miércoles, 23 de febrero de 2011

SAN POLICARPO OBISPO DE ESMIRNA


San Policarpo Obispo de Esmirna (+155 dc)

“Yo puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos”. Son palabras de San Ireneo, ilustre discípulo de San Policarpo y futuro obispo de Lyon.

San Policarpo vivió 86 años, y recibió el bautismo ya en su infancia.  Había sido discípulo del apóstol San Juan, y tuvo por eso el privilegio de oír en boca de un testigo presencial las descripciones de la vida de Jesús. Más tarde, fue probablemente el mismo San Juan el que encomendó al cuidado episcopal de San Policarpo la grey cristiana de Esmirna.

De este modo, San Policarpo ocupó el episcopado de Esmirna (en la actual Turquía) hacia el 110 d. C. Ya desde el principio, se hizo notar por su fuerte personalidad y por su implacable valentía para confesar la fe cristiana. 

Su actitud y carácter quedan claramente reflejados en estas sencillas palabras suyas: “Seamos, pues, imitadores de la pasión de Cristo, y si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémosle, porque ése fue el ejemplo que Él nos dejó en su propia persona y eso es lo que nosotros hemos creído”.

Según podemos saber, gracias a una carta que escribieron los cristianos de Esmirna con razón de su martirio, San Policarpo no se entregó voluntariamente al martirio, pues no se sentía con fuerzas suficientes como para afrontarlo, en parte debido a su elevada edad. En lugar de entregarse, y obedeciendo también a la petición de sus fieles, se escondió en una casa de campo.

Pero finalmente fue delatado por uno de los esclavos, y cuando llegaron los soldados para llevárselo, no opuso ningún tipo de resistencia, sino que aceptó la Voluntad de Dios. Mandó que les dieran de cenar a aquellos que le habían apresado y pidió que le dejaran rezar un rato. Los soldados, viendo su fe y su piedad, se arrepintieron de lo que habían hecho, si bien ya era demasiado tarde. 

San Policarpo fue llevado al fin ante el procónsul Decio Cuadrato, que aún le dio la oportunidad de arrepentirse de su fe. El diálogo que mantuvieron fue este: “Declara que el César es el Señor”. Policarpo respondió: “Yo sólo reconozco como mi Señor a Jesucristo, el Hijo de Dios”. Añadió el gobernador: “¿Y qué pierde con echar un poco de incienso ante el altar del César? Renuncia a Cristo y salvarás tu vida”. A lo cual San Policarpo dio una respuesta admirable. Dijo así: “Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a Él ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo”.

El procónsul le grita: “Si no adoras al César y sigues adorando a Cristo te condenaré a las llamas”. Y el santo responde: “Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga”.

En ese momento, el pueblo, lleno de ira, pidió al procónsul que fuera condenado a morir entre las llamas. Así lo ordenó el procónsul. Lo único que pidió Policarpo es que lo dejaran libre entre las llamas, que no se iba a escapar. Los soldados tan solo le ataron las manos y lo dejaron allí, pasto de las llamas. Los verdugos recibieron la orden de atravesar con una lanza el corazón de San Policarpo. Más tarde, los cristianos pudieron recoger sus huesos.

No hay que olvidar el significado etimológico del nombre “Policarpo”: el que produce muchos frutos de buenas obras (poli, mucho; carpo, fruto).



Acta del martirio de San Policarpo de Esmirna
En Esmirna el año 155 d.c.

La Iglesia de Dios, establecida en Esmirna, a la Iglesia de Dios, establecida en Filadelfia, y a todas las partes de la Iglesia santa y católica extendida por todo el mundo; que la misericordia, la paz y el amor de Dios Padre y Nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en vosotras.

Os escribimos relatándoos el martirio de nuestros hermanos, y, en especial, del bienaventurado Policarpo, quien, con el sello de su fe, puso fin a la persecución de nuestros enemigos. Todo lo sucedido fue ya anunciado por el Señor en su Evangelio, en el cual se halla la regla de conducta que hemos de seguir. Según, El, por su permisión, fue entregado y clavado en la cruz para salvarnos. Quiso que le imitáramos, y El fue el primero de entre los justos que se puso en manos de los malvados, mostrándonos de ese modo el camino que habíamos de seguir, y así, habiéndonos precedido El, no creyéramos que era demasiado exigente en sus preceptos. Sufrió El primero lo que nos encargó a nosotros sufrir. Se hizo nuestro modelo, enseñándonos a morir, no sólo por utilidad propia, sino también por la de nuestros hermanos. El martirio, a aquellos que le padecen, les acarrea la gloria celestial, la cual se consigue por el abandono de las riquezas, los honores e incluso los padres. ¿Acaso tendremos por demasiado el sacrificio que hacemos a tan piadoso Señor, cuando sabemos que sobrepuja con creces lo que El hizo por sus siervos, a los que éstos pueden hacer por El? Por tanto, os vamos a narrar los triunfos de todos nuestros mártires, tal como nos consta que tuvieron lugar, su gran amor para con Dios y su paciencia en soportar los tormentos. 

¿Quién no se llenará de admiración al considerar cuán dulces les eran los azotes, gratas las llamas del eculeo, amable la espada que los hería y suaves las brasas de las hogueras? Cuando corriendo la sangre por los costados, con las entrañas palpitantes a la vista, tan constantes estaban en su fe, que aunque el pueblo conmovido no podía contener las lágrimas ante tan horrendo espectáculo, ellos solo estaban serenos y tranquilos. Ni siquiera se les oía un gemido de dolor; y así como habían aceptado con alegría los tormentos, del mismo modo los toleraban con fortaleza. A todos los asistía el Señor en los tormentos, no sólo con el recuerdo de la vida eterna, sino también templando la violencia de los dolores, para que no excediesen la resistencia de las almas.

El Señor les hablaba interiormente y les confortaba, poniéndoles ante los ojos las coronas que les esperaban si eran constantes; e ahí el desprecio que hacían de los jueces, y su gloriosa paciencia. Deseaban salir de las tinieblas de este mundo para ir a gozar de las claras moradas celestiales; contraponían la verdad a la mentira, lo terreno a lo celestial, lo eterno a lo caduco Por una hora de sufrimientos les esperaban goces eternos.

El demonio probó contra ellos todas sus artes; pero la gracia de Cristo les asistió como un abogado fiel. También Germanico, con su valor, infundía ánimos a los demás. Habiendo sido expuestos a las fieras, el procónsul, movido de compasión, le exhortaba a que tuviese piedad al menos de su tierna edad, si le parecía que los demás bienes no merecían ser tenidos en consideración. Pero él hacía poco caso de la compasión que parecía tener por él su enemigo y no quiso aceptar el perdón que le ofrecía el juez injusto; muy al contrario, el mismo azuzaba a la fiera que se había lanzado contra el, deseoso de salir de este mundo de pecado. Viendo esto el populacho, quedó sorprendido de ver un ánimo tan varonil en los cristianos. Luego todos gritaron: 
"Que se castigue a los Impíos y se busque a Policarpo”.

En esto, un cristiano, llamado Quinto, natural de Frigia, y que acababa de llegar a Esmirna, él mismo se presentó al sanguinario Juez para sufrir el martirio. Pero la flaqueza fue mayor que el buen deseo. Al ver venir hacia sí las fieras, temió y cambió de propósito, volviéndose de la parte del demonio, aceptando aquello contra lo que iba a luchar. El procónsul, con sus promesas, logró de él que sacrificara. En vista de esto, creemos que no son de alabar aquellos hermanos que se presentan voluntarios a los suplicios, sino mas bien aquellos que habiéndose ocultado al ser descubiertos, son constantes en los tormentos. Así nos lo aconseja el Evangelio, y la experiencia lo demuestra, porque éste que se presentó, cedió, mientras Policarpo, que fue prendido, triunfó.

Habiéndose enterado Policarpo, hombre de gran prudencia y consejo, que se le buscaba para el martirio, se ocultó. No es que huyera por cobarde, sino más bien dilataba el tiempo del martirio. Recorrió varias ciudades, y como los fieles le dijesen que se diese más prisa, y se ocultase prontamente, él no se preocupaba, como si temiera alejarse del lugar del martirio. Al fin se consiguió que se escondiese en una granja. Allí, noche y día, estuvo pidiendo al Señor le diera valor para sufrir la última pena. Tres días antes de ser prendido le fue revelado su martirio. Parecióle que la almohada sobre la que dormía estaba rodeada de llamas. Al despertarse el santo anciano dijo a los que con él estaban que había de ser quemado vivo.

Cambió de retiro para estar más oculto, mas apenas llegó al nuevo refugio llegaron también sus perseguidores. Estos buscaron largo rato y no hallándole cogieron a dos muchachos y los azotaron hasta que uno de ellos descubrió el lugar en que se hallaba oculto Policarpo. No podía ya ocultarse aquel a quien esperaba el martirio. El jefe de Policía de Esmirna, Herodes, tenía gran deseo de presentarle en el anfiteatro, para que fuese imitador de Cristo en la Pasión. Además, ordenó que a los traidores se les recompensara como a Judas. Armado, pues un pelotón de soldados de a caballo, salieron un viernes antes de cenar en busca de Policarpo, con uno de los muchachos a la cabeza no como para prender a un discípulo de Cristo, sino como si se tratara de algún famoso ladrón. Encontráronle de noche oculto en una casa Hubiera podido huir al campo, pero cansado como estaba, prefirió presentarse él mismo a esconderse de nuevo, porque decía. "Hágase la voluntad de Dios; cuando El lo quiso me escondí, y ahora que El lo dispone, lo deseo yo también". Viendo, pues, a los soldados, bajo adonde ellos estaban y les habló cuanto su debilidad se lo permitió y el Espíritu de la gracia sobrenatural le inspiró.

Admiraban los soldados ver en él, a sus años, tanta agilidad y de que en tan buen estado de salud le hubieran encontrado tan pronto. En seguida mandó que les prepararan la mesa, cumpliendo así el precepto divino, que encarga proveer de las cosas necesarias para la vida aun a los enemigos. Luego les pidió permiso para hacer oración y cumplir sus obligaciones para con Dios. Concedido el permiso, oró por espacio de dos horas de pie, admirando su fervor a los circunstantes y hasta a los mismos soldados. Acabó su oración, pidiendo a Dios por toda la iglesia, por los buenos y por los malos, hasta que llegó el momento de recibir la corona de la justicia, que en todo momento había guardado […]

Al entrar en el anfiteatro se oyó una voz del cielo que decía: "Sé fuerte, Policarpo". Esta voz sólo la oyeron los cristianos que estaban en la arena, pero de los gentiles nadie la oyó. Cuando fue llevado ante el palco del procónsul, confesó valerosamente al Señor, despreciando las amenazas del juez.

El procónsul procuró por todos los medios hacerle apostatar, diciéndole tuviera compasión de su avanzada edad, ya que parecía no hacer caso de los tormentos. "¿cómo ha de sufrir tu vejez -le decía- lo que a los jóvenes espanta? Debe jurar por el honor del César y por su fortuna. Arrepiéntete y di: "Mueran los impíos". Animado el procónsul, prosiguió: "Jura también por la fortuna del César y reniega de Cristo". "Ochenta y seis años ha -respondió Policarpo- que le sirvo y jamás me ha hecho mal; al contrario, me ha colmado de bienes, ¿cómo puedo odiar a aquel a quien siempre he servido, a mi Maestro, mi Salvador, de quien espero mi felicidad, al que castiga a los malos y es el vengador de los justos?"

Mas como el procónsul insistiese en hacerle jurar por la fortuna del César, él le respondió: "¿Por qué pretendes hacerme jurar por la fortuna del César? ¿Acaso ignoras mi religión? Te he dicho públicamente que soy cristiano, y por más que te enfurezcas, yo soy feliz. Si deseas saber qué doctrina es ésta, dame un día de plazo, pues estoy dispuesto a instruirte en ella si tú lo estás para escucharme". Repuso el procónsul: "Da explicaciones al pueblo y no a mi".

Respondióle Policarpo: "A vuestra autoridad es a quien debemos obedecer, mientras no nos mandéis cosas injustas y contra nuestras conciencias. Nuestra religión nos enseña a tributar el honor debido a las autoridades que dimanan de la de Dios y obedecer sus órdenes. En cuanto al pueblo, le juzgo indigno, y no creo que deba darle explicaciones: lo recto es obedecer al juez, no al pueblo"

-"A mi disposición están las fieras, a las que te entregaré para que te hagan pedazos si no desistes de tu terquedad", dijo el procónsul.

-"Vengan a mi los leones -repuso Policarpo- y todos los tormentos que vuestro furor invente; me alegrarán las heridas, y los suplicios serán mi gloria, y mediré mis méritos por la intensidad del dolor. Cuanto mayor sea éste, tanto mayor será el premio que por él reciba. Estoy dispuesto a todo; por las humillaciones se consigue la gloria".
-"Si no te asustan los diente de las fieras, te entregaré a las llamas".

-"Me amenazas con un fuego que dura una hora, y luego se apaga y te olvidas del juicio venidero y del fuego eterno, en el que arderán para siempre los impíos. ¿Pero a qué tantas palabras? Ejecuta pronto en mi tu voluntad, y si hallas un nuevo género de suplicio, estrénalo en mi".

Mientras Policarpo decía estas cosas, de tal modo se iluminó su rostro de una luz sobrenatural, que el mismo procónsul temblaba. Luego gritó el pregonero por tres veces: "Policarpo ha confesado que es cristiano".

Todo el pueblo gentil de Esmirna, y con él los judíos, exclamaron: "Este es el doctor de Asia, el padre de los cristianos, el que ha destruido nuestros ídolos y ha violado nuestros templos, el que prohibía sacrificar y adorar a los dioses; al fin ha encontrado lo que con tantos deseos decía que anhelaba". Y todos a una pidieron al asiarca Filipo que se lanzara contra él un león furioso; pero Filipo se excusó, diciendo que los juegos habían terminado. Entonces pidieron a voces que Policarpo fuera quemado vivo. Así se iba a cumplir lo que él había anunciado, y dando gracias al Señor, se volvió a los suyos y les dijo: "Recordad ahora, hermanos, la verdad de mi sueño".

Entre tanto, el pueblo […] acude corriendo a los baños y talleres en busca de leños y sarmientos. Cuando estaba ardiendo la hoguera, se acercó a ella Policarpo, se quitó el ceñidor y dejó el manto, disponiéndose a desatar las correas de las sandalias, lo cual no solía hacer él, porque era tal la veneración en que le tenían los fieles, que se disputaban este honor por poder besarle los pies. La tranquilidad de la conciencia le hacía aparecer ya rodeado de cierto esplendor aun antes de recibir la corona del martirio. Dispuesta ya la hoguera, los verdugos le iban a atar a una columna de hierro, según era costumbre, pero el Santo les suplicó, diciendo: "Permitidme quedar como estoy; el que me ha dado el deseo del martirio, me dará también el poder soportarlo; El moderará la intensidad de las llamas”. Así, pues, quedó libre; sólo le ataron las manos atrás y subió a la hoguera. Levantando entonces los ojos al cielo exclamó: "Oh, Señor, Dios de los Ángeles y de los Arcángeles, nuestra resurrección y precio de nuestro pecado, rector de todo el universo y amparo de los justos: gracias te doy porque me has tenido por digno de padecer martirio por ti, para que de este modo perciba mi corona y comience el martirio por Jesucristo en unidad del Espíritu Santo; y así, acabado hoy mi sacrificio, veas cumplidas tus promesas. Seas, pues bendito y eternamente glorificado por Jesucristo Pontífice omnipotente y eterno, y todo os sea dado con él y el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén".

Terminada la oración fue puesto fuego a la hoguera, levantándose las llamas hasta el cielo […]

Su martirio fue muy superior, y todo el pueblo le llama "su maestro". Todos deseamos ser sus discípulos, como él lo era de Jesucristo, que venció la persecución de un juez injusto y alcanzó la corona incorruptible, dando fin a nuestros pecados. Unámonos a los n y a todos los justos y bendigamos únicamente a Dios Padre Todopoderoso; bendigamos a Jesucristo nuestro Señor, salvador de nuestras almas, dueño de nuestros cuerpos y pastor de la Iglesia universal; bendigamos también al Espíritu Santo por quien todas las cosas nos son reveladas. Repetidas veces me habíais pedido os comunicara las circunstancias del martirio del glorioso Policarpo, y hoy os mando esta relación por medio de nuestro hermano Marciano. Cuando vosotros os hayáis enterado, comunicadlo a las otras iglesias, a fin de que el Señor sea bendito en todas partes, y todos acaten la elección que su gracia se digna hacer de los escogidos. El puede salvarnos a nosotros mismos por Jesucristo Nuestro Señor y Redentor, por el cual y con el cual es dada a Dios toda gloria, honor, poder y grandeza, por los siglos de los siglos. Amén. Saludad a todos los fieles; los que estamos aquí os saludamos. Asimismo os saluda Evaristo, que esto ha escrito, os saluda con toda su familia. 

El martirio de Policarpo tuvo lugar el 25 de abril, el día del gran sábado, a las dos de la tarde. Fue preso por Herodes, siendo pontífice o asiarca Filipo de Trates, y procónsul Stacio Cuadrato. Gracias sean dadas a Jesucristo Nuestro Señor, a quien se debe gloria, honor, grandeza y trono eterno de generación en generación. Amén.

Este ejemplar le ha copiado Gayo de los ejemplares de Ireneo, discípulo de Policarpo. Yo, Sócrates, lo copié del ejemplar de Gayo. Yo, Pionio, he confrontado los originales y lo transcribo por revelación del glorioso Policarpo; como lo dije en la reunión de los que vivían cuando el Santo trabajaba con los escogidos. Nuestro Señor Jesucristo me reciba en el reino de los cielos, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


LECTURAS Y REFLEXION DE LA MISA DEL MIERCOLES 23 DE FEBRERO DE 2011


Dios ama a los que aman la sabiduría

Lectura del libro del Eclesiástico 4, 11-19

La sabiduría encumbra a sus hijos
      y cuida de aquellos que la buscan.
El que la ama, ama la vida,
      y los que la buscan ardientemente serán colmados de gozo.
El que la posee heredará la gloria,
      y dondequiera que vaya, el Señor lo bendecirá.
Los que la sirven rinden culto al Santo
      y los que la aman son amados por el Señor.
El que la escucha juzgará a las naciones
      y el que le presta atención habitará segur.
El que confía en ella la recibirá en herencia
      y sus descendientes también la poseerán.

Al comienzo, ella lo conducirá por un camino sinuoso.
      le infundirá temor y estremecimiento
y lo hará sufrir con su disciplina,
      hasta que tenga confianza en él
      y lo haya probado con sus exigencias.
Después, volverá a él por el camino recto,
      lo alegrará y le revelará sus secretos.
Si él se desvía, ella lo abandonará
      y lo dejará librado a su propia caída.

Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.





SALMO RESPONSORIAL   118, 165. 168. 171-172. 174-175

R.   ¡Tu ley es mi alegría, Señor!

Los que aman tu ley gozan de una gran paz,
nada los hace tropezar.
Yo observo tus mandamientos y tus prescripciones,
porque Tú conoces todos mis caminos.  R.

Que mis labios expresen tu alabanza,
porque me has enseñado tus preceptos.
Que mi lengua se haga eco de tu promesa,
porque todos tus mandamientos son justos.  R.

Yo ansío tu salvación, Señor,
y tu ley es toda mi alegría.
Que yo viva y pueda alabarte,
y que tu justicia venga en mi ayuda.  R.








EVANGELIO

El que no está contra nosotros está con nosotros


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos  9, 38-40

Juan le dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».
Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros».


Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.





Reflexión

Eclo. 4, 12-22. La Sabiduría de Dios se hace amiga de los hombres. Hoy se nos dice que se convierte en maestra de los hombres. Escuchándola, y haciéndole caso, uno se hace amigo de Dios, y recibirá la bendición del Señor en todo lo que emprenda. Cuando uno se confía a ella, la Sabiduría le pone a prueba para calar si su confianza es o no verdadera. Si la prueba es superada, entonces ella le revelará sus secretos; pero si no le hace caso, ella lo abandonará y lo dejará seguir su camino de perdición. No es malo aspirar a tener con nosotros la Sabiduría de Dios; al contrario, es lo mejor que podemos desear para conocer a Dios y amarlo en verdad. Malo es querer utilizar la Sabiduría para nuestros propios intereses, y querer brillar personalmente a costa de ella conforme a lo que el Señor quiera manifestarnos sobre el Camino que nos conduce a Él. De acuerdo a esta gracia del Señor podemos hablar cosas muy grandiosas acerca del Señor y de la forma de ir a Él. Si nosotros no los primeros en ir por ese camino, de nada nos aprovechará el gran amor que Dios nos haya manifestado. Antes de que el Señor nos llame para que seamos sus testigos ante los demás, nos llama a que estemos con Él, a que lo conozcamos, a que lo amemos y vivamos nuestro compromiso personal con Él; después vendrá el testimonio ante los demás de acuerdo a lo que hayamos oído, a lo que hayamos visto con nuestros ojos y lo que hayamos contemplado y hayan tocado nuestras manos acerca de la Palabra de la vida. Mientras no tengamos esa experiencia personal del Señor nuestra vida no tendrá la autoridad suficiente para ayudar a los demás a ir a su propio encuentro personal con Él, ya que la fe se expresa, antes que con los labios, con las buenas obras que dan testimonio de la presencia del Señor en nosotros.

Sal. 119 (118) La Ley fue el camino que unía al hombre con Dios, ya que al haberla dado Dios a Moisés el Señor se comprometió a salvar, por ese camino, a todo aquel que la cumpliera. Esa persona disfrutaría de la paz y no tendría tropiezos en la vida: Por eso aquel que quisiera alabar a Dios debería dejarse ayudar por la Ley del Señor. Jesucristo no ha venido a abolir la Ley sino a darle plenitud. Desde Cristo ya no somos conducidos por la Ley sino por la Gracia. Nuestra fe se basa en la persona de Jesús, y nuestra salvación está aceptarlo y en amarlo e identificarnos con Él. Sólo quien viva unido a Él, como las ramas están unidas al tronco, tendrá la salvación. Sin embargo, de nada nos serviría decir que vivimos unidos a Él si no cumplimos sus mandatos; sería tanto como tener cerrados los oídos para no escuchar la voz del Señor y evitar vivir de acuerdo a sus enseñanzas. Por eso el Señor nos dice: Quien me ama cumplirá mis mandatos; a ese vendremos mi Padre y Yo y haremos en él nuestra morada.

Mc. 9, 38-40. En el Evangelio el Señor nos invita a no vivir en un grupo cerrado desde el que se quiera monopolizar al Salvador y a la salvación. Los que nos gloriamos en ser discípulos de Cristo y de formar su Iglesia tenemos la más alta responsabilidad de ser sus testigos dejando de pensar que por sólo pronunciar el Nombre Divino nos vamos a salvar. Antes que nada es una vida congruente con nuestra fe lo que indica si no sólo de palabra sino de hecho pertenecemos al Señor. Además del amor a Dios y del culto que le tributemos hemos de escuchar su voz y ponerla en práctica; hemos de amar a nuestro prójimo y servirlo sin fronteras, sin elitismos, sin divisiones. Nadie puede decir que tiene los derechos de autor sobre Dios y que, por tanto, los demás no pueden acceder a Él sino por medio de su grupo. Nos dice la Iglesia en uno de sus Documentos: Para que los cristianos puedan dar con fruto su testimonio de Cristo, deben unirse con los hombres de las diversas culturas con antiguas tradiciones religiosas, y descubrir gozosa y respetuosamente las semillas del Verbo latentes en ellas. Todo aquel que haga el bien en el Nombre del Señor, aun cuando sea sólo dar un vaso de agua fresca a los sedientos, no quedará sin su recompensa. No apaguemos el Don del Espíritu de Dios en aquellas mechas que aún humean, ni terminemos de arrancar la caña resquebrajada por el viento. Más bien tratemos de que la plenitud de la Vida de Dios llegue a todas las personas, sabiendo que en todos Dios ha conservado algunos elementos que pueden ser el principio de nuestra apertura total al Evangelio.
En esta Eucaristía nos hemos reunido para vivir con el Señor los momentos más importantes de nuestro día. No sólo escuchamos su voz, somos también testigos de la forma en que nos sigue amando. Él no juzga a quienes hemos acudido para encontrarnos con Él. Cada uno sabe cómo está su conciencia ante Él; sin embargo, independientemente de razas, de sexos o de condiciones sociales, Él nos ha recibido y nos está manifestando cuánto nos ama. Sin embargo, el compromiso nuestro es saber escucharlo para que nuestra amistad con Él no sea sólo venir a que Él nos escuche y nos conceda lo que le pedimos. ¿De qué nos serviría conocer la grandeza de sus palabras, de qué nos serviría ser testigos del amor sin distinción que nos tiene si después nosotros no vivimos conforme a ese mismo estilo de vida?
El Señor espera de nosotros que seamos constructores de unidad y nunca de división; que vivamos el amor sin fronteras y no hagamos de nuestra comunidad o de nuestros grupos apostólicos lugares cerrados y encerrados en sí mismos. Una Iglesia sólo para un sector de la sociedad; un grupo apostólico no abierto a toda clase de personas no puede llamarse Iglesia, sino secta que da una respuesta muy corta a la expectativa del Señor cuando nos pide vivir como hermanos y trabajar juntos por su Reino. Es cierto que tenemos que trabajar para que quien no conoce a Cristo primero lo conozca y lo ame, para después poderlo anunciar tanto con su vida, como con sus obras, y con sus palabras. Sin embargo no podemos convertirnos en los únicos y eternos maestros de los demás, sin jamás dar a otros la oportunidad de trabajar junto con nosotros a favor del Reino de Dios. No desconozcamos los dones que, a manos llenas, ha derramado Dios en el corazón de todos. Lo único que hemos de hacer es buscar descubrir esos dones como el que busca un tesoro en el campo. Y, una vez descubiertos, reconocerlos y alegrarnos por ello, sabiendo que, con la diversidad de carismas, y en la unidad de un mismo Espíritu, podremos, con la Gracia de Dios, ser mejores portadores de la Verdad que es Dios. Una Iglesia dividida por discordias y egoísmos podrá ser una Iglesia paternalista, pero nunca engendradora de la vida, ni educadora de sus hijos en el testimonio que corresponde a todos. La Sabiduría no pertenece a unos cuantos. Dios la ha derramado en todas sus criaturas. Ojalá y sepamos trabajar para que todos disfruten de ella y de la salvación que Dios ofrece a todos. Seamos, pues, portadores de la Gracia de Dios tanto con las palabras como con la vida y las actitudes, a la par que con nuestras obras, especialmente con el amor fraterno y comprometido con el Evangelio del Señor para trabajar en la salvación, no sólo de los nuestros, sino del mundo entero.
Roguémosle a Dios que nos conceda por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, viviendo en torno a Jesús, su Hijo, nos esforcemos en vivir la unidad y en hacer que la Sabiduría divina reine en el corazón de todos. Amén. 

Reflexión de Homiliacatolica .com
Fuente: celebrando la vida . com



LA ENVIDIA

Tratando con la envidia 

Cuenta una fábula que en cierta ocasión una serpiente
empezó a perseguir a una luciérnaga; ésta huía muy rápido
y llena de miedo de la feroz depredadora, pero la serpiente
no pensaba desistir en su intento de alcanzarla.

La luciérnaga pudo huir durante el primer día,
pero la serpiente no desistía, dos días y nada,
al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga
detuvo su agitado vuelo y le dijo a la serpiente:
¿Puedo hacerte tres preguntas?

No acostumbro conceder deseos a nadie,
pero como te voy a devorar, puedes preguntar,
respondió la serpiente.

Entonces dime:
¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
¡No!, contestó la serpiente.

¿Yo te hice algún mal?
¡No!, volvió a responder su cazadora.

Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
¡Porque no soporto verte brillar!,
fue la última respuesta de la serpiente.

Muchos de nosotros nos hemos visto envueltos
en situaciones donde nos preguntamos:

¿Por qué me pasa esto si yo no he hecho nada malo?
Sencillo... porque hay algunos(as)
que no soportan verte brillar.

La "envidia" es uno de los peores sentimientos
que podemos tener. El hecho de que envidien
tus logros, tu éxito, etc., ¡que envidien verte brillar!
te va a afectar en más de una ocasión,
pero cuando esto pase, ¡no dejes de brillar!,
continúa siendo tú mismo(a),
sigue dando lo mejor de ti,
sigue haciendo lo mejor,
no permitas que te lastimen,
no permitas que te hieran...¡sigue brillando
y no podrán tocarte!, porque tu luz seguirá intacta,
porque siempre habrá quien te apoye,
porque tu huella permanecerá,
porque el recuerdo de lo que fuiste
e hiciste quedará, ¡pase lo que pase!   [1

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Envidia, de acuerdo a las definiciones de la Real Academia Española la envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno y la emulación, deseo de algo que no se posee.

Primera definición.- Tristeza o pesar del bien ajeno.
    De acuerdo a la primera definición la envidia es sentir tristeza o pesar por el bien ajeno. De acuerdo a esta definición lo que no le agrada al envidioso no es tanto algún objeto en particular que un tercero pueda tener sino la felicidad en ese otro. Entendida de esta manera, es posible concluir que la envidia es la madre del resentimiento, un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor sino que al otro le vaya peor.

Segunda definición.- Emulación, deseo de algo que no se posee.
    De acuerdo a la segunda de las acepciones la envidia se puede encuadrar dentro de la emulación o deseo de poseer algo que otro posee. Siendo en este caso que lo envidiado no es un sujeto sino un objeto material o intelectual. Por lo tanto en esta segunda acepción la base de la envidia sería el sentimiento de desagrado por no tener algo y además de eso el afán de poseer ese algo. Esto puede llegar a implicar el deseo de privar de ese algo al otro en el caso de que el objeto en disputa sea el único disponible.

    * Una tercera posibilidad para comprender lo que la envidia implica sería la combinación de las dos acepciones mencionadas anteriormente. Cualquiera sea el caso, la envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una insalvable amargura.

    * Otra definición de envidia, es que el envidioso cuenta mentiras sobre la persona a la que envidia o las cosas que tiene, para poder tenerlas, en ocasiones la envidia puede hacer que el envidiado muera a manos del envidioso.

La Envidia es considerado como un pecado capital porque genera otros pecados, otros vicios; El término "capital" no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que proclama Jesús.

San Gregorio Magno (*ca. 540 en Roma – †12 de marzo de 604), fue el sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia católica romana; fue quien seleccionó los siete pecados capitales, y se mantuvo por la mayoría de los teólogos de la Edad Media.

Dante Alighieri en el poema de El Purgatorio, define la envidia como "Amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos." El castigo para los envidiosos es el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer. En la edad media el famoso cazador de brujas, el cardenal Peter Beasbal le atribuyó a la envidia el demonio llamado Leviatán, un demonio marino y que era sólo controlado por Dios.

El psicólogo Iñaki Piñuel describe la envidia que siente un acosador como un sentimiento de inferioridad, el cual opera en forma de culpabilidad, que el acosador siente por no poseer atributos que él estima ideales. Los defectos físicos, intelectuales o emocionales generan un sentimiento de inferioridad que la persona intenta compensar superando esas carencias mediante el desarrollo de un complejo de superioridad. El complejo de superioridad hace que el acosador viva en la ficción de la posesión de valores, atributos y cualidades que en realidad no posee, negándolos en los demás de manera defensiva. Cuando surge en su entorno una persona (la víctima) que sí posee en verdad tales características, ello supone para el acosador un verdadero choque con la realidad. Su reacción ante esa dolorosa realidad suele consistir en negar, eliminándola, la fuente de la disonancia, desarrollando el psicoterror contra la víctima. El objetivo es hacer desaparecer a la víctima del horizonte psicológico del acosador porque sus capacidades suponen para éste una destabilización psicológica. [2

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[1: WWW. celebrando la vida . com. .23-02-2011. Autor anónimo.

[2 : Piñuel y Zabala, Iñaki, Moobing. Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo, Santander. Sal Terrae, 2001.

martes, 22 de febrero de 2011

PAPA JUAN PABLO II MENSAJE NO TENGAS MIEDO


     MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II  A LOS JOVENES EN SUIZA  JUNIO 2004:
 
LEVÁNTATE

El Santo Padre explicó que las palabras "léve-toi" (levántate), del Evangelio de San Lucas, eran las pronunciadas por Jesús en Naín, al encontrarse con un joven muerto, hijo único, acompañado por su madre. El Papa dijo que estaba en Suiza para decir esas mismas palabras a los jóvenes, para pedirles que se levantasen y siguieran a Cristo como sus discípulos.

"También hoy se puede formar parte de aquella triste procesión de Naín -prosiguió- (...) si os abandonáis a la desesperación, si los espejismos de la sociedad de consumo os seducen y apartan de la verdadera alegría para engulliros en placeres pasajeros, si la indiferencia y la superficialidad os envuelven, si frente al mal y al sufrimiento dudáis de la presencia de Dios y de su amor por cada persona, si buscáis a la deriva en una afectividad desordenada la saciedad de la sed interior de amor puro y verdadero".

"En esos momentos es cuando Cristo se acerca a cada uno de vosotros (...) y dice 'levántate'. Acepta la invitación que te pone en pie de nuevo". "El cristianismo no es simplemente un libro de cultura o una ideología y tampoco un sistema de valores o principios, por muy elevado que sea. El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que dan sentido y plenitud a la vida del ser humano".

"No tengáis miedo de encontrar a Jesús -dijo el Papa a los jóvenes-. Yo también he tenido 20 años, como vosotros. Me gustaba el deporte, esquiar, actuar. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos y preocupaciones. En esos años ya lejanos, en tiempos en que mi tierra natal estaba herida por la guerra y más tarde por el régimen totalitario, buscaba el sentido de mi vida. Y lo encontré siguiendo al Señor Jesús".

ESCUCHA

"La segunda invitación que os dirijo es: 'Escucha'. No te canses nunca de entrenarte en la disciplina difícil de la escucha. Escucha la voz del Señor que te habla a través de los hechos de la vida diaria, a través de las alegrías y las penas que la acompañan, de las personas que están a tu lado, la voz de la conciencia está sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de belleza. Si sabes abrir el corazón y la mente (...) descubrirás 'tu vocación', ese proyecto que Dios, desde siempre, en su amor, ha establecido para tí", y "podrás construir una familia" o abrazar el sacerdocio o la vida religiosa.

NO TENGAS MIEDO

Yo te digo: ¡no tengas miedo!", continuó dirigiéndose a cada uno de los jóvenes. "¡Dios no se deja ganar en generosidad! Tras casi sesenta años de sacerdocio estoy contento de ofrecer aquí mi testimonio ante todos vosotros: es hermoso poder gastarse hasta el final por la causa del Reino de Dios!".

Juan Pablo II concluyó sus palabras pidiendo a los jóvenes que con su energía y entusiasmo hicieran que el Evangelio penetrase en "todos los tejidos de la sociedad para que suscite una civilización de justicia auténtica y de amor sin discriminaciones"



EL SEÑOR NOS FORTALEZCA EN LAS PRUEBAS EN NUESTRAS DEBILIDADES.


Filipenses 4-13: A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece.
      
2 Corintios 12:9  Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.


MIEDO





Miedo

Muchas veces tenemos miedo...
Miedo de lo que podríamos no ser capaces de hacer.
Miedo de lo que podrían pensar si lo intentamos.
Dejamos que nuestros temores se apoderen 
de nuestras esperanzas.
Decimos que no, cuando queremos decir que  sí.
Nos callamos cuando queremos gritar y gritamos
con todos cuando deberíamos cerrar la boca.
¿Por qué? Si sólo vivimos una vez,
no hay tiempo para tener miedo.

Entonces basta.
Atrévete, olvídate de que te están mirando.
Intenta la jugada imposible, corre el riesgo.
No te preocupes por ser aceptado.
No te conformes con ser uno más.
Nadie te ata. Nadie te obliga.

Muchas veces, esperamos que las cosas sucedan,
y nos olvidamos de lo más importante:
creer en nosotros mismos...
Nos conformamos en vez de arriesgarnos.
Nada está escrito. Nada está hecho.
Ni siquiera lo imposible.
Todo depende de decir "puedo" ante cada desafío.
Cuando estamos decididos, tenemos más poder...
Cuando estamos convencidos, cuando de verdad
queremos algo, los obstáculos son menores...

¡Despierta!
Tienes 206 huesos y más de 700 músculos esperando.
Sólo falta tu decisión, tus ganas de jugar como nunca.
Pide la pelota, exígete más; vive sin domingos.
Corre cada día un poco más lejos.
Salta cada día un poco más alto.
Conviértete en tu propio ídolo.
Súmate a dar vuelta el marcador.
Cuando no esperes nada de los demás.
Cuando sientas que cada tanto depende de vos,
tu espíritu se fortalecerá, y poco a poco,
las voces se convertirán en ovación.
Tus respiros se llenarán de logros y tu vida de sentido.

Están los que siguen corriendo cuando les tiemblan las piernas.
Los que siguen jugando cuando se les acaba el aire.
Los que siguen luchando cuando todo parece perdido.
Como si cada vez fuera la última,  convencidos
de que la vida misma es un desafío, sufren pero no se quejan.
Porque saben que el dolor pasa, el sudor se seca y el cansancio termina.
Pero hay algo que nunca desaparecerá:
la satisfacción de haberlo logrado.
En sus cuerpos corre la misma sangre.
Lo que los hace diferentes es su espíritu,
la determinación de alcanzar la cima;
una cima a la que no se llega superando
a los demás, sino superándose a sí mismo.
Tiempo sobra para los mediocres,
¡pero tiempo falta para realizar tus sueños!

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Fuente: celebrando la vida . com

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SANTA ISABEL DE FRANCIA

SANTA ISABEL DE FRANCIA (1225-1270) nació en París, hija de Luis VIII y de Blanca de Castilla, su consorte. Fue hermana de San Luis IX, rey de Francia.

Desde que era una niña en la corte, Isabel destacaba extraordinariamente en los ejercicios de piedad, modestia y otras virtudes.

Debido a su deseo de permanecer virgen, rechazó la mano de Konrad, el hijo de Federico II, emperador de Alemania. No obstante, debido a las presiones de toda la gente que a su alrededor, incluyendo al papa Inocencio IV, terminó aceptando, aunque sólo de palabra.

Ante tanta determinación, hasta el propio papa tuvo que bendecir la decisión de Isabel. A partir de ahí llevó una vida conventual con apego a la regla, aunque continuó viviendo en palacio.

Santa Isabel fue fundadora de varios conventos de la Orden de Santa Clara, lo que consiguió gracias al apoyo de su hermano. El ejemplo con el que siempre actuó fue de humildad y de ayuda a los pobres y a los más necesitados.

Murió con fama de mortificación y santidad en su casa de Longchamp. A los nueve días su cuerpo fue exhumado, pero para sorpresa de todos no mostraba signo alguno de descomposición. Se dice que se obraron muchos milagros en su tumba.

SANTA ISABEL DE FRANCIA nos enseña que las clases altas y nobles son las más obligadas a proteger a los menesterosos.