jueves, 27 de octubre de 2016

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viernes, 21 de octubre de 2016

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REFLEXION



Ef. 4, 1-6. El Señor nos ha llamado a vivir unidos a Cristo; hechos uno con Él y en Él, no podemos generar divisiones entre nosotros mismos. Esa unidad es fruto de la presencia del mismo Espíritu Santo en nosotros, que hemos de ser humildes, siempre puestos al servicio del bien que hemos de hacer a los demás; también hemos de ser amables y comprensivos unos con otros.

El Señor nos invita a vivir como hermanos en torno a nuestro único Dios y Padre, que reina sobre todos, de tal forma que nadie sea más importante para los demás, pues, aun cuando algunos sean considerados importantes conforme a los criterios de este mundo, ante Dios todos somos sus hijos y nadie tiene una importancia superior a los demás.

Él actúa a través de todos; nadie puede apropiarse de modo exclusivo la obra de salvación de Dios, pues cada uno colabora, en y desde la Iglesia conforme a la Gracia que a cada uno se le ha concedido para el bien de todos.

Nuestro Dios y Padre vive en todos. Él ha hecho su morada en nosotros y, a pesar de nuestras fragilidades y miserias Él permanece fiel y no retira su gracia de nosotros; y esa gracia no es sólo su ayuda, sino su presencia en nosotros. Por eso hemos de vivir en oración y vigilantes, de tal forma que no perdamos el Don de Dios; y para que, reconociéndonos pecadores, vivamos en una continua conversión que nos haga cada vez más dignos hijos de Dios y mejores hermanos entre nosotros.



Sal. 24 (23). Dios es el Creador de todo. Y aun cuando la tierra se vio por un tiempo sometida al poder del mal, ahora ha sido liberada de ese poder gracias a Cristo Jesús. Por eso ya no nos pertenecemos ni siquiera a nosotros mismos, sino a Aquel que por nosotros murió y resucitó.

El Señor nos llama a vivir no en la impureza, sino en la santidad para queseamos dignos de entrar en su Recinto Santo unidos al Hijo de Dios, pues seremos copartícipes de su misma herencia.

Acudamos con gran fe al Señor y pidámosle que nos conceda su Gracia y su Espíritu, de tal forma que en adelante vivamos ya no tras las obras de la maldad y del pecado, sino con la dignidad de hijos de Dios.

Busquemos al Señor no sólo para recibir sus dones, sino para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Entonces Dios hará su morada en nosotros y nos llevará sanos y salvos a su Reino Celestial.



Lc. 12, 54-59. Hay muchos esfuerzos que llevan a lograr grandes descubrimientos para bien de la humanidad. Apenas se vislumbra un poco de luz y no se descansa hasta lograr la luz meridiana que disipe enfermedades y problemas. Se siguen las señales que marcan el camino hacia las más altas conquistas. ¿Seguimos las señales que nos conducen hacia nuestra plena realización en Cristo, como hijos de Dios?

Nuestros esfuerzos no pueden quedarse en el intento de querer construir sólo un paraíso terrenal. ¡Qué bueno que construyamos la ciudad terrena y que todos podamos disfrutar de una vida temporal cada vez más digna y libre de todo aquello que nos hace vivir encadenados al dolor y al sufrimiento! Sin embargo, sin pretender querer ponernos como aguafiestas, no podemos negar que llegará el momento en que se cumpla el ciclo de vida que nos correspondió vivir. Ojalá y para entonces hayamos aportado lo mejor de nosotros para el buen desarrollo de la vida, y ojalá y nosotros mismos hayamos disfrutado del fruto de nuestros esfuerzos.

Pero no todo termina con la muerte. Más allá está la eternidad junto a Dios en una vida de plenitud en Él. Caminar hacia esa vida nos pone en camino no sólo junto a Cristo, sino en Cristo, Cabeza de nosotros, que somos su Cuerpo o Iglesia.

Además de nuestras labores diarias vivimos abiertos hacia el prójimo en un verdadero y sincero amor fraterno, de tal forma que nos convirtamos para él en un signo concreto de Cristo que hoy sigue preocupándose de aquellos que viven esclavos de la injusticia para liberarlos, o esclavos del pecado y de la muerte para devolverles su dignidad de hijos de Dios y su dimensión de eternidad.

Por eso el campo en que se desenvuelve nuestra vida no puede ser sólo el campo de lo temporal y pasajero, sino el campo de la salvación y de la eternidad.

Dios nos ha llamado a la fe en Cristo Jesús, para que, unidos a Él, sea nuestra la salvación eterna.

Pero no podemos vivir desligados de nuestros compromisos temporales. Somos personas de fe, con la mirada puesta en el horizonte, donde Cristo nos espera, pero con los pies puestos en la vida diaria, dándole su verdadero sentido y dimensión a lo temporal.

Y mientras vamos como peregrinos hacia la Patria eterna, el Señor se hace presente entre nosotros con todo el poder de su Misterio Pascual, que hoy se hace Memorial para nosotros.

El Señor realmente permanece con nosotros todos los días, hasta el final del tiempo. Su obra salvadora es nuestra en este día, y el Señor hoy nos da el signo más grande de su amor por nosotros: su muerte que nos libera del pecado, y su resurrección mediante la cual tenemos vida nueva. Así quedamos fortalecidos y hechos hijos de Dios.

Y Él derrama sobre nosotros su Espíritu Santo para que quedemos capacitados para continuar su obra salvadora en el mundo.

Este es el sentido de nuestra comunión con Cristo que, de un modo misterioso y arcano, se hace realidad en nosotros mediante nuestra participación en esta Eucaristía.

Cristo quiere a su Iglesia como un signo de su amor hasta el extremo para la humanidad de todos los tiempos y lugares.

Debemos vivir unidos como hermanos; pues mientras surjan divisiones entre nosotros no podremos ser un signo creíble del amor de Dios en el mundo. Por eso hemos de buscar estar en paz unos con otros y no pasar la vida viviendo como enemigos que aparentan vivir en Cristo, pero que en realidad están muy lejos de la unión de todos en Él.

¿Quién de nosotros puede decir que no tiene pecado? Si todos necesitamos la comprensión y el amor de Dios, seamos también comprensivos unos con otros, y trabajemos por ir superando todo aquello que ha opacado el Rostro amoroso de Dios entre nosotros.

Seamos una Iglesia humilde, es decir, puesta al servicio de los demás. No busquemos honores, sino sólo el saber entregar a Cristo, su Evangelio, su Salvación, al mundo entero en aquellos acontecimientos, culturas y ambientes en que se desarrolle la vida de las personas a quienes les anunciamos el Evangelio.

A nosotros corresponde ser levadura que le dé sentido de salvación y de eternidad a lo que es la vida común de aquellos con quienes convivimos. Por eso vivamos con gran amor y con un fuerte sentido de ser portadores de Cristo para la humanidad entera.

¿Será realidad no sólo en nuestra mente, sino en nuestras obras y actitudes que nuestra vida misma es un signo de Cristo capaz de ser leído por los demás?

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber transparentar ante el mundo entero la presencia salvadora de Cristo. Amén.



Homilia catolica .-

jueves, 20 de octubre de 2016

Papa Francisco. Audiencia general. 19 de octubre de 2016





LA CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO
MIÉRCOLES 19 OCTUBRE 2016: 
«A TRAVÉS DEL DAR DE COMER AL HAMBRIENTO Y EL DAR DE BEBER AL SEDIENTO, PASA NUESTRA RELACIÓN CON DIOS»


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Una de las consecuencias del llamado “bienestar” es aquella de llevar a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás. Se hace de todo para ilusionarlas presentándoles modelos de vida efímeros, que desaparecen después de algunos años, como si nuestra vida fuera una moda a seguir y cambiar en cada estación. No es así. La realidad debe ser acogida y afrontada por aquello que es, y muchas veces nos presenta situaciones de urgente necesidad. Es por esto que, entre las obras de misericordia, se encuentra el llamado al hambre y a la sed: dar de comer al hambriento – existen muchos hoy, ¡eh! – y de beber al sediento. Cuantas veces los medios de comunicación nos informan de poblaciones que sufren la falta de alimentos y de agua, con graves consecuencias especialmente para los niños.

Ante estas noticias y especialmente ante ciertas imágenes, la opinión pública se siente afectada y de vez en cuando se inician campañas de ayuda para estimular a la solidaridad. Las donaciones se hacen generosas y de este modo se puede contribuir a aliviar el sufrimiento de muchos. Esta forma de caridad es importante, pero tal vez no nos involucra directamente. En cambio cuando, caminando por la calle, encontramos a una persona en necesidad, o quizás un pobre viene a tocar a la puerta de nuestra casa, es muy distinto, porque no estamos más ante una imagen, sino somos involucrados en primera persona. No existe más alguna distancia entre él o ella y yo, y me siento interpelado. La pobreza en abstracto no nos interpela, pero nos hace pensar, nos hace acusar; pero cuando tú ves la pobreza en la carne de un hombre, de una mujer, de un niño, ¡esto sí que nos interpela! Y por esto, esa costumbre que nosotros tenemos de huir de la necesidad, de no acercarnos o enmascarar un poco la realidad de los necesitados con las costumbres de la moda. Así nos alejamos de esta realidad. No hay más alguna distancia entre el pobre y yo cuando lo encuentro. En estos casos, ¿Cuál es mi reacción? ¿Dirijo la mirada a otro lugar y paso adelante? O ¿Me detengo a hablar y me intereso de su estado? Y si tú haces esto no faltara alguno que diga: “¡Pero este está loco al hablar con un pobre!” ¿Veo si puedo acoger de alguna manera a aquella persona o busco de librarme lo más antes posible? Pero tal vez ella pide solo lo necesario: algo de comer y de beber. Pensemos un momento: cuantas veces recitamos el “Padre Nuestro”, es más, no damos verdaderamente atención a aquellas palabras. “Danos hoy nuestro pan de cada día”.

En la Biblia, un Salmo dice que Dios es aquel que «da el alimento a todos los vivientes» (136,25). La experiencia del hambre es dura. Lo sabe quién ha vivido periodos de guerra o carestía. Sin embargo esta experiencia se repite cada día y convive junto a la abundancia y al derroche. Son siempre actuales las palabras del apóstol Santiago: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta» (2,14-17): es incapaz de hacer obras, de hacer caridad, de dar amor. Hay siempre alguien que tiene hambre y sed y tiene necesidad de mí. No puedo delegar a ningún otro. Este pobre necesita de mí, de mi ayuda, de mi palabra, de mi empeño. Estamos todos comprometidos en esto.

Lo es también la enseñanza de aquella página del Evangelio en el cual Jesús, viendo a tanta gente que desde algunas horas lo seguía, pide a sus discípulos: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» (Jn 6,5). Y los discípulos responden: “Es imposible, es mejor que los despidas…”. En cambio Jesús les dice a ellos: “No. Denles de comer ustedes mismos” (Cfr. Mt 14,16). Se hace dar los pocos panes y peces que tenían consigo, los bendijo, los partió y los hizo distribuir a todos. Es una lección muy importante para nosotros. Nos dice que lo poco que tenemos, si lo ponemos en las manos de Jesús y lo compartimos con fe, se convierte en una riqueza superabundante.

El Papa Benedicto XVI, en la Encíclica Caritas in veritate, afirma: «Dar de comer a los hambrientos es un imperativo ético para la Iglesia universal. […] El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir otros derechos. […] Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones» (n. 27). No olvidemos las palabras de Jesús: «Yo soy el pan de Vida» (Jn 6,35) y «El que tenga sed, venga a mí» (Jn 7,37). Son para todos nosotros creyentes una provocación estas palabras, una provocación a reconocer que, a través del dar de comer al hambriento y el dar de beber al sediento, pasa nuestra relación con Dios, un Dios que ha revelado en Jesús su rostro de misericordia.

TEXTO RESUMEN CATEQUESIS PRONUNCIADA POR EL EL PAPA FRANCISCO EN ESPAÑOL

Queridos hermanos y hermanas,
Como hemos escuchado en la Carta de Santiago, hay situaciones de necesidad entre nosotros que requieren una respuesta inmediata y urgente, por ejemplo, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento; ambas son obras de misericordia corporales.
Es muy dura la experiencia del hambre y la sed, y desgraciadamente es una realidad actual y cercana a nosotros. Cada día encontramos personas que sufren estos males y necesitan nuestra ayuda.
Jesús nos enseña a responder a estas necesidades con su ejemplo, y nos recuerda que «él es el pan de vida» y «quien tenga sed venga mí». Él mandó a sus discípulos que dieran de comer a la multitud, pero ellos sólo tenían cinco panes y dos peces. Jesús pronunció sobre estos la bendición y los partió, y al distribuirlos, todos quedaron saciados. Su ejemplo nos interpela y nos anima a reconocer que cuando damos nuestro poco al hermano necesitado se hace presente la ternura y la misericordia de Dios.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los invito a salir al encuentro de las necesidades más básicas de los que encuentren a su camino, dando lo poco que tienen. Dios, a su vez, les corresponderá con su gracia y los colmará de una auténtica alegría. Muchas gracias.

(Fuente 13 tv – Radio Vaticano)

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viernes, 14 de octubre de 2016

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jueves, 13 de octubre de 2016

miércoles, 12 de octubre de 2016

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lunes, 10 de octubre de 2016

viernes, 7 de octubre de 2016

miércoles, 5 de octubre de 2016

domingo, 2 de octubre de 2016

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