jueves, 17 de marzo de 2011

LECTURAS Y REFLEXION DE LA MISA DEL DIA JUEVES 17 DE MARZO DE 2011

LECTURAS Y REFLEXION DE LA MISA DEL DIA
Jueves, 17 de Marzo de 2011

Señor, no tengo otra ayuda fuera de ti

Lectura del libro de Ester  3, 6; 4, 11-12. 14-16. 23-25

El rey de Persia firmó un decreto, ordenando que todos los judíos fueran exterminados del país por la espada. Al enterarse, todo Israel clamaba con todas sus fuerzas, porque veían que su muerte era inminente.
La reina Ester, presa de una angustia mortal, también buscó refugio en el Señor. Luego oró al Señor, Dios de Israel, diciendo:
«¡Señor mío, nuestro Rey, Tú eres el Único!
Ven a socorrerme, porque estoy sola,
no tengo otra ayuda fuera de ti
y estoy expuesta al peligro.
Yo aprendí desde mi infancia, en mi familia paterna,
que Tú, Señor, elegiste a Israel entre todos los pueblos,
y a nuestros padres entre todos sus antepasados,
para que fueran tu herencia eternamente.
¡Y Tú has hecho por ellos lo que habías prometido!

¡Acuérdate, Señor, y manifiéstate
en el momento de nuestra aflicción!
Y a mí, dame valor, Rey de los dioses
y Señor de todos los que tienen autoridad.
Coloca en mis labios palabras armoniosas
cuando me encuentre delante del león,
y cámbiale el corazón
para que deteste al que nos combate
y acabe con él y con sus partidarios.
¡Líbranos de ellos con tu mano
y ven a socorrerme, porque estoy sola,
y no tengo a nadie fuera de ti, Señor!
Tú, que lo conoces todo».

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL  137, 1-3. 7c-8

R.    ¡Me respondiste cada vez que te invoqué, Señor!

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque has oído las palabras de mi boca.
Te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo.  R.

Daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa ha superado tu renombre.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma.  R.

Tu derecha me salva.
El Señor lo hará todo por mí.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos!  R.



EVANGELIO

El que pide recibe

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 7, 7-12

Jesús dijo a sus discípulos:
Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el Cielo dará cosas buenas a aquéllos que se las pidan!
Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

Palabra del Señor.
  
Reflexión

Est. 3, 6; 4, 11-12. 14-16. 23-25. En este pequeño fragmento de la oración que Esther dirige al Señor, antes de presentarse ante el rey Asuero para interceder por la liberación del pueblo Judío, contemplamos la gran confianza que esta mujer está depositando en Dios. Durante la oración, en una sección que no leemos en este día, se nos habla de cómo Esther reconoce el pecado del pueblo y lo confiesa ante Dios, y pide que Dios se muestre misericordioso para con él.
Si alguien se acerca a pedir el favor de Dios para verse liberado de las esclavitudes que muchas veces han encadenado el corazón, antes que nada uno mismo debe saber que sí se tiene consigo esa maldad. Hay que pedir el perdón de Dios; y una vez libre de la culpa hay que iniciar un camino de amor fiel a todas vistas.
No confiamos en nuestras propias fuerzas, sino en el poder de Dios. Y por eso, como Éster, acudamos al Señor para que sea Él nuestra fortaleza y, desde nosotros, con nuestras palabras, obras y actitudes, Él se levante victorioso y sea el único que reine en nosotros.
Tal vez muchas veces hemos sido ocasión de llanto y no de alegría para los demás. Cristo nos quiere como personas que amen, no que destruyan la vida, la alegría y la paz de los demás.
Ante nuestras fragilidades y egoísmos, ante nuestras cobardías para hacer el bien y no el mal, hemos de acudir a Aquel que es nuestro refugio y fortaleza. Sólo en Cristo podremos levantarnos victoriosos sobre el mal y, resucitados a una vida nueva, manifestarnos con las obras que vienen del Espíritu de Dios en nosotros.

Sal. 138 (137) Alabemos al Señor delante de dioses extranjeros, con la mirada vuelta hacia el Santuario de nuestro Dios.
Qué admirable que el único Dios verdadero, tan grandioso y poderoso, se fije en sus más pequeños y humildes siervos. Esos son los caminos de Dios, que distan mucho de los nuestros, de nuestra forma de pensar y actuar. Resuenan en nuestros oídos las palabras del salmista: Obra tuya soy, no me abandones. Dios se ha hecho Dios-con-nosotros. El Señor nos ha visitado y ha plantado su tienda entre nosotros. Él sabe de nuestras fragilidades, por eso puede compadecerse de nosotros.
Pero, no sólo hemos de poner nuestra confianza en Dios, sino que especialmente hemos de buscarlo para que concluya su obra salvadora en nosotros y nos convierta en un signo vivo de su Hijo Jesucristo para los demás. Así, su Evangelio no sólo será escuchado, sino proclamado con la propia vida.

Lc. 11, 29-32. Dios se manifiesta siempre como un Padre Providente para quienes, siendo sus hijos, se portan a la altura de esa pertenencia a Dios.
La oración del creyente es un estar junto a Dios, que siempre nos escucha y nos da más de lo que pedimos y merecemos. En la oración buscamos, junto a Dios, descubrir su voluntad para poder cumplirla; y su voluntad es que seamos conforme a la imagen de su propio Hijo; el camino de la oración es el camino que nos conduce a una identificación cada día más perfecta con el Hijo amado de Dios.
Dios nunca nos ha abandonado, es nuestro Padre. Por eso tocamos a la puerta de su corazón, no para recibir las migajas de su amor y de su misericordia, sino para que nos abra las puertas de su casa y nos siente a la mesa como a hijos unidos a su Hijo único.
Somos demasiado frágiles; por eso el Señor nos indica que pidamos a su Padre Dios la asistencia de su Espíritu Santo, que es la Fuerza que nos viene de lo alto para iluminarnos, sostenernos y conducirnos como signos, cada vez más perfectos, del amor de Dios en el mundo hasta lograr la salvación eterna.
Ser signos del Señor nos hace estar abiertos a las necesidades de nuestro prójimo. Hay más alegría en dar que en recibir. Sin embargo no podemos dar a los demás lo que no tenemos. Por eso le decimos al Señor: dame lo que pides y pídeme lo que quieras.
La Cuaresma nos conduce hacia una vida renovada en Cristo, renovada en el amor. Ese amor nos debe ayudar a dar, no piedras, sino pan a los hambrientos; no serpientes, sino pescado, alimento bueno y substancioso para que vivan con dignidad. El Espíritu de Dios en nosotros nos ha de conducir, incluso, a convertirnos nosotros mismos en pan que alimente a los demás con nuestras buenas obras y con nuestra cercanía a los que sufren.
La Eucaristía de este día nos recuerda que, al igual que Cristo, nosotros somos el pan que se entrega a favor de los demás, y la sangre que se derrama por ellos para el perdón de los pecados.
La Iglesia prolonga, en la vida diaria, el memorial celebrado en la Eucaristía. No tiene sentido haber sido consagrados como hijos de Dios en Cristo, para después tirar ese pan a los perros.
La vida de Dios en nosotros no puede contaminarse con el veneno del pecado. Interceder por el pueblo, por la familia, debe hacerse con el mismo amor y asumiendo todos los riesgos de los que nos hace conciencia la primera lectura: Hay que acudir al Señor y saber levantarse de su presencia para salir a poner nuestro empeño, incluso exponiendo nuestra propia vida, para que desaparezca el mal y para que los problemas sean solucionados.
No basta pedir a Dios y esperarlo todo de Él. Él quiere que nuestra mente, nuestro corazón, nuestro cuerpo, estén al servicio de su Reino, para que Él continúe haciendo su obra salvadora por medio nuestro.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar por su Reino, siendo fuertes en el testimonio de nuestra fe y en el servicio amoroso a nuestro prójimo. Amén.

Reflexión de Homiliacatolica . com
Fuente: celebrando la vida . com

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