encuentro con Jesús resucitado ha transformado la vida de los dos discípulos, porque el encuentro con el Resucitado transforma la vida entera y hace fecunda cualquier esterilidad (cf. Benedicto XVI, Audiencia General, 11 abril 2007). En efecto, la Resurrección no es una fe que nace de la Iglesia, sino que es la Iglesia la que nace de la fe en la Resurrección. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Co 15,14).

El Resucitado desaparece de su vista, para enseñarnos que no podemos retener a Jesús en su visibilidad histórica: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29 y cf. 20,17). La Iglesia debe saber y creer que él está vivo en ella y que la vivifica con la Eucaristía, con la Escritura y con los Sacramentos. Los discípulos de Emaús comprendieron esto y regresaron a Jerusalén para compartir con los otros su experiencia. «Hemos visto al Señor […]. Sí, en verdad ha resucitado» (cf. Lc 24,32).

La experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones están vacíos del temor de Dios y de su presencia; de nada sirve rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón (cf. 1 S 16,7) y detesta la hipocresía (cf. Lc 11,37-54; Hch 5,3-4)[1]. Para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita.

La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y más humanos; es la que anima los corazones para llevarlos a amar a todos gratuitamente, sin distinción y sin preferencias, es la que nos hace ver al otro no como a un enemigo para derrotar, sino como a un hermano para amar, servir y ayudar; es la que nos lleva a difundir, a defender y a vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; nos da la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados (cf. Mt 25,31-45). La verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño.

Queridos hermanos y hermanas:

A Dios sólo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad. Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada.

Ahora, como los discípulos de Emaús, regresad a vuestra Jerusalén, es decir, a vuestra vida cotidiana, a vuestras familias, a vuestro trabajo y a vuestra patria llenos de alegría, de valentía y de fe. No tengáis miedo a abrir vuestro corazón a la luz del Resucitado y dejad que él transforme vuestras incertidumbres en fuerza positiva para vosotros y para los demás. No tengáis miedo a amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente.

La Virgen María y la Sagrada Familia, que vivieron en esta bendita tierra, iluminen nuestros corazones y os bendigan a vosotros y al amado Egipto que, en los albores del cristianismo, acogió la evangelización de san Marcos y ha dado a lo largo de la historia numerosos mártires y una gran multitud de santos y santas.

Al Massih Kam / Bilhakika kam! – Cristo ha Resucitado. / Verdaderamente ha Resucitado.

[1]Dice san Efrén: «Quitad la máscara que cubre al hipócrita y vosotros no veréis más que podredumbre» ( Serm.). «Ay de los que habéis perdido la esperanza», afirma el Eclesiástico (2,14 Vulg.).


El Santo del Dia: 29 DE ABRIL SANTA CATALINA DE SIENA VIRGEN Y DOCTO...

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LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
DOMINGO 30 DE ABRIL DE 2017
TERCERA SEMANA DE PASCUA

Hech 2,14.22-33; Sal 15 ;1 Pe 1,17-21; Lc 24,13-35

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 65, 1-2

Aclama a Dios, tierra entera. Canten todos un himno a su nombre, denle gracias y alábenlo. Aleluya.

Se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido, para que, al alegrarse hoy por haber recobrado la dignidad de su adopción filial, aguarde seguro su gozosa esperanza el día de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Yo era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, se presentó Pedro, junto con los Once, ante la multitud, y levantando la voz, dijo: "Israelitas, escúchenme. Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes, mediante los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por medio de él y que ustedes bien conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, Jesús fue entregado, y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.
Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto, David dice, refiriéndose a él: Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que él está a mí lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia. Hermanos, que me sea permitido hablarles con toda claridad. El patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo ocuparía su trono, con visión profética habló de la resurrección de Cristo, el cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción. Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo". Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

R/. Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio. Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor. El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos. R/.
Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado, jamás tropezaré. R/.
Por eso se me alegran el corazón y el alma y mi cuerpo vivirá tranquilo, porque tú no me abandonarás a la muerte ni dejarás que sufra yo la corrupción. R/.
Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti. R/.

SEGUNDA LECTURA

Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha.

De la primera carta del apóstol san Pedro: 1, 17-21

Hermanos: Puesto que ustedes llaman Padre a Dios, que juzga imparcialmente la conducta de cada uno según sus obras, vivan siempre con temor filial durante su peregrinar por la tierra.
Bien saben ustedes que de su estéril manera de vivir, heredada de sus padres, los ha rescatado Dios, no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, al cual Dios había elegido desde antes de la creación del mundo y, por amor a ustedes, lo ha manifestado en estos tiempos, que son los últimos. Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria, a fin de que la fe de ustedes sea también esperanza en Dios. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Lc 24, 32
R/. Aleluya, aleluya.

Señor Jesús, haz que comprendamos la Sagrada Escritura. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas. R/.

EVANGELIO

Lo reconocieron al partir el pan.

Del santo Evangelio según san Lucas: 24,13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?" Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?". Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!".
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Se dice Credo.

PLEGARIA UNIVERSAL

Invoquemos, amados hermanos, a Cristo, triunfador del pecado y de la muerte, que siempre intercede por nosotros diciendo: Rey de la gloria, resucítanos contigo. R/. Rey de la gloria, resucítanos contigo.
Para que Cristo, el Señor, atraiga hacia sí el corazón de los fieles y fortalezca sus voluntades, de manera que busquen los bienes de allá arriba, donde él está sentado a la derecha de Dios, roguemos al Señor. R/. Rey de la gloria, resucítanos contigo.
Para que Cristo, amo supremo de la creación, haga que todos los pueblos gocen abundantemente de la paz que en sus apariciones otorgó a los discípulos, roguemos al Señor. R/. Rey de la gloria, resucítanos contigo.
Para que Cristo, el destructor de la muerte y el médico de toda enfermedad, se compadezca de los débiles y desdichados y aleje del mundo el hambre, las guerras y todos los males, roguemos al Señor. R/. Rey de la gloria, resucítanos contigo.
Para que Cristo, el Señor, salve y bendiga nuestra parroquia (comunidad), y conceda la paz, la alegría y el descanso den las fatigas a los que hoy nos hemos reunido aquí para celebrar su triunfo, roguemos al Señor. R/. Rey de la gloria, resucítanos contigo. 
Dios nuestro, que en este día, memorial de la Pascua, has reunido a tu Iglesia que peregrina por el mundo, escucha nuestra oración y abre nuestros corazones para que entendamos las Escrituras y reconozcamos a tu Hijo al partir el pan. Él, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, los dones que, jubilosa, tu Iglesia te presenta, y puesto que es a ti a quien debe su alegría, concédele también disfrutar de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I-V de Pascua, p. 499-503 (500-504)

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Jn 21, 12-13

Los discípulos reconocieron al Señor Jesús, al partir el pan. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dirige, Señor, tu mirada compasiva sobre tu pueblo, al que te has dignado renovar con estos misterios de vida eterna, y concédele llegar un día a la gloria incorruptible de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne.

REFLEXIÓN

1.- LA FE EN LA RESURRECCIÓN ES FUENTE DE VIDA Y ESPERANZA

Por Gabriel González del Estal

1.- A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Tengo que empezar diciendo que el relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús se presta a muchas interpretaciones y deflexiones personales, espiritualmente jugosísimas. Que cada uno de nosotros lo lea y lo medite según lo que el Espíritu le sugiera a él. Yo me limitaré a escribir alguna de las reflexiones que ahora mismo me parecen interesantes. A los discípulos de Emaús la fe en la resurrección de Jesús les cambió la vida. Cuando se les había nublado la fe, se les había nublado la alegría y la esperanza: nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió todo esto. A los discípulos de Emaús les pasó lo mismo que les había pasado a los demás discípulos de Jesús: antes de ver al resucitado andaban tristes y acobardados; después de verlo recobraron la alegría, la valentía y las ganas de vivir y predicar. Sí, yo creo que también ahora, hoy mismo, la fe o la no fe en la resurrección de Jesús nos cambia la vida, con todo lo que esto conlleva. Creer en la Resurrección es creer en la vida inmortal, una vida en la que viviremos para siempre, según el juicio misericordioso que Dios haga de cada uno de nosotros. No creer en la resurrección es creer que todo se acaba definitivamente para la persona cuando ésta muere corporalmente. Y, naturalmente, creer que esta vida mortal es todo lo que tenemos, o creer que esta vida temporal es sólo camino para otra vida inmortal, condiciona mucho nuestro actual estilo de vida. Sí, la fe en la resurrección es, debe ser, fuente de vida y esperanza para todos nosotros, los que creemos en la Resurrección de Jesús. Leamos este relato del evangelista Lucas sobre los discípulos de Emaús con el alma llena de fe, alegría y agradecimiento a Jesús de Nazaret que, por nosotros, vivió, murió y resucitó.

2.- Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Estas palabras del apóstol Pedro, citando las Escrituras, son palabras que podemos y debemos decir hoy nosotros con alegría pascual. Tenemos el corazón alegre y todo nuestro ser vive esperanzado, porque la muerte, nuestra muerte corporal, no será el final de nuestro existir, sino el paso necesario de este mundo material a un cielo nuevo, donde viviremos para siempre con Dios, nuestro Padre, gracias a os méritos de nuestro Señor Jesucristo. Los cristianos debemos ser personas espiritualmente alegres, porque vivimos con el corazón lleno de esperanza. Las tristezas y los desasosiegos de este mundo nunca deben robarnos la alegría y la paz del alma. Vivamos para los demás, como Cristo vivió para nosotros, siendo mensajeros de la alegría y de la paz que Cristo nos ha regalado con su vida, muerte y resurrección. Cristo nos ha enseñado el camino de la vida y estamos seguros de que nos saciará de gozo en su presencia. Digamos, con palabras del salmo responsorial: se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena.

3.- Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. El juicio de Dios siempre será un juicio misericordioso, porque su justicia es una justicia misericordiosa, pero nunca será un juicio indiscriminado. Dios quiere que también cada uno de nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, como lo hizo el propio Jesús. No es lo mismo que hagamos obras buenas que obras malas, porque el que actúa con el espíritu de Jesús siempre debe intentar hacer las obras de Jesús. Tomemos en serio nuestra vida de cristianos, de discípulos de Cristo, y vivámosla según el espíritu de Cristo. Los frutos del espíritu son distintos de los frutos de la carne, como nos dice san Pablo en más de una ocasión. Que nuestras obras sean fruto del espíritu, no de la carne, porque si vivimos con Cristo y por Cristo, resucitaremos con él.

2.- RECONOCER LA PRESENCIA DE JESÚS

Por José María Martín OSA

1. - Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo, nos vence el cansancio, la desilusión, la desesperanza, el sentido de fracaso....También en muchas ocasiones hemos experimentado cómo Jesús no nos abandona, se acerca a nosotros como se acercó a los discípulos de Emaús: "Jesús en persona se puso a caminar con ellos". Él quiere compartir nuestros problemas, quiere sacarnos de las tinieblas, quiere darnos una palabra de ánimo que aclare nuestras dudas: "Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura". Comprobamos entonces, como lo hicieron los de Emaús, que Él es nuestra única esperanza. Jesucristo, el Señor resucitado, es el único que da sentido al misterio de la vida. Lo que entrega Jesús a los dos caminantes es algo más que un discurso, son sus gestos, su estilo y su talante lo que hace despertar a los discípulos.

2.- ¿Cómo podemos reconocer a Jesús? Este relato es una catequesis de cómo podemos llegar a tener una auténtica experiencia del resucitado. Lo encontramos en primer lugar en "la Palabra". Ellos comprendieron las Escrituras y se dieron cuenta de que ardía su corazón mientras les hablaba. Es meditando la Palabra de Dios y aplicándola en nuestra vida como podemos reconocer al Dios del Amor que Jesús nos anunció. En segundo lugar podemos encontrar a Jesucristo en la Eucaristía. A los discípulos de Emaús "se les abrieron los ojos y lo reconocieron.....y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan". Pero hay un tercer lugar de encuentro que los cristianos necesitamos recuperar: la comunidad. No se puede ser cristiano por libre, necesitamos la Comunidad para crecer como creyentes. Los discípulos de Emaús rectificaron su camino y volvieron a Jerusalén, "donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor". Tres lugares de encuentro y tres apoyos fundamentales para el cristiano: la Palabra, la Eucaristía y la Comunidad.

3.- "Dios lo resucitó". Es este el gran anuncio de Pedro el día de Pentecostés. Esta certeza transforma la vida de los discípulos. Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. Sus características son: la cercanía a la realidad de las personas --la acogida-- como punto de partida; es Jesús y la Palabra de Dios como centro de la predicación; es el compartir la vida y los dones como base del compromiso para transformar este mundo según los valores del Reino. La catequesis, que debe estar presente siempre como proceso de formación en la fe de todas las edades, parte también de la experiencia de vida y del encuentro con Jesús "el desconocido caminante" que camina a nuestro lado. Jesús llena el vacío de nuestra vida. No celebramos la Eucaristía para cumplir una obligación que nos han impuesto. Participamos en la Eucaristía porque tenemos necesidad de Jesús, porque sólo El sacia nuestros anhelos y nuestra sed de felicidad. Pero busquémosle donde se le puede encontrar: en la Palabra de Dios, en el compartir el Pan de la Eucaristía y en la Comunidad de hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados.

3.- ¡ERA JESÚS, EL MAESTRO! ¡ESTABA VIVO!

Por Antonio García-Moreno

1.- PLAN PREVISTO.- Todo estaba previsto. Hubo detalles que se anunciaron desde hacía mucho tiempo y que se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar. El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Planes misteriosos de Dios, destinos extraños.

Hay que mirar la vida así, como un plan previsto por Dios. Algo que su sabiduría y su bondad han preparado de antemano. Y aunque nos cueste comprender, decir que sí. Aceptar siempre, sea lo que sea, con una gran confianza, con una enorme seguridad y serenidad de alma. Poner en sus manos nuestra vida y nuestra muerte, nuestros bienes y nuestros males, y permanecer tranquilos, conscientes de que pase lo que pase, realmente nunca pasa nada. Es un gran motivo para ser de verdad felices, para vivir contentos siempre. Saber que todo lo que ocurra está previsto por Dios nuestro Padre. Saber que Él nos ama y que sólo pretende nuestro bien. Saber que al final todo terminará felizmente para los que nos esforzamos en amarle.

Clima de gozo íntimo, de esperanza en carne viva, de alegría honda, de optimismo primaveral. Cristo ha vuelto a la vida. Aquellos hombres, los apóstoles que, a pesar de sus miserias, amaban entrañablemente a Jesús, se llenan de júbilo al verle de nuevo entre ellos, al oír su voz, al escuchar aquel saludo tan maravilloso: La paz sea con vosotros. Por encima de las nubes más densas siempre brilla el sol, y bajo el mar encrespado hay siempre una gran calma. Así tiene que ser continuamente nuestra vida, llena de serenidad y de calma. Anclados fuertemente en la fe, soportando con entereza todos los vaivenes de la vida, logrando conservar la paz de espíritu, sabiendo descubrir, tras lo que sea, la mano de Dios Padre que nos acaricia y nos consuela.

2.- AL PARTIR EL PAN.- Camino de Emaús. Camino triste a la ida y gozoso a la vuelta. Iban cabizbajos, en silencio, rumiando cada uno en su interior los hechos trágicos que habían presenciado en el Calvario. El Mesías había perdido su poder, lo habían maniatado sin que ofreciera la menor resistencia, aparecía vencido y a merced de sus enemigos. Y ellos habían pensado que Jesús de Nazaret sería el gran caudillo libertador de su Pueblo, el elegido de Yahvé, el nuevo Gedeón o el nuevo Moisés, que reduciría a la nada a sus poderosos enemigos, a la omnipotente Roma. En cambio, el Maestro había sido apresado, juzgado, condenado y ejecutado en la cruz.

Qué triste espectáculo el de aquel hombre desnudo y surcado por los latigazos de la flagelación, despreciado por los de su Pueblo, crucificado por los enemigos de Israel, colgado del madero a la vista de todas las gentes que habían llegado de todas partes para celebrar la Pascua. Dónde estaba el valor y la energía del Rabí, su poder de curar a los leprosos y de expulsar a los demonios, de calmar los vientos y el agua, de resucitar a los muertos. Parecía imposible que estuviera en la agonía de muerte quien había afirmado que Él era la Resurrección y la Vida.

Sumidos en estos pensamientos caminaban, mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...

Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.

4.- ¡DESCUBRAMOS A JESÚS!

Por Javier Leoz

¡Feliz Santa Pascua! Cuando todavía muchos cientos de miles de peregrinos –al igual que los de Emaús— tienen sus corazones enardecidos por el encuentro personal con Jesucristo. Seguimos intentado también nosotros descubrir a ese Jesús que nos sorprende, que marcha en paralelo a nosotros, que nos seduce y nos muestra claras señales de que, su presencia, es garantía y esperanza para creer firmemente en su resurrección.

1.- En multitud de ocasiones, la soledad y el pesimismo, nos agobian y se convierten en una pesadilla en nuestro vivir. Alguien, con cierta razón, ha llegado a decir que “el hombre mira más hacia el suelo que hacia el cielo”.

Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.

2- . Lo mismo, en distintas ocasiones y con muchos matices, nos ocurre al hombre de hoy: pensábamos que todo estaba a nuestro alcance y cualquier catástrofe nos desestabiliza; creíamos dominar la naturaleza y, cualquier tsunami, pone patas arriba años y años de progreso y hasta las más atrevidas edificaciones. ¡Pensábamos que…y resulta que…!

¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.

3.- Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y….seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y….nunca resucitó.

Necesitamos regresar hacia aquellas situaciones y gestos que hicieron grande nuestra fe; la eucaristía y la oración, la confesión personal y los momentos de piedad sincera. El mes de mayo a punto de comenzar, dedicado a María, nos puede ayudar –con su mano intercesora- a encontrarnos cara a cara con Jesucristo Resucitado.

4.- No es necesario anhelar signos extraordinarios para dar con el Señor. En el camino, allá por donde discurre nuestra vida, podremos alcanzar, sentir y palpar la presencia de Jesús. Sólo una cosa es necesaria: nos fiemos de Él. Para que Jesús camine junto a nosotros es necesario que le hagamos sitio y, cuántas veces, reducimos tanto el espacio para las cuestiones de la fe que a duras penas Cristo puede hablarnos y recordarnos el inmenso amor que siente por nosotros.

5.- QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, si  ahora todo es luz,

sin ti y  cuando te vayas, volverá a ser oscuridad

Que, si  ahora veo tu grandeza,

sin Ti y  cuando te vayas, sólo tocaré mi pobreza

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque, mis  dudas con tu Palabra,

se  convierten en seguras respuestas

Porque, mi  camino huidizo y pesaroso

se  transforma en un sendero de esperanza

en un grito  a tu presencia real y resucitada

 
5.- VER A JESÚS Y NO RECONOCERLE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Impresiona el cuadro de Rembrandt sobre el episodio evangélico de los discípulos de Emaús. Es la silueta de Jesús lo que muestra la pintura ante el rostro de asombro, bien definido, del discípulo. Efectivamente, el día ya acababa y Jesús había aceptado la invitación de sus compañeros de camino. Le reconocieron a partir el pan… El comentario de los textos evangélicos de la Resurrección no es fácil porque todos ellos abren muchas posibilidades de interpretación. Por un lado queda claro que los seguidores del Maestro de Galilea sólo se convencieron de quien era Jesús cuando resucitó y se les apareció. La semana pasada asistíamos a la incredulidad de Tomás. Y este domingo, ciertamente, a la incredulidad de Cleofás y de su acompañante. Relatan que habían oído hablar a las mujeres de “apariciones de ángeles” y de que “algunos de los nuestros” encontraron el sepulcro vacío. Desde luego, no eran certezas, pero también esas posibilidades de que se cumpliera lo que Jesús había anunciado les podrían haber inspirado. Pero no. Marchaban, huían más bien, a su pueblo, totalmente hundidos y desilusionados.

2.- Se produce, además, ese ver a Jesús y no reconocerle, como le había pasado a María Magdalena. De ahí surge la idea de un nuevo aspecto del Maestro que le hace irreconocible. Aunque más bien habría que pensar que le iban a reconocer cuando creyeran, realmente, en él. Y es la voz de Jesús, en caso de la Magdalena y las manos y su forma de partir el pan para los de Emaús. Realmente, Jesús pudo mostrarse a todo el pueblo. Y su sola imagen de Resucitado en medio de la explanada del Templo habría producido algo así como un cataclismo. Muchos habrían creído en Él. En estos tiempos habría dado una rueda de prensa… Pero no era eso lo buscado. Dios no se impone. Dios busca lo más hondo del corazón de cada uno. Intenta ayudar, intenta convencer. “Nuestro corazón ardía”. Eso es.

3.- Pero es obvio que cuando Jesús, ya glorificado, decide permanecer junto a sus discípulos es porque a estos les quedaba mucho camino por recorrer. Siempre me hecho la siguiente pregunta: ¿fue imprescindible que el Señor resucitara para que sus discípulos se convencieran de que no era un rey temporal, ni un caudillo político? Pues, me parece que sí. A pesar de su enseñanza de muchas horas, de muchos días en sus tiempos de vida en la tierra. Y el ejemplo está en la muy significativa narración de San Lucas respecto a los de Emaús descubre que esos seguidores de Jesús sólo esperaban su triunfo político. Además, el evangelio de San Juan narra, al final, la pregunta de los Apóstoles sobre "si va a ser ahora cuando restablezcas el Reino de Israel". No parece muy adecuada esa pregunta cuando ya discípulos y seguidores se "enfrentan" a un Jesús prodigioso con capacidad para atravesar barreras físicas y temporales. Y, sin embargo, el planteamiento del "gran sueño" sigue en pie. No debemos extrañarnos de ello. Nosotros nos hemos acostumbrado a la Resurrección de Cristo y a su condición de Dios desde el principio. La enseñanza de la Iglesia así lo dice.

4.- Los coetáneos esperaban el triunfo del Mesías que, entre otras cosas, se pensaba que era un camino emancipador, al modo del de los Macabeos, y frente al invasor romano. No obstante, los temores de Caifás respecto a "que muriera un solo hombre por el resto del pueblo" aclara bastante la situación. También la religión oficial judía y en especial fariseos y saduceos siempre vieron a Jesús como a un líder social y político. Es cierto que el mensaje espiritual de Jesús era concluyente y que preconizaba un reino de paz y fraternidad, pero probablemente la alta magistratura judía pensó que el nuevo profeta buscaba hacerse con el poder que residía en ellos. No fueron capaces de entender que "el reino de Jesús no era de este mundo". Es obvio que tampoco lo habían visto sus seguidores y que tuvo que llegar el Espíritu Santo para darles a conocer la auténtica realidad. Aunque durante esos días posteriores a Resurrección todos --apóstoles, discípulos y seguidores— sintieran que "ardía su corazón mientras hablaba por el camino y explicaba las Escrituras".

5.- Será, pues, muchos meses y años después de la Ascensión cuando el recuerdo del periplo terrestre de Jesús comience a inscribirse en esa capacidad transcendente, espiritual, religiosamente propiamente dicha… y no política. Pero haría falta tiempo, insisto. En toda conversión hace falta ese tiempo y, al fin al cabo, la historia del cristianismo no es otra cosa que un conjunto continuado de conversiones. Y es esa cercanía del Dios "ya ausente" --en forma del Espíritu— lo que ayudará a mejor entender todos los matices. Y también en nuestro propio periplo actual, no podemos dejar de invocar al Dios altísimo para que nos ayude a mejor comprender lo que su hizo quiso hacer en los tiempos de su presencia terrestre. Es fácil asimilar la idea de que todos los cristianos de todas las épocas tenemos un gran parecido entre sí y dicha identidad se completa por la presencia de la Santísima Trinidad en nuestras almas, en nuestro espíritu, que nos enseña e ilustra, como lo hizo el Señor Jesús en esos tiempos posteriores a la Resurrección, con sus discípulos.

6.- Pedro, vicario de Cristo en la Tierra y primer Papa de la Iglesia, es protagonista de las otras dos lecturas. La segunda lectura es, precisamente, un texto sacado de su primera carta y que da una excelente referencia a la creación de nuestra fe. Dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza". La gran novedad que ofreció Jesús a los hombres es un conocimiento más certero de cómo era Dios Padre y de cómo conocida su "imagen invisible" sabemos que todo el amor y la ternura procede del Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Pero, a su vez el relato de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en su contenido, parecen --casi-- el mismo texto. Lo que se intenta es profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de Dios y el poder de su Hijo. Poco importa ya como fueron aquellos hechos terribles de la muerte del Salvador, lo que queda es la prueba de su divinidad y del hecho fehaciente de que reina a la derecha de Dios.

7.- Hemos dicho muchas veces que este tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza. La importancia de la enseñanza de la Escritura ofrecida como liturgia en la misa de cada domingo es enorme. Hoy el episodio de los de Emaús en sencillamente impresionante. Se nos grava fuerte en nuestra conciencia. Y sus imágenes nos inspiran… El Señor camina a nuestro lado y no lo reconocemos. Muchas veces nos habrá pasado esto. Ver a Jesús, sin verlo, en cualquier episodio de nuestra vida. Y luego, al recapacitar un poco, descubriríamos que nos ardía el corazón en torno a ese hermano nuestro que sufría y nos necesitaba. Sin duda, era Jesús, pero no sabíamos verlo.

Fuente: B e t a n i a . es.-

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viernes, 28 de abril de 2017



LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
VIERNES 28 DE ABRIL DE 2017
SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Hech 5,34-42; Sal 26; Jn 6,1-15


ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Si 15, 5

Señor, con tu Sangre has rescatado a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, y has hecho de nosotros un reino de sacerdotes para Dios. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, tú que eres luz y esperanza de los corazones sinceros, concédenos que sepamos dirigirnos a ti con una oración confiada y ofrecerte siempre el homenaje de nuestra alabanza. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Los apóstoles se retiraron del sanedrín, felices de haber padecido ultrajes por el nombre de Jesús.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 5, 34-42

En aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley y respetado por todo el pueblo, se levantó en el sanedrín, mandó que hicieran salir por un momento a los apóstoles y dijo a la asamblea:
"Israelitas, piensen bien lo que van a hacer con esos hombres. No hace mucho surgió un tal Teudas, que pretendía ser un caudillo, y reunió unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, dispersaron a sus secuaces y todo quedó en nada. Más tarde, en la época del censo, se levantó Judas el Galileo y muchos lo siguieron. Pero también Judas pereció y se desbandaron todos sus seguidores. En el caso presente, yo les aconsejo que no se metan con esos hombres; suéltenlos. Porque si lo que se proponen y están haciendo es de origen humano, se acabará por sí mismo. Pero si es cosa de Dios, no podrán ustedes deshacerlo. No se expongan a luchar contra Dios".
Los demás siguieron su consejo: mandaron traer a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos se retiraron del sanedrín, felices de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús.
Y todos los días enseñaban sin cesar y anunciaban el Evangelio de Cristo Jesús, tanto en el templo como en las casas. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
del salmo 26, 1. 4. 13-14

R/. El Señor es mi luz y mi salvación. Aleluya.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar? R/.
Lo único que pido, lo único que busco, es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia. R/.
La bondad del Señor espero ver en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía. R/.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mt 4, 4
R/. Aleluya, aleluya.

No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios. R/.

EVANGELIO

Jesús distribuyó el pan a los que estaban sentados, hasta que se saciaron.

Del santo Evangelio según san Juan: 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: "¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?" Le hizo esta pregunta para ponerlo aprueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: "Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan". Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?" Jesús le respondió: "Díganle a la gente que se siente". En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.
Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien". Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos.
Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: "Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo". Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, Él solo. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, con bondad, estas ofrendas de tu familia santa, para que, con la ayuda de tu protección, conserve los dones recibidos y llegue a poseer los eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I- V de Pascua, p. 499-503 (500-504).

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Rm 4, 25

Cristo fue condenado a muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Protege, Señor, con amor constante a quienes has salvado, para que, una vez redimidos por la pasión de tu Hijo, se llenen ahora de alegría por su resurrección. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

MR, p. 701 (721).

Religioso Marista francés, fue enviado a Oceanía para predicar el Evangelio. Enfrentó muchas dificultades, provenientes tanto de los autóctonos paganos, como de los misioneros metodistas. Logró convertir a la fe al hijo del rey Futuna, por lo cual el soberano lo mandó matar inmediatamente.
Del Común de mártires: para un mártir en Tiempo Pascual p. 888 (927), o del Común de pastores: para los misioneros, p. 904 (944).

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que para crecimiento de tu Iglesia coronaste a san Pedro Chanel con el martirio, concédenos, en estos días de gozo pascual, celebrar de tal modo los misterios de la muerte y resurrección de Cristo, que merezcamos ser testigos de la vida nueva. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que quisiste dirigir los pasos de san Luis María Grignion de Montfort, presbítero, por el camino de la salvación y del amor a Cristo, acompañado por la santísima Virgen, concédenos que, siguiendo su ejemplo y meditando los misterios de tu amor, trabajemos incansablemente en la edificación de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo...

REFLEXIÓN

Hech. 5, 34-42. Finalmente Dios, de una o de otra forma, sale en defensa de sus pobres y de quienes le son fieles.
Si queremos conocer un poco acerca de la vida y las enseñanzas de Gamaliel nos podemos referir a Pablo, como fruto de la educación de este hombre, doctor de la ley y respetado por todo el pueblo. Pablo dice en Hech. 22, 3: Nací en Tarso de Cilicia, pero me eduqué en esta ciudad (Jerusalén). Mi maestro fue Gamaliel; él me instruyó en la fiel observancia de la ley de nuestros antepasados. Siempre he defendido con pasión las cosas de Dios, como ustedes lo hacen hoy.
Apasionarnos por Dios y por las cosas de Dios es lo único que pude llevarnos a no exponernos a luchar contra Dios.
Sólo el amor será la fuente de criterio para discernir y distinguir las cosas que son de Dios y vienen de Él, de las que no son de Dios ni vienen de Él., pues un árbol se conoce por sus frutos.
No podemos ser ligeros en juzgar a las personas cuando tal vez viven con sencillez su fe y dan testimonio de la misma con grandes obras, no venidas de ellas, sino del Espíritu de Dios en ellas. No pretendamos apagar la diversidad de manifestaciones del Espíritu Santo. No provoquemos divisiones nacidas de celos infundados; más bien conservemos la unidad en la diversidad de carismas que Dios ha suscitado en su Iglesia para bien de todos.
No nos expongamos, también nosotros a luchar contra Dios.
Que esa unidad sea fruto de nuestra unión con Cristo y de nuestra fidelidad a los sucesores de los Apóstoles, unidos al sucesor de Pedro, signo de unidad en toda la Iglesia.
Mientras haya divisiones entre nosotros no podemos enseñar y anunciar el Evangelio con toda verdad y eficacia, pues nuestro falta de testimonio estaría manifestando que vivimos en contra del anuncio del mismo Evangelio, en que proclamamos que Cristo no ha venido a dividirnos sino a unirnos para que el mundo crea.

Sal. 27 (26). Si Dios está con nosotros ¿Quien estará en contra nuestra? Confiar en el Señor no es pensar que ya que el Señor está junto a mí podré hacer lo que me venga en gana, pues finalmente Él velará por mis intereses.
Confiar en Dios es tanto como poner nuestra vida en sus manos, como el barro está en manos del alfarero; es dejar que el Espíritu de Dios nos lleve por donde Él quiera. El plan de Dios sobre nosotros es que seamos conforme a la imagen de su propio Hijo.
Estar continuamente en la presencia de Dios nos ha de llevar a saber escuchar su Palabra y, como María, pronunciar nuestro Sí amoroso y comprometido para que Dios haga su obra en nosotros. Llegados a la perfección, no por nosotros mismos, sino por haber dejado que Dios concluyera su obra en nosotros, podremos disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.
Y Dios no nos va a formar como muñecos de filigrana o de porcelana para ponernos en un aparador; nos forma como apóstoles, como testigos, como peregrinos que siguen las huellas de Cristo que nos amó y se entregó por nosotros. Esa es la obra de Dios en nosotros.
Por eso nos hemos de armar de valor y fortaleza y confiar en el Señor sabiendo que sus caminos no nos llevan a la perdición, aun cuando a veces se nos complique la vida, sino a la plena unión con Él, después de haber vivido en su presencia y haber cumplido con la Misión de trabajar por su Reino.

Jn 6, 1-15. Muchas cosas podríamos meditar sobre este pasaje de la Escritura, como el de ver en Jesús a un nuevo Moisés quien, a través del desierto, alimentó con pan caído del cielo al pueblo que peregrinaba hacia la tierra prometida; así ahora Jesús alimenta a su pueblo, que camina hacia la Patria eterna, con el Pan de vida.
Leído desde la fe encontramos un signo de la Eucaristía, que más adelante detallará el Evangelio. Ante una multitud hambrienta de muchas cosas se nos podrían ocurrir infinidad de respuestas. Muchos sólo darían un lamento economicista: Ni doscientos denarios nos alcanzarían para que cada uno coma un mendrugo de pan; por eso, dirán, más que darles hay que enseñarles a trabajar.
Jesús nos dirá que a los pobres los tendremos siempre con nosotros. Hay quienes, por falta de fuentes de empleo viven parados porque nadie los contrata, o porque fueron despedidos, o porque, a causa de su edad son considerados más una carga que una posibilidad de desarrollo para las empresas.
Compartir lo que tenemos es lo único que nos ayuda a manifestar que nuestro amor ha llegado a su madurez. ¿Podremos compartir no sólo lo que tenemos sino incluso nuestra propia vida? ¿Qué alimentamos en los demás: la confianza, el amor, la verdad, la justicia, la paz? o, por el contrario: ¿La desconfianza, el egoísmo, la mentira, la injusticia, la guerra?
Cuando le pides a alguien que se siente ¿es para que sus manos no se queden vacías o para aprovecharte de esa persona y pisotearla en sus derechos? ¿Somos generosos con quienes débiles y frágiles se acercan a nosotros para pedirnos un poco de alimento, o los ponemos a trabajar en la casa para que no se coman el pan de modo gratuito y, cuando han dejado la casa limpia les damos un mendrugo de pan y los despedimos para que sigan vagabundeando sin esperanzas por la vida?
Quienes se acercan a nosotros no lo hacen para proclamarnos como reyes en su vida, sino para que los amemos y sirvamos en la misma forma en que nosotros hemos sido servidos y amados por Dios en Cristo Jesús.
Jesús, en la Eucaristía, se convierte para nosotros en el Pan de Vida, partido y compartido para los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Él nos sienta a todos a su mesa y nos hace partícipes de sus dones sin distinción de personas.
Los carismas que recibimos del Señor han de ser puestos al servicio de la comunidad. A partir de la comunión con Cristo hemos de vivir la comunión con nuestros hermanos. Los odios, divisiones e infundados celos apostólicos, han de desaparecer de entre nosotros.
Quienes vivimos unidos al Señor no podemos apagar al Espíritu Santo que se ha comunicado a cada uno para bien de todo el cuerpo, pues sería tanto como que la cabeza dijera a las manos o a los pies que no los necesita.
Hechos uno en Cristo, vivamos dando lo mejor de nosotros en favor de su Iglesia, y vivamos aceptando a los demás con gran amor, pues sólo así podremos decir que llegaremos a la perfección en Cristo; y puesto que nadie agota en sí mismo al Señor en su propia vida, por eso necesitamos todos de todos.
Quien se divide de su hermano se enfrenta al mismo Dios y trata de destruir la unidad querida por Cristo. No nos expongamos a luchar contra el Señor, no hagamos de la Iglesia de Dios una Iglesia inventada por nosotros.
Nosotros no podemos pasar de largo ante el hambre de millones de seres humanos. La Iglesia, a partir de la celebración Eucarística, no sólo abre los ojos ante la pobreza y falta de alimento de los que son azotados por esa necesidad, sino que tiende, generosa, la mano hacia ellos en la medida de las posibilidades de cada uno de los miembros que la componen.
El servicio de caridad en la Iglesia trata de hacernos solidarios con nuestros hermanos en desgracia y no quedarnos indiferentes ante su dolor cuando no tienen siquiera las migajas que caen de la mesa de quienes, teniéndolo todo, no quieren abrir los ojos ante los pobres que siempre estarán con nosotros.
Pero ese servicio de caridad no puede hacerse de un modo burocrático ni a cambio de servicios hechos por los pobres a favor de la Iglesia o de la comunidad civil. La Iglesia no condiciona su servicio ni su entrega. Cristo no nos chantajeó al socorrernos en nuestras necesidades, ni siquiera al dar su propia vida por nosotros. Él se alegra de vernos felices, de ver que recuperamos la vida y las fuerzas, la paz y la esperanza y la capacidad de volver a amar.
La respuesta a Él viene exigida por la gratitud ante la gratuidad de Dios; y ni siquiera esto espera Dios, sino sólo el ver que sus hijos retornan a casa y comparten su pan, el que Él ha preparado para nosotros.
Así nosotros hemos de vivir con la misma liberalidad de Dios, libres de visiones cortas que nos pudieran llevar a que los pobres den algo de sí mismos a cambio de alimentarlos.
Quien viva en la libertad y en la liberalidad del mismo Dios verá multiplicado el pan, aún de sobra, a favor de los necesitados. No compremos al pobre por un par de sandalias, que es, tal vez lo único que podría ofrecernos cuando nos ponemos exigentes para que, según nosotros, no se acostumbren a recibirlo todo gratis; pues Dios, para nosotros, es gratis y lo que pudieras darle a Él o a tu prójimo no es sino devolver a Dios lo que puso en tus manos para que lo administres, sin sentirte dueño de lo que no te pertenece, sino que pertenece al mismo Dios.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Aquel que dio su vida por nosotros, y Madre nuestra, la gracia de poder seguir, con amor, el mismo ejemplo de su Hijo y, como Él, pasemos haciendo el bien a todos como el Señor lo ha hecho, de modo gratuito, con nosotros. Amén.

Homilia  catolica.-

Liturgia de las horas: 28 DE ABRIL VIERNES II DE PASCUA

Liturgia de las horas: 28 DE ABRIL VIERNES II DE PASCUA: Propio del Tiempo. Salterio II OFICIO DE LECTURA INVITATORIO  Si ésta es la primera oración del día: V....

jueves, 27 de abril de 2017

Gran Domingo de la Misericordia: ¡Gracias!

El Santo del Dia: 27 DE ABRIL SANTA ZITA DE LUCCA VIRGEN

El Santo del Dia: 27 DE ABRIL SANTA ZITA DE LUCCA VIRGEN: SANTA ZITA DE LUCCA VIRGEN Patrona de las sirvientas domésticas.  PALABRA DE DIOS DIARIA Se le invoca también por la...


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
JUEVES 27 DE ABRIL DE 2017
SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Hech 5,27-33; Sal 33; Jn 3,31-35

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 67, 8-9. 20

Cuando saliste, Señor, al frente de tu pueblo, y le abriste camino a través del desierto, la tierra se estremeció y hasta los cielos dejaron caer su lluvia. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que llevaste a cabo el sacrificio pascual para que el mundo obtuviera la salvación, escucha las súplicas de tu pueblo, y haz que, intercediendo por nosotros Cristo, nuestro Pontífice, por su humanidad, que comparte con nosotros, nos reconcilie, y por su divinidad, que lo hace igual a ti, nos perdone. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Nosotros somos testigos de todo esto, y también lo es el Espíritu Santo.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 5, 27-33

En aquellos días, los guardias condujeron a los apóstoles ante el sanedrín, y el sumo sacerdote los reprendió, diciéndoles: "Les hemos prohibido enseñar en nombre de ese Jesús; sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre".
Pedro y los otros apóstoles replicaron: "Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de la cruz. La mano de Dios lo exaltó y lo ha hecho jefe y salvador, para dar a Israel la gracia de la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que lo obedecen".
Esta respuesta los exasperó y decidieron matarlos. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
del salmo 33, 2.9. 17-18. 19-20

R/. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.

Bendeciré al Señor a todas horas; no cesará mi boca de alabarlo. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él. R/.
En contra del malvado está el Señor para borrar de la tierra su recuerdo; escucha, en cambio, al hombre justo y lo libra de todas sus congojas. R/.
El Señor no está lejos de sus fieles y levanta a las almas abatidas. Muchas tribulaciones pasa el justo, pero de todas ellas Dios lo libra. R/.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 20, 29
R/. Aleluya, aleluya.

Tomás, tú crees, porque me has visto. Dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor. R/.

EVANGELIO

El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos.

Del santo Evangelio según san Juan: 3, 31-36

El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Suba hasta ti, Señor, nuestra oración, acompañada por estas ofrendas, para que, purificados por tu bondad, nos dispongas para celebrar el sacramento de tu inmenso amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I-V de Pascua, p. 499-503 (500-504).

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Mt 28, 20

Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que, por la resurrección de Cristo, nos has hecho renacer a la vida eterna, multiplica en nosotros el efecto de este sacramento pascual, e infunde en nuestros corazones el vigor que comunica este alimento de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Señor y Dios nuestro, que en el amor a ti y al prójimo has querido resumir tus mandamientos, concédenos que, a ejemplo de santa María Guadalupe García Zavala, no neguemos a nadie nuestra ayuda y merezcamos ser llamados con ella a compartir el Reino de tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

REFLEXION

Hech 5, 27-33. Qué difícil es para quien medita la palabra de Dios sólo para predicarla pero no para vivirla, aceptar el testimonio sobre Jesús de la gente sencilla; de aquellos que han vivido con Él y que tal vez poco han estudiado sobre el mismo.
En el discurso de Pedro al pueblo en Pentecostés, en que Dios nos hace a todos responsables de la muerte de su Hijo, la gente sencilla, que ama a Dios, se conmueve y pregunta qué hacer; y ante la invitación de convertirse y no seguir resistiendo al Espíritu Santo, se bautizan unas tres mil personas.
En el discurso que Pedro, acompañado de los apóstoles, dirige a los sumos sacerdotes, les hace conscientes de su responsabilidad en la muerte de Cristo y, estos, se cierran y deciden matarlos. Son como piedras que siempre resisten al Espíritu Santo.
La salvación no se hace llegar a los demás por meros discursos armados a partir del estudio de las Escrituras, sino a partir de nuestra experiencia personal de Él.
Muchas veces quien se ha adentrado en la Escritura con método científico y no bajo la guía del Espíritu Santo, Autor de la misma, es el primero en resistir al Espíritu de Dios y en perder la fe en Cristo.
Aprendamos a escuchar la voz de Dios, especialmente de aquellos que viven, tal vez a su modo y con mucha sencillez, su unión con Cristo. Aprendamos a ser portadores del Evangelio no como expertos según la ciencia de este mundo, sino como testigos que han vivido la propia experiencia personal y continua con el Señor. Entonces nuestro testimonio será creíble, moverá y encaminará hacia la salvación y no sólo será un discurso que cauce admiración por su brillantez, pero que, en el fondo, no sería capaz de ayudar a la conversión de las personas.

Sal 34 (33). Hay mucho dolor, sufrimiento, pobreza y maldad en el mundo. No podemos pecar ni de optimismo ni de pesimismo. El Señor quiere que quienes hemos conocido el amor de Dios estemos cerca de nuestro prójimo, cuya dignidad se ha empañado; y que no traicionemos nuestra fe haciéndole más dura su existencia.
La Iglesia nació para evangelizar. Y el Evangelio se proclama no tanto con discursos eruditos que emboten la mente, sino con el hacernos camino de amor, de salvación y de misericordia, para que nuestros hermanos se encuentren con el Autor y Dador de todo bien.
Que Dios siga escuchando el clamor de los pobres, que Dios siga librando al hombre de sus angustias y que siga estando cercano a los atribulados y salvando a los abatidos.
Y Él lo hará mediante quienes hemos recibido su Espíritu y la Misión de continuar su obra en el mundo hasta el final del tiempo. Vivamos con fidelidad esta confianza que Dios nos ha tenido.

Jn. 3, 31-36. Jesús habla de lo que ha visto en la Casa de su Padre. Quien ha sido enviado por Dios recibe su Espíritu para hablar las cosas de Dios. Quien no tiene el Espíritu sólo hablará de las cosas de la tierra. Quien acepta el testimonio de Jesús certifica que Dios es veraz. Y aceptar el testimonio de Jesús es aceptarlo e Él en la propia vida para dejarse conducir por su Espíritu.
Puesto que el Padre Dios puso todo en las manos de Jesús, no tenemos otro nombre en el cual podamos salvarnos; rechazar a Jesús, por tanto, es haber perdido la Vida, es continuar dentro de la cólera divina, es saberse rechazado por Dios, no porque Él nos rechace, sino porque no hemos aceptado el Testimonio de amor, de salvación y de perdón que nos ha manifestado en su Hijo único hecho uno de nosotros.
Quienes hemos depositado nuestra fe en Jesús y nos hemos bautizado para ser hijos de Dios tenemos la misión de dar testimonio de nuestra fe, no sólo con las palabras sino con toda nuestra vida.
Nuestro lenguaje será un hablar de Dios, con quien hemos entrado en comunión de vida por nuestra unión con su Hijo unigénito.
Quien continúe obrando el mal estará indicando, dando testimonio de que, aunque se arrodille diariamente ante Dios, sigue siendo esclavo del pecado.
Vivamos bajo el impulso del Espíritu de Dios y dejemos a un lado aquello que nos aparta de Él y que destruye nuestra capacidad de que algún día lo veamos tal cual es y seamos, para siempre, semejantes a Él.
Por eso, ya desde ahora se ha de ir manifestando, con obras, que día a día vamos siendo cada vez más perfectos porque amamos, porque trabajamos por la paz, porque perdonamos y porque tendemos la mano a quienes viven más desprotegidos que nosotros.
Entonces no sólo estaremos cerca, sino dentro del Reino de Dios.
En la Eucaristía Dios nos hace partícipes de la Vida eterna. Su Palabra viva y eficaz y más cortante que una espada de dos filos, ha penetrado en nosotros hasta la división del alma y del espíritu, hasta lo más profundo de nuestro ser.
Esa Palabra, y el ejemplo de la entrega de Cristo que estamos viviendo como un memorial en esta Eucaristía, se convierten para nosotros en un aguijón que no puede dejarnos en paz hasta que, obedientes más a Dios que a los hombres, proclamemos ante todos las maravillas que Dios ha obrado en favor de todos por medio de su Hijo Jesús.
Si no somos capaces de levantar la mirada hacia el cielo, y sólo la tenemos clavada en la tierra y en las cosas de la tierra, nuestras palabras y nuestro testimonio serán conforme a lo pasajero, que provoca muchas injusticias, desórdenes y avideces.
Muchas veces hemos querido hacer convivir en nosotros a Dios y las esclavitudes a lo pasajero. Y el Señor nos dice que no podemos servir a dos señores, pues amaríamos a uno y despreciaríamos a otro.
No podemos servir a Dios y al dinero. Debemos definir nuestro campo de batalla, de esfuerzo, de entrega, de aquello que es el centro de nuestra vida.
Creer en Cristo nos ha de llevar a dar testimonio de lo que hemos visto y oído. Si no amamos como Cristo nos ha amado a nosotros, nuestra fe no es sincera sino un puro juego de palabras y de deseos no cumplidos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que al depositar nuestra fe en Él tengamos vida eterna, vida que se manifieste no sólo por lo que hablemos sino por lo que hagamos bajo la guía del Espíritu de Dios en nosotros, Espíritu que el Señor ha concedido sin medida a quienes le aman y le viven fieles. Amén.

Homilia  catolica.-

Liturgia de las horas: 27 DE ABRIL JUEVES II DE PASCUA

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martes, 25 de abril de 2017



LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
MIERCOLES 26 DE ABRIL DE 2017
SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Hech 5,17-26; Sal 33; Jn 3,16-21


ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 17, 50; 21, 23

Te alabaré, Señor, ante las naciones y anunciaré tu nombre a mis hermanos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Al conmemorar cada año los misterios por los que devolviste a la naturaleza humana su dignidad original y le infundiste la esperanza de la resurrección, te suplicamos, Señor, confiadamente, que en tu clemencia, nos concedas recibir con perpetuo amor lo que conmemoramos llenos de fe. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Los hombres que habían metido en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 5, 17-26

En aquellos días, el sumo sacerdote y los de su partido, que eran los saduceos, llenos de ira contra los apóstoles, los mandaron aprehender y los metieron en la cárcel. Pero durante la noche, un ángel del Señor les abrió las puertas, los sacó de ahí y les dijo: "Vayan al templo y pónganse a enseñar al pueblo todo lo referente a esta nueva vida". Para obedecer la orden, se fueron de madrugada al templo y ahí se pusieron a enseñar.
Cuando llegó el sumo sacerdote con los de su partido convocaron al sanedrín, es decir, a todo el senado de los hijos de Israel, y mandaron traer de la cárcel a los presos. Al llegar los guardias a la cárcel, no los hallaron y regresaron a informar: "Encontramos la cárcel bien cerrada y a los centinelas en sus puestos, pero al abrir no encontramos a nadie adentro".
Al oír estas palabras, el jefe de la guardia del templo y los sumos sacerdotes se quedaron sin saber qué pensar; pero en ese momento llegó uno y les dijo: "Los hombres que habían metido en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo".
Entonces el jefe de la guardia, con sus hombres, trajo a los apóstoles, pero sin violencia, porque temían ser apedreados por el pueblo. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

R/. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.

Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo. Yo me siento orgulloso del Señor que se alegre su pueblo al escucharlo. R/.
Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder. Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores. R/.
Confía en el Señor y saltarás de gusto, jamás te sentirás decepcionado, porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias. R
Junto a aquellos que temen al Señor el ángel del Señor acampa y los protege. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él. R

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 3, 16
R/. Aleluya, aleluya.

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que el que crea en él, tenga vida eterna.

R/. Aleluya.

EVANGELIO

Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

Del santo Evangelio según san Juan: 3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Dios nuestro, que por el santo valor de este sacrificio nos hiciste participar de tu misma y gloriosa vida divina, concédenos que, así como hemos conocido tu verdad, de igual manera vivamos de acuerdo con ella. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I- V de Pascua, p. 499-503 (500-504).

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Jn 15, 16. 19

Yo los elegí del mundo, dice el Señor, y los destiné para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, muéstrate benigno con tu pueblo, y ya que te dignaste alimentarlo con los misterios celestiales, hazlo pasar de su antigua condición de pecado a una vida nueva. Por Jesucristo, nuestro Señor.

REFLEXION

Hech. 5, 17-26. Por medio del Bautismo Dios ha querido unirnos a su Hijo único. En Cristo hemos sido hecho partícipes de la misma vida de Dios, y su Espíritu habita en nosotros como en un templo.
Así podemos decir que la Iglesia continúa la obra salvífica de Jesús en la historia. Participando de la vida y de la Misión de Jesús, su Iglesia no escapa de la persecución y de la muerte. Finalmente el signo de la Cruz de Cristo sigue siendo la máxima prueba de amor que la Iglesia no sólo anuncia, sino vive cada día en favor de todos; y este testimonio no podemos darlo llenos de angustia, sino llenos de alegría por saber que hemos unido nuestra vida a la de Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.
Muchos querrán tal vez hacernos enmudecer; sin embargo, estemos donde estemos, aprovechando cualquier oportunidad, hemos de ponernos a enseñar al pueblo todo lo referente a la Nueva Vida, a la Buena Nueva sobre Jesús. Este anuncio valiente, decidido y audaz no procede de nuestro espíritu, muchas veces timorato, sino de la fuerza del Espíritu de Dios en nosotros, que nos hace actuar libres de nuestros temores, y confiados, no en nosotros, sino en Dios.
Ante la fidelidad a la Misión que Dios nos confía no podemos esperar para mañana. Anunciar a Jesucristo y hacer el bien como Él lo ha hecho con nosotros debe despertarnos de nuestro sueño y liberarnos de las cárceles y cadenas de nuestros egoísmos para proclamar a Cristo a tiempo y destiempo, pues nosotros, por voluntad de Dios, para eso hemos nacido y venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad con las obras y con las palabras.
 
Sal. 34 (33). Parece como que nos encontramos ante el Magnificat pronunciado por María. Dios no ha cerrado sus oídos ante el clamor de los pobres. Dios se ha hecho cercano a nosotros al hacer suya nuestra naturaleza humana.
Pero nosotros, tal vez por ese afán de no querernos comprometer con Él ni querer comprometernos con los demás hemos desfigurado la imagen de Cristo y de su Iglesia para que queden muy lejos de nosotros.
A Aquel pobre de Nazaret lo hemos despojado de su servicio, de su cercanía a todos, de su preocupación por los pobres, por los pecadores y por los que sufren; lo hemos despojado de su amor hasta el extremo y lo hemos llenado de coronas y mantos de oro, y lo hemos sentado en un trono ricamente adornado para que se quede tranquilo, y sus palabras y ejemplo ni nos molesten ni nos acicateen para trabajar por su Reino de servicio y de amor fraterno.
A su Iglesia la hemos desfigurado haciéndola semejante a la imagen falsa que de Jesús nos hemos formado. En lugar de servir buscamos ser servidos y brillar para deslumbrar, no para iluminar el camino de nuestro prójimo. Iglesia lejana al hombre, Iglesia lejana a la salvación que se le ha confiado.
El Señor nos pide que seamos un signo creíble de Él de tal forma que Él, por medio de su Iglesia, siga liberándonos de nuestros pecados, de nuestras angustias de nuestros temores. No decepcionemos a quienes buscan al Señor; que por culpa nuestra no se vayan renegando, ni tristes, ni decepcionados; sino que, desde nosotros experimenten qué bueno es el Señor para con todos, pues el Poderoso quiere seguir haciendo obras grandes por medio de su Iglesia. Vivamos a fondo nuestro compromiso de fe con el Señor.
 
Jn. 3, 16-21. Dios ha cumplido su parte en la nueva y definitiva Alianza con nosotros, comprometiéndose a ser nuestro Padre y nosotros comprometiéndonos a ser sus hijos. Esta aceptación en la fe se ha concretizado en nosotros por medio del Bautismo, y se ha sellado con la Sangre del Hijo de Dios hecho uno de nosotros. Así vemos la Misión del Hijo de Dios como el signo más grande que Dios pudo darnos de su amor, manifestándonos la voluntad que tiene de que todos nos salvemos. Y salvarnos es la vocación que nos ha dado para que estemos con Él eternamente. ¿Para que sólo lo contemplemos eternamente? San Juan nos da la respuesta: Hermanos queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que , cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.
Por eso la urgencia de que aceptemos al Espíritu Santo y nos dejemos conducir por Él, ya que sólo con Él, unido a nuestra vida, seremos capaces de entrar en contacto con una Realidad que está muy por encima de lo que nosotros somos. Sin Él estamos rechazando la luz y la salvación. Y quien aborrece la luz y quiere seguir bajo la esclavitud del pecado, y obrando el mal, está indicando su obcecación que le impide ser y vivir como hijo de Dios, como hijo de la Luz.
En la Eucaristía vivimos el momento de la entrega del Hijo de Dios para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Nuestra presencia ante Dios no puede ser parte de una costumbre, ni de una tradición, ni del huir, ni del querer desembarazarnos por un momento de los problemas familiares, laborales o sociales y estar, siquiera por un momento, en un remanso de paz.
La Eucaristía no es un huir de nuestras responsabilidades. Tal vez en lugar de encontrar la paz salgamos más inquietos porque habremos descubierto, bajo la luz de Cristo, que hay mucho trabajo por delante para darle un nuevo rumbo a nuestra vida personal, familiar o social; y que todo esto está reclamando no sólo nuestras oraciones, sino también nuestro trabajo a favor del Reino.
La razón de encontrarnos con el Señor es el querer dejar nuestras obras malas, y volver a caminar no sólo en la luz, sino haciendo realidad aquella encomienda del Señor: Ustedes son la luz del mundo; brillen vuestras obras de tal forma ante los hombres, que viéndolas, glorifiquen a su Padre que está en los cielos.
En la Eucaristía reforzamos nuestra comunión con Cristo y retomamos, con mayor generosidad, el compromiso de obrar el bien conforme a la verdad; y ese obrar el bien es pasar haciendo el bien a todos los que nos rodean.
Finalmente, seremos un signo de la Pascua de Cristo que levanta a los decaídos, conforta a los abatidos, socorre a los necesitados y devuelve la paz a los que la habían perdido.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que en verdad, como ella, seamos portadores de Cristo, Luz que alumbra a todas las naciones, y que nos conduce a la Paz, siguiendo las huellas de amor y entrega en favor de todos que nos ha dejado el Redentor. Amén.

Homilia catolica.-