miércoles, 19 de febrero de 2014

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA. MIÉRCOLES, 19 DE FEBRERO DE 2014


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
MIÉRCOLES 19 DE FEBRERO DE 2014
VI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO. A.

ANTÍFONA DE ENTRADA (Ef 6, 2-3)
Honrarás a tu padre y madre es un mandamiento muy importante, que lleva consigo esta promesa: Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra.

ORACIÓN COLECTA
Dios trino y uno, en quien encuentra origen y fundamento toda relación familiar, escucha nuestras súplicas y concédenos imitar las mismas virtudes y el amor de la santa familia de tu Hijo, a fin de que, reunidos todos en tu casa, podamos algún día gozar de la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA
Sean constantes, no en oír y olvidar la palabra, sino en ponerla por obra.

DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO: 1, 19-27

Queridos hermanos: Tengan esto presente: que cada uno sea pronto para escuchar y lento para hablar, lento para enojarse; porque la ira del hombre no produce la rectitud que quiere Dios. Arranquen, pues, de ustedes toda impureza y maldad y acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos.
Pongan en práctica esa palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos; pues quien escucha la palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que se mira la cara en un espejo, y después de mirarse, se da la media vuelta y al instante se olvida de cómo es. En cambio, el que se concentra en la ley perfecta de la libertad y es constante, no en oírla y olvidarla, sino en ponerla por obra, ése encontrará su felicidad en practicarla.
Si alguno cree que es hombre religioso, pero no sabe poner freno a su lengua, él mismo se engaña y su religión no sirve de nada. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y en guardarse de este mundo corrompido.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL: Del salmo 14
R/. ¿Quién será grato a tus ojos, Señor?

El hombre que procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en todas sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia. R/.

Quien no hace mal al prójimo ni difama al vecino; quien no ve con aprecio a los malvados, pero honra a quienes temen al Altísimo. R/.

Quien presta sin usura y quien no acepta soborno en perjuicio de inocentes, ése será agradable a los ojos de Dios eternamente. R/.

ACLAMACIÓN (Cfr. Ef 1, 17-18)
R/. Aleluya, aleluya.
Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes, para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento. R/.



El ciego quedó curado y veía todo con claridad.


DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: 8, 22-26

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida y enseguida le llevaron a Jesús un ciego y le pedían que lo tocara. Tomándolo de la mano, Jesús lo sacó del pueblo, le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: "¿Ves algo?" El ciego, empezando a ver, le dijo: "Veo a la gente, como si fueran árboles que caminan". Jesús le volvió a imponer las manos en los ojos y el hombre comenzó a ver perfectamente bien: estaba curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole:
"Vete a tu casa, y si pasas por el pueblo, no se lo digas a nadie".

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, este sacrificio de reconciliación que vamos a ofrecerte por nuestras familias, para que las conserves en tu gracia y en tu paz. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Is 49, 15)
¿Puede acaso una madre olvidarse de su criatura? Aunque hubiera una madre que se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti, dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Haz, Señor, que tus hijos, alimentados con este sacramento, podamos imitar siempre los ejemplos de la Sagrada Familia, a fin de que, después de las penalidades de esta vida, gocemos de su compañía eternamente. Por Jesucristo, nuestro Señor.



CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE “LA  CONFESIÓN: SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y RECONCILIACIÓN”.
Miércoles 19 de Febrero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

A través de los Sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, esta vida, nosotros la llevamos “en vasos de barro” (2 Cor 4,7), estamos todavía sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por esto, el Señor Jesús, ha querido que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia sus propios miembros, en particular, con el Sacramento de la Reconciliación y el de la Unción de los enfermos, que pueden estar unidos bajo el nombre de “Sacramentos de sanación”. El sacramento de la reconciliación es un sacramento de sanación. Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice no está bien. El ícono bíblico que los representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos (Mc 2,1-12 / Mt 9,1-8; Lc 5,17-26).

1- El Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación – nosotros lo llamamos también de la Confesión - brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de Pascua el Señor se apareció a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y luego de haberles dirigido el saludo “¡Paz a ustedes!”, sopló sobre ellos y les dijo: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn. 20,21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento. Sobre todo, el hecho que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: “Yo me perdono los pecados”; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y ésto lo hemos sentido todos, en el corazón, cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza. Y cuando sentimos el perdón de Jesús, ¡estamos en paz! Con aquella paz del alma tan bella, que sólo Jesús puede dar, ¡sólo Él!

2- En el tiempo, la celebración de este Sacramento ha pasado de una forma pública – porque al inicio se hacía públicamente – ha pasado de esta forma pública a aquella personal, a aquella forma reservada de la Confesión. Pero esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar en el cual se hace presente el Espíritu, el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una sola cosa, en Cristo Jesús. He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote. “Pero, padre, ¡me da vergüenza!”. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi País decimos que es un ‘senza vergogna’ un ‘sinvergüenza’. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas – también la vergüenza – pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión.

Quisiera preguntarles, pero no respondan en voz alta ¿eh?, cada uno se responda en su corazón: ¿cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y cada uno se diga a sí mismo: ¿cuándo ha sido la última vez que yo me he confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia delante, que el sacerdote será bueno. Está Jesús, allí, ¿eh? Y Jesús es más bueno que los curas, y Jesús te recibe. Te recibe con tanto amor. Sé valiente, y adelante con la Confesión.

Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos aquella bella, bella Parábola del hijo que se fue de casa con el dinero de su herencia, despilfarró todo el dinero y luego, cuando ya no tenía nada, decidió regresar a casa, pero no como hijo, sino como siervo. Tanta culpa había en su corazón, y tanta vergüenza. Y la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar y a pedir perdón, el Padre no lo dejó hablar: ¡lo abrazó, lo besó e hizo una fiesta! Y yo les digo, ¿eh? ¡Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta! Vayamos adelante por este camino. Que el Señor los bendiga.

Fuente: Radio Vaticano.

RESUMEN:
Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy está centrada en el sacramento de la Reconciliación. Este sacramento brota directamente del Misterio Pascual. Jesús Resucitado se apareció a sus apóstoles y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados». Así pues, el perdón de los pecados no es fruto de nuestro esfuerzo personal, sino es un regalo, un don del Espíritu Santo que nos purifica con la misericordia y la gracia del Padre.

La Confesión, que se realiza de forma personal y privada, no debe hacernos olvidar su carácter eclesial. En la comunidad cristiana es donde se hace presente el Espíritu Santo, que renueva los corazones en el amor de Dios y une a todos los hermanos en un solo corazón, en Jesucristo. Por eso, no basta pedir perdón al Señor interiormente; es necesario confesar con humildad los propios pecados ante el sacerdote, que es nuestro hermano, que representa a Dios y a la Iglesia. Nos puede hacer bien hoy, pensar, a cada uno, cuánto tiempo hace que no me confieso. Cada uno responda. Le puede hacer bien.

El ministerio de la Reconciliación es un auténtico tesoro, que en ocasiones corremos el peligro de olvidar, por pereza o por vergüenza, pero sobre todo por haber perdido el sentido del pecado, que en el fondo es la pérdida del sentido de Dios. Cuando nos dejamos reconciliar por Jesús, encontramos una paz verdadera.

Fuente: Radio Vaticano.

REFLEXION: RELIGIOSIDAD AUTÉNTICA
St 1,19-27; Mc 8,22-26
Santiago nos expone con una serie de argumentos la importancia de la congruencia. No es suficiente con pensar y comprender correctamente los contenidos de la fe, hace falta ponerlos en obra. La separación entre la fe y la vida, entre las creencias y la práctica cotidiana produce infelicidad y conflictos interpersonales. Quien escucha la voz de Dios, también está atento a las voces de los necesitados —huérfanos y viudas, migrantes, ancianos en condiciones de marginalidad— que requieren de auxilio solidario. Esa fue la forma como Jesús vivió durante su vida pública. La curación del ciego de Betsaida es la ilustración precisa de su obediencia al designio del Padre.

REFLEXIÓN
Sant. 1, 19-27. Quien no sabe poner freno a su lengua él mismo se engaña, y su religión no sirve de nada. Por eso no seamos ligeros para emitir juicios. A nosotros sólo nos corresponde amar; dejemos el juicio a Dios.
No juzguemos y no seremos juzgados; no condenemos y no seremos condenados. Y cuando alguien nos insulte, no devolvamos mal por mal, sino que sepamos perdonar de corazón conforme al ejemplo que Dios nos da, pues Él hace salir el sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos y pecadores.
Que la Palabra de Dios no se pronuncie inútilmente sobre nosotros. Si Dios nos ha dicho que hemos sido convertidos en Amor y que estamos destinados a manifestar a todos el amor de Dios, no escuchemos su Palabra para después olvidarla e ir tras nuestros egoísmos.
Sólo en Dios encontramos nuestra plenitud. Si estamos con Dios contemplémonos en Él y decidámonos a ser como Él, amando, perdonando y dando nuestra vida por nuestro prójimo como el Señor lo hizo por nosotros.
Que no sean los criterios de este mundo corrompido los que guíen nuestras acciones, sino el Evangelio, que no sólo hemos de escuchar sino hacer vida en nosotros, para que podamos vivir, de un modo puro e irreprochable, a los ojos de Dios Padre mediante nuestro culto; y ante los demás a través de nuestro amor convertido en servicio manifestado mediante nuestras buenas obras.

Sal. 15 (14). ¿Quién es grato al Señor? ¿El que vive de rodillas ante Él y se olvida de hacer el bien a su prójimo? Si nuestro encuentro con Dios no nos lleva a hacerle el bien a nuestro prójimo, no podremos decir que nuestra fe sea sincera.
El amor al prójimo es el termómetro con el que medimos cuánto amamos realmente a Dios. Por eso, si no somos hipócritas en la fe que profesamos, debemos ser honrados y obrar con justicia; debemos hacer constantemente el bien a todos y jamás desprestigiar a los demás, aun cuando nos consten sus defectos, pues, finalmente ¿quién está libre de pecado para arrojar la primera piedra sobre los demás?
Seamos santos como Dios es Santo, pues así estaremos demostrando, no tanto con las palabras cuanto con las obras, que realmente Dios está en nosotros y que nosotros permanecemos en Él.

Mc. 8, 22-26. En algunas partes del Evangelio Jesús es presentado casi como un curandero que utiliza un cierto ritual de curación.
Sin embargo más bien sus acciones tienen un simbolismo muy claro como en el relato de este día: Hay muchos ciegos, como los escribas y fariseos, como Herodes y muchos más. El ciego, sin nombre, puede ser cualquiera de nosotros.
El camino de fe es lento pero no debe detenerse. Para ver con claridad a Jesús como Hijo de David, Mesías, Salvador, Hijo de Dios, necesitamos recorrer el camino de la fe en Él en una experiencia personal que nos vaya no sólo descubriendo quién es Jesús, sino identificándonos con Él en su estilo de vida.
La Eucaristía que hoy nos reúne nos lleva a la Comunión con Cristo.
Dios sabe qué somos y cuál ha sido nuestra vida. A pesar de que nuestras fallas hayan crecido demasiado Dios siempre estará dispuesto a manifestar su misericordia sobre nosotros: Dios misericordioso y fiel, siempre dispuesto a perdonar a quien se arrepiente.
Así Él nos indica que su Cuerpo se entrega por nosotros y su Sangra se derrama por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Este es valor y la dignidad que tenemos en la mente divina.
Nuestro corazón no puede permanecer ciego ante el amor extremo que Dios nos ha manifestado en la entrega de su propio Hijo. ¿Cómo le pagaremos al Señor todo el bien que nos ha hecho?
No tenemos otro camino que el convertirnos en signos vivos de Cristo en medio de nuestros hermanos.
No estamos llamados a destruir la vida. Siendo hijos de Dios que crea y conserva todo lo creado por amor; hijos de Dios que comprende la fragilidad del hombre; de Dios que nos considera amigos suyos y le pesa la muerte de sus amigos; de Dios que nos quiere junto a Él eternamente, no podemos sino tener la misma forma de amar como Dios nos ha amado a nosotros.
Ante la condena que muchos han hecho de sus hermanos, ante las amenazas de destrucción masiva, los fieles en Cristo no podemos dejar que un diluvio provocado por la diversidad de armas caiga y destruya la humanidad.
Nos hemos de esforzar por salvar la vida, no tanto por esconderla en algún refugio, sino porque nuevamente florezca el amor y surja el respeto por el hermano para levantarlo, para fortalecerlo, para ayudarlo a ser más digno, y no para acabar con Él ni matarlo de hambre, ni dejarlo sumido en la pobreza por querer apropiarnos de sus recursos de un modo injusto.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de abrir los ojos para contemplar a Cristo presente en nuestros hermanos. Sólo así podremos amar, respetar y ayudar al mismo Cristo que se presenta frágil ante nuestros ojos. Que nuestra entrega generosa haciendo el bien a los demás, sea el sacrificio de suave aroma que se eleve hasta Dios; Él volverá siempre su mirada misericordiosa hacia nosotros, y nos salvará y nos sentará junto a Él eternamente. Amén.

Reflexión de: Homilía católica.



Santos: Mansueto de Milán, obispo; Álvaro de Córdoba, presbítero. Beato Conrado Confalonieri o de Piacenza, eremita. Feria (Verde)


lunes, 17 de febrero de 2014

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA Martes 18 de Febrero de 2014


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
Martes 18 de Febrero de 2014
VI Semana del tiempo ordinario. A.


ANTÍFONA DE ENTRADA (Sal 87, 3)
Que llegue hasta ti mi súplica, Señor y encuentren acogida mis plegarias.

ORACIÓN COLECTA
Ayúdanos, Señor, a dejar en tus manos paternales todas nuestras preocupaciones, a fin de que podamos entregarnos con mayor libertad a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA
Dios no le pone tentaciones a nadie.



DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO: 1, 12-18

Hermanos: Dichoso el hombre que sufre la tentación, porque después de superarla, recibirá en premio la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que lo aman.
Que nadie diga, cuando sufre una tentación, que es Dios el que lo tienta, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni pone Él mismo a nadie en tentación. Más bien, cuando alguno es tentado, es su propia concupiscencia la que lo arrastra y lo seduce. La concupiscencia concibe y da a luz al pecado; y el pecado, cuando madura, engendra la muerte.
No se equivoquen, queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay ni cambios ni sombras. Por su propia voluntad nos engendró mediante la palabra de la verdad, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus creaturas.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL: Del salmo 93
R/. Señor, dichoso aquel a quien tú educas.

Señor, dichoso aquel a quien tú educas y enseñas a cumplir tus mandamientos; cuando lleguen las horas de desgracia, no perderá el sosiego. R/.

Jamás rechazará Dios a su pueblo ni dejará a los suyos sin amparo. Hará justicia al justo y dará un porvenir al hombre honrado. R/.

Cuando me hallaba al borde del sepulcro, tu amor, Señor, me conservó la vida; cuando se multiplican mis problemas, en tus consuelos hallo mi delicia. R/.

ACLAMACIÓN (Jn 14, 23)
R/. Aleluya, aleluya.

El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él. R/.




Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes.



DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: 8, 14-21

En aquel tiempo, cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: "Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes". Entonces ellos comentaban entre sí: "Es que no tenemos panes".
Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: "¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?". Ellos le contestaron: "Doce". Y añadió: "¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?". Le respondieron: "Siete". Entonces Él dijo: "¿Y todavía no acaban de comprender?".

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Mira, Señor, con bondad los dones que te presentamos, a fin de que el sacramento de la muerte y resurrección de tu Hijo, nos alcance de ti la vida verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Lc 24, 35)
Los discípulos reconocieron al Señor Jesús cuando partió el pan.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Te damos gracias, Señor, por habernos alimentado con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y te rogamos que la fuerza del Espíritu Santo, que nos has comunicado en este sacramento, permanezca en nosotros y transforme toda nuestra vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.


HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LA TENTACIÓN
Martes 18 de Febrero de 2014 en la Casa Santa Marta.

Resistir a la seducción de las tentaciones es posible solamente “cuando se escucha la Palabra de Jesús”. Lo afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa presidida esta mañana en la Casa de Santa Marta. No obstante nuestras debilidades, repitió el Papa, Cristo nos da siempre “confianza” y nos abre un horizonte más amplio de nuestros límites.

La tentación se manifiesta como una atracción inocua y termina por transformarse en una jaula, de la que a menudo más que buscar evitarla se intenta minimizar su esclavitud, sordos a la Palabra de Dios. En su homilía, el Papa reafirmó una verdad y una secuencia descritas por Santiago en un pasaje de su Epístola, propuesta por la liturgia. La verdad es que jamás es Dios quien tienta al hombre, sino sus pasiones. La secuencia es aquella producida por las mismas pasiones las cuales, dice el Apóstol, “conciben y generan el pecado. Y el pecado, una vez cometido, produce la muerte”:

“La tentación, ¿de dónde viene? ¿Cómo actúa dentro de nosotros? El apóstol nos dice que no viene de Dios, sino de nuestras pasiones, de nuestras debilidades interiores, de las heridas que ha dejado en nosotros el pecado original: las tentaciones vienen de allí, de estas pasiones. Es curioso, la tentación tiene tres características: crece, contagia y se justifica. Crece: comienza como si nada, y crece… El mismo Jesús decía esto, cuando habló de la parábola del grano y de la cizaña: el grano crecía, pero también la cizaña sembrada por el enemigo. Y la tentación crece: crece, crece… Y si uno no la detiene, ocupa todo”.

Además, continuó el Pontífice, la tentación “busca otro para hacerse compañía, contagia” y “en este crecer y contagiar, la tentación nos encierra en un ambiente de donde no se puede salir con facilidad”. Es la experiencia de los Apóstoles narrada en el Evangelio del día, que ve a los Doce culparse unos a otros bajo los ojos del Maestro por no haber traído pan a bordo de la barca. Jesús, observó el Santo Padre, quizás sonriendo por aquel altercado, los invita a estar “atentos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.” Pero los Apóstoles que por un poco insisten, sin escucharlo, “tan cerrados en el problema de quién tuviese la culpa por no haber traído pan - comentó Francisco - no tenían lugar, no tenían tiempo, no tenían luz para la Palabra de Dios”:

“Y así, cuando estamos tentados, no escuchamos la Palabra de Dios: no escuchamos. No entendemos. Y Jesús ha debido recordar la multiplicación de los panes para hacerlos salir de aquel ambiente, porque la tentación nos encierra, nos quita toda capacidad de previsión, nos cierra todo horizonte, y así nos lleva al pecado. Cuando estamos tentados, solo la Palabra de Dios, la Palabra de Jesús nos salva. Escuchar aquella Palabra que nos abre el horizonte… Él siempre está dispuesto a enseñarnos cómo salir de la tentación. Y Jesús es grande porque no solo nos hace salir de la tentación, sino que nos da más confianza”.

Esta confianza, afirmó el Obispo de Roma, es “una fuerza grande, cuando somos tentados: el Señor nos espera”, “se fía de nosotros tentados, pecadores”, “abre siempre horizontes”. Por el contario, repitió Francisco, el diablo con “la tentación, encierra, cierra, cierra” y hace “crecer” un ambiente parecido a la barca de los Apóstoles. No dejarse “encarcelar” por este tipo de ambiente, concluyó, es posible sólo “cuando se escucha la Palabra de Jesús”:

“Pidamos al Señor que siempre, como hizo con los discípulos, con su paciencia, cuando somos tentados nos diga: ‘Detente, estate tranquilo. Acuérdate que hice contigo en aquel momento, en aquel tiempo: acuérdate. Alza los ojos, mira el horizonte, no cerrar, no te cierres, va adelante’. Y esta Palabra nos salvará de caer en el pecado en el momento de la tentación”. (RC-RV)

Fuente: Radio Vaticano.



REFLEXIÓN
EL DESEO QUE LLEVA AL PECADO
St 1, 12-18; Mc 8,14-21
La exhortación que dirige el apóstol Santiago a sus lectores no pretende condenar todos los deseos, como si fuesen absolutamente pecaminosos. En realidad, está haciendo un diagnóstico del mal y señala que los deseos, sobre todo cuando son desmedidos y egoístas, nos seducen y encandilan, y de esa manera incurrimos en situaciones de pecado que provocan sufrimiento y muerte para los demás. La recomendación no es aniquilar el deseo, sino mantenerlo bajo control, para salvaguardar nuestra libertad de optar. Los discípulos de Jesús se sintieron angustiados, como suele pasarnos: cuando carecían de bienes suficientes para alimentarse, apareció la desconfianza. Jesús los hizo mirar la situación en su verdadera dimensión y los invitó a sobreponerse a su desesperanza.



REFLEXION
Sant. 1, 12-18. Dios quiere que nosotros seamos los mejores frutos que ha engendrado el Evangelio. Así, unidos a Cristo, somos primicias de sus criaturas. Pero, así como el oro se acrisola en el fuego, así el hombre de fe se acrisola en la prueba, en la tentación que ha de ser vencida. Ciertamente somos frágiles e inclinados al mal; sin embargo no podemos escudarnos en esa debilidad para justificar nuestras malas acciones; pues Dios nos ha dado su Espíritu para que en todo salgamos más que victoriosos. Si muchas veces la tentación engendra el pecado y el pecado la muerte en nosotros es porque no sabemos orar y pedirle a Dios que nos conceda la sabiduría necesaria para serle siempre fieles. La vigilancia y la prudencia deben ser parte activa de nuestra vida, de tal forma que no nos dejemos ni sorprender, ni vencer, ni dominar por el pecado. Recordando que todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, no dejemos de pedirle constantemente al Señor que no nos deje caer en la tentación, y que nos libre del malo.

Sal. 94 (93). Dios es quien nos educa y enseña a cumplir sus mandamientos. Si nos dejamos instruir por Él y le somos fieles, entonces vendrá a nosotros y hará en nosotros su morada. Y entonces, teniendo a Dios, jamás vacilaremos, pues Él saldrá en defensa nuestra, ya que Él no rechaza a los suyos ni los deja desamparados. A Jesús Dios lo libró de sus enemigos, no porque acabara con ellos haciendo que murieran, sino porque a Él lo resucitó y lo libró así de la muerte, que era el último enemigo a vencer. Desde entonces sabemos que no debemos temer a los que matan el cuerpo, sino más bien a quien puede arrojar al fuego eterno tanto al cuerpo como al alma. Esto, ciertamente, sería la peor de las desgracias. Por eso nuestro corazón se llena de esperanza, y en medio de las grandes pruebas no vacila, pues desde Cristo no es la muerte, sino la vida, la que tiene la última palabra en nosotros.

Mc. 8, 14-21. Si el Señor repartió cinco panes y dos pescados entre cinco mil hombres y se recogieron doce canastos de sobras; y siete panes entre cuatro mil y se recogieron siete canastos de sobras ¿acaso no podía repartir un pan entre doce haciendo que, incluso sobrara bastante? Si el Señor invita a sus discípulos a cuidarse de la levadura de los fariseos y de la de Herodes en el fondo les está pidiendo más lealtad a la fe que han depositado en Él. Ir en la barca con Jesús no es tanto un viaje de placer, es el compromiso de remar incansablemente para que todos lleguen a la otra orilla a encontrarse con nuestro Dios y Padre. Pero no podemos ir con una religiosidad de pacotilla; no podemos dar culto a Dios de un modo meramente externo, más para exhibirnos que para unirnos con el Señor; no podemos buscar a Jesús sólo por curiosidad, con tal inmadurez que por cualquier motivo nos faltara el carácter suficiente para defender la vida y los intereses de los demás. El Señor nos quiere firmes en la fe, comprometidos con la esperanza de un mundo cada día más justo y fraterno porque brille en él el rostro de Dios; pero también nos quiere como un signo claro de su amor que se hace entrega generosa, más aún: total, en favor de los demás. No permitamos que las cosas pasajeras emboten nuestra vida, de tal forma que nos dejen con la mirada puesta en la tierra y con el corazón vacío del amor, que debe guiar al hombre de fe tanto en sus obras como en sus palabras.
Dios sólo engendra el bien en nosotros. Su Palabra es sembrada en nosotros, como la mejor de las semillas, para que germine, crezca y produzca frutos abundantes de buenas obras. Dios jamás ha sembrado en nosotros una semilla de maldad ni de pecado. Todo beneficio, todo don perfecto y toda la abundancia de salvación llega a nosotros gracias al Misterio Pascual de Cristo, cuyo memorial estamos celebrando. Vivamos atentos, vigilantes, para que el pecado no anide en nosotros, pues el pecado tiene como consecuencia la muerte; y nosotros no estamos llamados a la muerte, sino a la vida, y Vida eterna. Esta Vida comienza a hacerse realidad en nosotros ya desde ahora, especialmente al participar de la Eucaristía. Ojalá y no tengamos los ojos cerrados, ni el corazón endurecido tanto para comprender como para aceptar el amor, el perdón y la salvación que Dios nos ofrece en Cristo Jesús.
Si en verdad la Palabra de Dios ha sido pronunciada eficazmente en nosotros, nosotros debemos transparentarla en nuestra vida desde unas obras llenas de bondad, de rectitud, de justicia y de amor fraterno. Quien se contenta con escuchar la Palabra de Dios, y después vive como si Dios no se hubiera dirigido a esa persona para llamarla a la conversión, con esa actitud está demostrando que, aun cuando dé culto a Dios vive como si no conociera al mismo Dios. Por eso debemos procurar que nuestras buenas obras sean un signo del amor de Dios en medio de nuestros hermanos. No dejemos que la levadura del pecado eche a perder nuestra vida. Si queremos darle un nuevo rumbo a nuestra vida personal y a nuestra historia dejemos que el Espíritu Santo habite en nosotros, nos transforme y nos haga ser fermento de santidad en el mundo. Cuando lleguemos a serlo sabremos también escuchar la voz de Dios que nos reclama un poco más de amor, de generosidad, de justicia social por la voz de aquellos que se encuentran faltos de todo eso, y necesitan de una mano que se tienda hacia ellos. Entonces, no sólo con palabras, sino con la vida misma, estaremos colaborando para que desaparezca el mal de entre nosotros y vaya surgiendo, con toda su fuerza, el Reino de Dios entre nosotros.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de no ser ocasión de pecado para nadie, sino más bien de ser portadores de Cristo y de su salvación para todos. Amén.

Reflexión de Homilía católica.



Santos: Eladio de Toledo, obispo; Gertrudis Comensoli, fundadora. Beato Juan de Fiésole (Fra Angélico), presbítero. Feria (Verde)

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA Lunes 17 de febrero de 2014


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
Lunes 17 de febrero de 2014
VI Semana del tiempo ordinario. A.


ANTÍFONA DE ENTRADA (1 Jn 3, 17)
Si alguno, teniendo con qué vivir, ve a su hermano pasar necesidad, y sin embargo, no lo ayuda, ¿cómo habitará el amor de Dios en él?

ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, que diste un origen idéntico a todos los pueblos y quisiste formar con ellos una sola familia, llena los corazones con el fuego de tu amor y suscita en todos los hombres el deseo de un progreso justo y fraternal, a fin de que, con los bienes que has destinado para todos, se realice cada uno como persona humana y, suprimida toda discriminación, reinen en el mundo la igualdad y la justicia. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA
Las pruebas de su fe les darán fortaleza, para que su vida sea íntegra e irreprochable.

DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO: 1, 1-11

Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo, el Señor, saluda a las doce tribus, dispersas por el mundo.
Hermanos míos: Cuando se vean asediados por toda clase de pruebas y tentaciones, ténganse por dichosos, sabiendo que las pruebas a que se ve sometida su fe les darán fortaleza, y esta fortaleza los llevará a la perfección en las buenas obras y a una vida íntegra e irreprochable.
Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios y Él se la dará; porque Dios da a todos con generosidad y sin regatear. Pero tiene que pedírsela con fe y sin dudar; pues el que duda se parece a las olas del mar, que van y vienen, agitadas por el viento. Quien es inconstante e indeciso en su vida, no recibirá nada del Señor.
Que el hermano de condición humilde esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su humilde condición, pues se acabará como las flores del campo. Porque sale el sol y con su calor quema las hierbas; se caen las flores y se acaba su belleza. Así se marchitará el rico, en medio de todas sus empresas.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL: Del salmo 118
R/. Danos tu misericordia, Señor, y tendremos vida.

Antes de la aflicción fui un descarriado, pero ahora obedezco tus palabras. Tú que eres bueno y haces beneficios, instrúyeme en tus leyes. R/.

Sufrir fue provechoso para mí, pues aprendí, Señor, tus mandamientos. Para mí valen más tus enseñanzas que miles de monedas de oro y plata. R/.

Yo bien sé que son justos tus decretos y que tienes razón cuando me afliges. Señor, que tu amor me consuele, conforme a las promesas que me has hecho. R/.

ACLAMACIÓN (Jn 14, 6)
R/. Aleluya, aleluya.

Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí, dice el Señor. R/.


¿Por qué esta gente busca una señal?

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: 8, 11-13

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con Él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: "¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal". Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, los dones y plegarias de tu Iglesia y haz que todos los hombres se llenen del espíritu de hijos de Dios, a fin de que, superadas por amor todas las desigualdades, lleguen los pueblos a formar en tu paz una sola familia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Lc 11, 9)
Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá, dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Que de nuestra participación en este sacramento de unidad, mediante el cual renuevas constantemente a la familia humana, obtengamos, Señor, un amor auténtico y eficaz que nos impulse a promover el progreso de los pueblos y a realizar, en la caridad, las exigencias de la justicia. Por Jesucristo, nuestro Señor.




“EL CRISTIANO DEBE SER PACIENTE COMO ES PACIENTE DIOS CON CADA UNO DE SUS HIJOS”. Homilía del Papa Francisco. Lunes 17/02/2014
VATICANO, 17 Feb. 14 / 11:14 am (ACI/EWTN Noticias).- En su homilía de la Misa que celebró este lunes en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco explicó que el cristiano debe ser paciente como es paciente Dios con cada uno de sus hijos, porque “la persona que no tiene paciencia es una persona que no crece” y se queda en los caprichos de niño.

“La paciencia no es resignación, es otra cosa”: el Papa comentó la carta de Santiago donde está escrito: “alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas”. “Parece una invitación a volverse faquir” –observó el Santo Padre según señala Radio Vaticano– pero no es así. La paciencia, soportar las pruebas, ‘las cosas que nosotros no queremos’, hace madurar nuestra vida”.

“Quien no tiene paciencia quiere todo de inmediato, todo de prisa. Quien no conoce esta sabiduría de la paciencia –subrayó el Santo Padre– es una persona caprichosa, como los niños que son caprichosos” y ninguna cosa les está bien.

“La persona que no tiene paciencia –explicó– es una persona que no crece, que se queda en los caprichos del niño, que no sabe tomar la vida como viene: o esto o nada. Ésta es una de las tentaciones: volverse caprichosos”. “Otra tentación de aquellos que no tienen paciencia – afirmó el Pontífice - es la omnipotencia” de querer de inmediato una cosa, como sucedió a los fariseos que piden a Jesús un signo del cielo: “querían un espectáculo, un milagro”.

“Confunden el modo de actuar de Dios con el modo de actuar de un brujo. Y Dios no actúa como un brujo, Dios tiene su modo de ir adelante. La paciencia de Dios. También Él tiene paciencia. Cada vez que nos dirigimos al sacramento de la reconciliación, ¡cantamos un himno a la paciencia de Dios! Con cuánta paciencia el Señor nos lleva sobre su espalda, ¡con cuánta paciencia!"

"La vida cristiana debe desenvolverse sobre esta música de la paciencia, porque es precisamente la música de nuestros padres, del pueblo de Dios, de aquellos que han creído en la Palabra de Dios, que han seguido el mandamiento que el Señor había dado a nuestro padre Abraham: ‘Camina delante de mí y se irreprensible’”.

El pueblo de Dios – constató el Santo Padre citando la Carta a los Hebreos – “ha sufrido tanto, han sido perseguidos, asesinados”, pero tuvo “la alegría de saludar desde lejos las promesas” de Dios. “Ésta es la paciencia” que “nosotros debemos tener en las pruebas: la paciencia de una persona adulta, la paciencia de Dios” que nos lleva sobre la espalda. Y ésta – prosiguió - es “la paciencia de nuestro pueblo”.

“¡Cuán paciente es nuestro pueblo! ¡Aún hoy! Cuando vamos a las parroquias y encontramos a aquellas personas que sufren, que tienen problemas, que tienen un hijo minusválido o tienen una enfermedad, pero llevan adelante la vida con paciencia. No piden signos, como aquellos del Evangelio, que pretendían una señal. Decían: ‘¡Danos un signo!’. No, no piden, pero saben leer los signos de los tiempos: saben que cuando el higo florece, llega la primavera; saben distinguir aquello. En cambio, estos impacientes del Evangelio de hoy, que querían una señal, no sabían leer los signos de los tiempos, y por eso no reconocieron a Jesús”.

El Papa Francisco alabó luego a la “gente de nuestro pueblo, gente que sufre, que sufre tantas, tantas cosas, pero que no pierde la sonrisa de la fe, que tiene la alegría de la fe”.

“Y esta gente, nuestro pueblo, en nuestras parroquias, en nuestras instituciones –tanta gente– es aquella que lleva adelante a la Iglesia, con su santidad, de todos los días, de cada día. ‘Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada’”.

Que el Señor, concluyó el Santo Padre, “nos dé a todos nosotros la paciencia, la paciencia alegre, la paciencia del trabajo, de la paz, nos de la paciencia de Dios, ésa que Él tiene, y nos de la paciencia de nuestro pueblo fiel, que es tan ejemplar”.


Fuente: www aciprensa . com

Reflexión

Sant. 1, 1-11. Dios nos conceda su Sabiduría para no apegarnos a las cosas pasajeras, ni pedir, en la oración, cosas perecederas, pues las cosas de este mundo hoy son y mañana desaparecen como las flores del campo que, al calor del sol se caen y se acaba su belleza. Depositar en ellas nuestro corazón es construir nuestra vida sobre un banco de arena y no sobre roca firme. Si lo pasajero nos ha deslumbrado y vagamos sin un rumbo bien definido hacia nuestra perfección en Cristo, pidamos a Dios que nos conceda la Sabiduría necesaria para saber ser fieles a su Palabra, que nos santifica y poder, así, rectificar nuestros caminos. Pero si pedimos esa Sabiduría que procede de Dios es porque realmente estamos decididos a darle un nuevo rumbo a nuestra vida. Quien titubea en su oración está manifestando la máxima inmadurez respecto a decidirse a caminar en el bien. Efectivamente la oración no puede reducirse sólo a la adoración y alabanza de Dios, y a la petición del perdón de nuestros pecados; si no pedimos a Dios su fortaleza para que nuestra vida se convierta en un signo de su amor; y si no nos decidimos a emprender ese camino es muy probable que hayamos desperdiciado nuestro tiempo ante el Señor. No tengamos miedo a tener que padecer en la conquista del bien. Más bien veamos los momentos difíciles, y las tentaciones, como la oportunidad que Dios nos concede para afianzarnos cada vez más en su amor y en el amor que le debemos a nuestro prójimo.

Sal. 119 (118). Muchas veces es necesario pasar por el crisol de la prueba para reconocer el amor que Dios nos tiene. Dios siempre vela por nosotros como un Padre lleno de amor y de ternura. Él jamás da ni dará marcha atrás en el amor que nos tiene, pues lo que Dios da lo da de una vez y para siempre. Si nosotros hemos vivido como ovejas descarriadas y sólo mediante la prueba nos acordamos del Señor, hemos de ver que incluso esos momentos difíciles Dios los permite para que reflexionemos y volvamos a Él, como el hijo pródigo decide volver cuando se encuentra en una gran penuria, después de haberlo poseído todo. En los momentos de prueba no nos desesperemos, ni le reclamemos a Dios; escuchemos más bien sus palabras que nos dirige diciéndonos que si lo ha permitido es porque está celoso de nosotros, que lo abandonamos para irnos tras los ídolos, que nosotros mismos nos inventamos. Pero Dios no nos abandonará a nuestra suerte; Él escucha nuestra voz y sale a nuestro encuentro para perdonarnos. Ojalá y en adelante caminemos en su presencia como hijos fieles a su amor y no como hijos rebeldes.

Mc. 8, 11-13. En momentos críticos uno quiere recurrir a recursos extraordinarios para no sucumbir ante las pruebas. Entonces se puede echar mano de la sicología de las masas, se pueden inventar supuestas revelaciones, se puede intentar hacer curaciones o utilizar algunos otros medios que impacten a las multitudes y las hagan venir hacia nosotros. Pero tarde que temprano todo el teatro que se haya armado quedará descubierto y vendrá la ruina total. Jesús nos pide que no demos señales para convencer a los demás de adherirse a nuestras ideas, incluso religiosas, pues los milagros son un regalo que Dios nos hace y no se pueden convertir en una manipulación de los demás. Él quiere que nosotros mismos seamos esa señal; pues nuestras buenas obras deben apuntar hacia Cristo. Hacia Él nos dirigimos; y lo hacemos en serio, con todo el compromiso de quien proclama la Palabra de Dios y da testimonio de que ella ha sido eficaz en el que la anuncia. Cuando buscamos o damos otro tipo de señales estamos dando a entender que vivimos con mucha inmadurez nuestra fe y que necesitamos muletas o sillas de ruedas para movernos. Si, incluso, Dios nos permitiera hacer milagros, no podemos hacerlos para causar admiración hacia nosotros mismos sino para fortalecer, con toda sencillez, la fe de los demás; pues no somos nosotros, sino Dios quien ha de hacer su obra de salvación por medio nuestro, liberándonos de toda esclavitud al mal.
La prueba más grande de que Dios nos ama consiste en que, siendo nosotros pecadores, nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para liberarnos de la muerte y de la esclavitud al pecado. Esto es lo que celebramos en esta Eucaristía. Dios nos ama. Dios es Dios-con-nosotros. Dios no sólo se ha hecho cercano a nosotros, sino que ha hecho su morada en nosotros mismos. Sabemos que, a pesar de que el Señor habita en nosotros y va con nosotros, sin embargo jamás desaparecerán las pruebas por las que tengamos que pasar. Nuestra vida constantemente está sometida a una serie de tentaciones que, al ser vencidas con la Fuerza que nos viene de lo Alto, el Espíritu Santo, nos harán madurar en la perfección que nos asemeje, de un modo cada vez mejor y más claro, a nuestro Dios y Padre. La Alianza y Comunión de Vida que volvemos a hacer nuestras en esta Eucaristía, lleva a cabo esta obra del amor de Dios y de su salvación en nosotros.
Es fácil abrir el corazón a todo aquello que se conforma a nuestros propios intereses. Si encontramos personas que apoyen nuestra forma de pensar y actuar, aun cuando sean desordenadas, decimos que son gente buena, que nos comprende y que merece todo nuestro respeto. Sin embargo, cuando realmente confrontamos nuestra vida, nuestras obras y actitudes con el Evangelio de Cristo, nos damos cuenta de que debemos corregir muchas cosas. Y si alguien nos hace un fuerte llamado para que, abandonando nuestros caminos de maldad, nos volvamos hacia Dios nos revelamos y le pedimos que respete nuestra libertad (¿no será mas bien nuestro libertinaje?). Ojalá y el Señor no se aleje de nosotros dejándonos a merced de nuestros vanos pensamientos y de nuestras pasiones desordenadas. Abramos nuestro corazón a la Sabiduría de Dios para que podamos actuar guiados por los criterios del bien, del amor, de la verdad, de la justicia. No nos quedemos en una fe aparente movida por cualquier viento.
Pidámosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos dé la firmeza suficiente en la fe que hemos depositado en Él. Que fieles al Señor y a sus enseñanzas nosotros mismos, con una vida recta, seamos la mejor prueba de que el amor de Dios puede transformar al hombre y hacer que todos lleguemos a la unidad querida por Cristo y que debe tener sus raíces firmemente hundidas en el amor fraterno. Amén.

Reflexión de: Homilía católica.



Santos: Los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María; Mesrobio o Mesrob "el Católico" de Armenia, monje. Beato Lucas Belludi, presbítero. Feria (Verde)