martes, 22 de febrero de 2011

LECTURAS Y REFLEXION DE LA MISA DEL MARTES 22 DE FEBRERO DE 2011

LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO, APÓSTOL
Fiesta

Presbítero como ellos  y testigo de los sufrimientos de Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 5, 1-4

Queridos hermanos:
Exhorto a los presbíteros que están entre ustedes, siendo yo presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo y copartícipe de la gloria que va a ser revelada. Apacienten el rebaño de Dios, que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el rebaño. Y cuando llegue el Jefe de los pastores, recibirán la corona imperecedera de gloria.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL   22, 1-6

R.    ¡El Señor es mi pastor, nada me puede faltar!

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas.  R.

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.  R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.  R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.



EVANGELIO

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los Cielos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo  16, 13-19

En aquel tiempo: Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
«Y ustedes -les preguntó-, ¿quién dicen que soy?»
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

Palabra del Señor. 

Reflexión

1Pe. 5, 1-4. El Apóstol Pedro se presenta a sí mismo. Él nos habla no como quien ha escuchado el testimonio de alguien sobre Jesús, sino como testigo cualificado del mismo. Él ha sido testigo de la Pascua de Cristo: sus sufrimientos, su muerte, su resurrección y su ascensión a los cielo. Además él tuvo la experiencia en el monte Tabor acerca de lo que es la Gloria que se va a manifestar al final de la vida de cada uno de nosotros y al final del tiempo; él estuvo en ella y sabe lo que espera a quienes, con Cristo, caminan participando en su Pascua.
Por eso no debemos desanimarnos ante las dificultades y sufrimientos, e incluso ante la muerte que conlleve nuestro caminar en y con Cristo. Dichosos Ustedes, nos dice Cristo, cuando los insulten, persigan y maldigan por mi Nombre. Alégrense y salten de contento, porque sus nombres están inscritos en el Reino de los Cielos.
A quienes se les ha encomendado la misión de ser Pastores del Pueblo de Dios, se les recuerda que no es para aprovecharse de la lana de sus ovejas, ni para alimentarse de su carne, sino para apacentarles, es decir para fortalecer su vida mediante una verdadera atención. Por eso debe uno estar siempre dispuesto a atenderles de buena gana, como Dios quiere y, además, dando buen ejemplo.
¡Cómo han de meditar los pastores de la Iglesia sobre este requerimiento del Señor! De lo contrario, sin escuchar esta Palabra, o sin ponerla en práctica, al final no se recibirá el premio inmortal de la gloria.

En el Salmo 23 (22) el Señor se nos presenta como el Buen Pastor que alimenta a sus ovejas.
Dios, por medio de la Redención que nos ha dado su Hijo a través de su Pascua, nos conduce hacia la nueva vida que nos comunica en las aguas tranquilas del Bautismo; nos prepara la Mesa Eucarística con la que alimenta y fortalece nuestra vida para que trabajemos constantemente por su Reino; nos unge con el Óleo Santo para confirmarnos en la fe o para ordenar a sus Ministros como Cabeza, Pastor, Esposo y Siervos de su pueblo. Así contemplamos cómo el Señor no nos ha abandonado ni se ha olvidado de nosotros, sino que su bondad y misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida.
Escuchar la voz del Pastor de las ovejas y serle fieles nos hará que vivamos en la Casa del Señor por años sin término.

Mt. 16, 13-19. ¿Quién es Jesús en nuestra vida? ¿Qué significa para cada uno de nosotros? ¿Cuál es nuestro compromiso personal con Él? Dependiendo de la respuesta que demos estaremos dando testimonio de Él. Entonces lo estaremos identificando de un modo vital y no sólo de oídas. Ojalá y en verdad Él ocupe no sólo la parte central de nuestra vida, sino todo nuestro ser.
Sin embargo esa visión de fe no depende de lo que escuches en esta homilía, sino de lo que tú, de modo personal estés experimentando acerca del Hijo de Dios hecho hombre y que nos amó hasta dar la vida por todos.
Él es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y llama a cada una por su nombre. Nadie se pierde en el grupo, en la masa; todos significamos algo, de un modo personal, para Él en su mente y en su corazón. Escuchar su voz para saber cuál es la Misión que a cada uno ha confiado dentro de su Reino significa que deseamos colaborar de modo efectivo para que éste llegue a todos los rincones de la tierra, y para que el poder del mal no siga apoderándose de los hijos de Dios.
La misión de la Iglesia será, por tanto, llevar la misericordia divina y hacer cercano a todos el perdón de Dios, no sólo para que se sientan descargados del mal, sino para que se decidan a iniciar un nuevo camino que haga que el rostro de Cristo resplandezca con mayor claridad en su Iglesia.
En esta Eucaristía retomemos el compromiso de saber reconocer nuestras propias miserias y pedir perdón. Retomemos el compromiso de dejarnos convertir por el Señor de pecadores en justos. Aprendamos a decir de modo efectivo: Señor, haz tu obra en mí, y desde mí haz que tu salvación llegue a todos.
Procuremos No estar como espectadores del Sacrificio Pascual del Señor. Participemos en Él de tal forma que salgamos transformados en criaturas nuevas que se esfuercen a brazo partido en hacer que llegue a todos nosotros el Reino de Dios.
No cerremos los ojos ante la miseria de los demás. No neguemos nuestras propias maldades. No pensemos que todo está perdido. Que no decaiga nuestra fe ni nuestra esperanza. Que el amor sea lo que guíe nuestros pasos; y el amor viene de Dios.
Cristo está constantemente edificando su Iglesia en nosotros. Y la Iglesia es la comunidad de hermanos. Esa fraternidad que nos une en torno a un sólo Padre por nuestra unión con Cristo, y por la participación de un mismo Espíritu, es lo que el Señor está construyendo continuamente entre nosotros. Por eso nos pide vivir la unidad para que el mundo crea.
No seamos portadores de divisiones, de guerras, de destrucciones. Sólo quien construye la comunidad, sólo quien no margina a nadie ni desprecia a su hermano, sólo quien no le impide entrar a formar parte de esta comunidad de hermanos, aun cuando sea de la condición que sea, puede decir que pertenece a Cristo. Quien vaya en sentido contrario no es de Dios y las fuerzas del infierno han prevalecido sobre él.
Dios nos guarde de llamarnos hijos de Dios e hijos de su Iglesia mientras destruimos a la Comunidad, o mientras acabamos con la fraternidad entre nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de permitirle a Él que haga su obra salvadora en nosotros para que en verdad seamos portadores del amor de Dios y, unidos como un sólo cuerpo, alabemos y glorifiquemos a Dios desde ahora y para siempre. Amén.

Reflexión de Homiliacatolica . com
Fuente: celebrando la vida . com

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Santoral:
La Cátedra de San Pedro, Santa Margarita de Cortona,
Santa Isabel de Francia, San Lázaro el Iconógrafo

lunes, 21 de febrero de 2011

¿Cómo me pides tanto, Señor?



¿Cómo me pides tanto, Señor?
 
¿Sonreír al que deteriora e invade mi vida,
perdonar a quien me afrenta,
ayudar a quien me arruina,
y asistir a quien me olvidó un mal día?


¿Cómo me pides tanto, Señor?
¿Amar al que tal vez nunca me amó,
abrazar al que, ayer, me rechazó,
llorar con el que, tal vez,
nunca yo encontré consuelo en la aflicción?
¡Cómo, Señor! ¡Dime cómo!


Cuando ya es difícil amar al que nos ama.
Caminar con el que queremos,
entregarnos al que conocemos,
o alegrarnos con el que nos aplaude.
¡Cómo, Señor! ¡Dinos cómo hacerlo!


Cuando nos cuesta rezar por los nuestros,
o prestar nuestra mejilla
a quien ya nos da un beso.
Cuando es duro el ser felices
con aquellos que con nosotros conviven.
¿Cómo nos pides tanto, Señor?


Ayúdanos a estar en comunión permanente con Dios,
y entonces, Señor, tal vez no nos parezca tanto,
ni un imposible ser cómo Tú eres
y llevar a cabo lo que Tú quieres:
Amor sin condiciones.
Amén.



P. Javier Leoz
 
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LECTURAS Y REFLEXION DE LA MISA DEL LUNES 21 DE FEBRERO DE 2011

unes, 21 de Febrero de 2011
Antes que todas las cosas fue creada la sabiduría

Lectura del libro del Eclesiástico 1, 1-10

Toda sabiduría viene del Señor,
      y está con Él para siempre.
¿Quién puede contar la arena de los mares,
      las gotas de la lluvia y los días de la eternidad?
¿Quién puede medir la altura del cielo,
      la extensión de la tierra, el abismo y la sabiduría?
Antes que todas las cosas fue creada la sabiduría,
      y la inteligencia previsora desde toda la eternidad.
El manantial de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas,
      y sus canales son los mandamientos eternos.
¿A quién fue revelada la raíz de la sabiduría
      y quién conoció sus secretos designios?
¿A quién se le manifestó la ciencia de la sabiduría
      y quién comprendió la diversidad de sus caminos?
Sólo uno es sabio, temible en extremo:
      el Señor, que está sentado en su trono.
Él mismo la creó, la vio y la midió,
      y la derramó sobre todas sus obras:
la dio a todos los hombres, según su generosidad,
      y la infundió abundantemente en aquéllos que lo aman.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL   92, 1-2. 5

R.    ¡Reina el Señor, revestido de majestad!

¡Reina el Señor, revestido de majestad!
El Señor se ha revestido, se ha ceñido de poder.
El mundo está firmemente establecido:
¡no se moverá jamás!   R.

Tu trono está firme desde siempre,
Tú existes desde la eternidad.
Tus testimonios, Señor, son dignos de fe,
la santidad embellece tu Casa a lo largo de los tiempos.   R.



EVANGELIO

Creo, Señor, ayúdame porque tengo poca fe

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 9, 14-29

Después de la Transfiguración, Jesús, Pedro, Santiago y Juan bajaron del monte. Llegaron donde estaban los otros discípulos y los encontraron en medio de una gran multitud, discutiendo con algunos escribas. En cuanto la multitud distinguió a Jesús, quedó sombrada y corrieron a saludarlo. Él les preguntó: «¿Sobre qué estaban discutiendo?»
Uno de ellos le dijo: «Maestro, te he traído a mi hijo, que está poseído de un espíritu mudo. Cuando se apodera de él, lo tira al suelo y le hace echar espuma por la boca; entonces le crujen sus tientes y se queda rígido. Le pedí a tus discípulos que lo expulsaran pero no pudieron».
«Generación incrédula, respondió Jesús, ¿hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo». Y ellos se lo trajeron. En cuanto vio a Jesús, el espíritu sacudió violentamente al niño, que cayó al suelo y se revolcaba, echando espuma por la boca.
Jesús le preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que está así?»
«Desde la infancia, le respondió, y a menudo lo hace caer en el fuego o en el agua para matarlo. Si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos».
«¡Si puedes...!», respondió Jesús. «Todo es posible para el que cree».
Inmediatamente el padre del niño exclamó: «Creo, ayúdame porque tengo poca fe».
Al ver que llegaba más gente, Jesús increpó al espíritu impuro, diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, Yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas más». El demonio gritó, sacudió violentamente al niño y salió de él, dejándolo como muerto, tanto que muchos decían: «Está muerto». Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y el niño se puso de pie.
Cuando entró a la casa y quedaron solos, los discípulos le preguntaron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?»
Él les respondió: «Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración».

Palabra del Señor.

Reflexión

Eclesiástico 1,1-10: Damos inicio a un nuevo libro bíblico, el Eclesiástico o Sirácida, que fue escrito en  hebreo unos doscientos años antes de Cristo, en Jerusalén, por un judío muy culto,  llamado Jesús hijo de Sira, Ben Sira o Ben Sirac. Un nieto suyo lo tradujo más tarde al  griego, para beneficio de los judíos de Alejandría de Egipto.
Los libros sapienciales -éste es el último del A T- son un género común a otras culturas  vecinas, pero en manos de los sabios creyentes de Israel ciertamente ofrecen una  sabiduría más rica y religiosa.
El Eclesiástico o Sirácida es una serie de frases y pensamientos, dichos y refranes  breves, que nos ayudan a mirar sabiamente las cosas, personas y acontecimientos de la  vida. Como iremos viendo, la sabiduría de la que habla Ben Sira es uno mezcla de don de  Dios, de fe, de sentido común y visión religiosa de la historia. Aparece personificada,  capaz de amar y ser amada, de invitar a los hombres y de ser apetecida por ellos. El autor  nos irá transmitiendo con amabilidad y buen sentido práctico las riquezas de su  pensamiento y su experiencia humana y religiosa. Se llama «Eclesiástico» por el gran uso  que se hizo de él en la Iglesia primitiva.
Hoy escuchamos los primeros versículos, que son como un himno a la sabiduría. Con  una frase inicial que es el resumen de todo: la verdadera sabiduría viene del Señor y está  con él eternamente. Es sabiduría trascendente, misteriosa, insondable. Está, por tanto,  íntimamente unida a la religiosidad y a la fe en Dios. «Uno solo es el Sabio», que ha  demostrado su sabiduría en la creación de este cosmos tan maravilloso, del que no  acabamos nunca de sorprendernos.
Pero el Sabio, Dios, «ha derramado su sabiduría sobre todas sus obras, la repartió entre  los vivientes, la regaló a los que lo temen». El «temor de Dios» no quiere decir miedo, sino  respeto, admiración y reconocimiento de la grandeza de Dios: o sea, una actitud de fe y  obediencia. Sólo los creyentes pueden tener verdadera sabiduría como participación de la  de Dios.
Por eso el salmo nos hace cantar nuestra confianza en el Dios creador del mundo: «El  Señor reina... así está firme el orbe y no vacila... tus mandatos son fieles Y seguros».
El inicio de este libro nos recuerda el del evangelio de san Juan. El Sirácida habla de  la sabiduría de Dios, en el principio de todo. Juan habla de que al principio era el Verbo, la  Palabra, que de otra manera también se puede llamar Sabiduría. La Sabiduría viviente de  Dios se llama Cristo Jesús y de su plenitud hemos recibido todos.
En el mundo de hoy, ¿dónde encontrar la verdadera sabiduría?
Nosotros lo sabemos: en la Palabra de Dios, que es Cristo mismo, a quien escuchamos  día tras día como interpelación de Dios siempre nueva, sobre todo en la celebración de la  misa.
Dichoso el que tiene el secreto de esta sabiduría en su vida. Dichoso el que escucha  esta Palabra, la asimila, la recuerda, la pone en práctica, construyendo sobre ella el edificio  de su vida. Dichoso el que se deja enseñar por Cristo Jesús Maestro de sabiduría.

J. Aldazabal
Enséñame Tus Caminos

Mc. 9, 14-29. Conforme al camino de fe que ha seguido el Apóstol Santiago nos invita diciéndonos: Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios ... pero que la pida con fe, sin dudar, pues el que duda se parece a una ola del mar agitada por el viento y zarandeada con fuerza. Un hombre así no recibirá nada del Señor. Hoy el Señor nos recuerda que todo es posible para el que tiene fe. Una afirmación demasiado importante, que jamás hemos de perder de vista. Cristo, bajando del monte en el que se transfiguró a algunos de sus discípulos, se encamina hacia su Gloria, pasando, porque así lo quiso, por la muerte en cruz, para manifestarnos el amor que nos tiene hasta el extremo. Él nos quiere libres de todo aquello que nos ata al autor del pecado y de la muerte. Junto con Cristo hemos de recorrer el camino que nos lleva a la Gloria que Él posee como Hijo unigénito del Padre, sin eludir el paso por la Cruz, no como un momento de dolor buscado de un modo enfermizo, sino como la consecuencia de nuestro amor hacia el Padre y hacia el prójimo. Que Dios nos conceda no ser motivo de dolor, de sufrimiento, de espanto para los demás, sino motivo de gozo, de paz y de amor por la presencia del Señor que nos ha de guiar por el camino del bien.
Nuestro camino de fe culminará en la unión plena con Dios, donde lo contemplaremos cara a cara y disfrutaremos de Él eternamente. Pero mientras llega ese momento, pregustamos los bienes eternos en la celebración del Memorial del Señor. Aquí culmina nuestra fe y de aquí manan, como de una fuente, las acciones con las que continuaremos trabajando a favor del Reino de Dios hasta que éste llegue a su Plenitud en el Reino eterno. Nuestra labor, en este aspecto, no puede realizarse sólo con nuestros medios, por muy importantes que estos parecieran conforme a los criterios de los hombres. Por eso es necesario encontrarnos personalmente con el Señor, orar y no tener miedo incluso a ayunar, no como consecuencia de una actitud enfermiza, masoquista, sino como la mejor disposición que tenemos de encontrarnos amorosamente con el Señor, libres de todo aquello que nos impide tenerlo sólo a Él como centro de nuestra vida. Unidos al Señor, le hemos de pedir que nos conceda su Sabiduría y su fortaleza para poder, así, descubrir sus caminos y seguirlos con gran amor. Sólo a partir de entonces podremos proclamar el Nombre del Señor a los demás, pues nuestra fe será una fe firmemente afianzada en el Señor y no tanto una consecuencia de nuestros esfuerzos dedicados al estudio, pero no a la oración y al ayuno que son medios eficaces para unirnos al Señor y para convertirnos en testigos suyos.
Cuántas veces contemplamos nuestro mundo deteriorado por el pecado; casi al borde de su propia destrucción. No podemos dirigirnos a Dios para que Él vuelva a nosotros y con su poder disipe las tinieblas de nuestros males. Él ha querido permanecer entre nosotros por medio de su Iglesia. A nosotros corresponde continuar la obra del Señor en el mundo y su historia. ¿Somos hombres de fe y trabajamos movidos por el Espíritu de Dios, del que hemos sido hechos partícipes? ¿O, por el contrario, somos generación incrédula e infiel, inmaduros e incapaces de asumir el compromiso que tenemos y que dimana de la Misión que el Señor ha confiado a su Iglesia? No podemos vivir bajo el signo de la cobardía, no podemos quedarnos con las manos cruzadas esperando que el Señor venga a poner orden ahí donde a nosotros corresponde darle cuerpo y voz a Cristo a favor de los demás.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de dejarnos impulsar, guiar por el Espíritu Santo, de tal forma que con toda valentía, la que nos viene de Él, continuemos la obra del Señor, hasta que Él vuelva glorioso para encontrarse con su Iglesia, vigilante y resplandeciente, como digna esposa de Él para llevarla a vivir con Él eternamente. Amén.

Reflexión de Homiliacatolica . com
Fuente: celebrando la vida . com


martes, 14 de septiembre de 2010

LA EXALTACION DE LA SANTA CRUZ: 14 de Septiembre.

Con este signo vencerás

Este día nos recuerda el hallazgo de la Santa Cruz en el año 320, por parte de Santa Elena, madre de Constantino. Más tarde Cosroas, rey de Persia se llevó la cruz a su país. Heraclio la devolvió a Jerusalén.
Cuenta el historiador Eusebio de Cesarea que el general Constantino, hijo de Santa Elena, era pagano pero respetaba a los cristianos. Y que teniendo que presentar una terrible batalla contra el perseguidor Majencio, jefe de Roma, el año 311, la noche anterior a la batalla tuvo un sueño en el cual vio una cruz luminosa en los aires y oyó una voz que le decía: "Con este signo vencerás", y que al empezar la batalla mandó colocar la cruz en varias banderas de los batallones y que exclamó: "Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena". Y la victoria fue total, y Constantino llegó a ser Emperador y decretó la libertad para los cristianos, que por tres siglos venían siendo muy perseguidos por los gobernantes paganos.


Escritores sumamente antiguos como Rufino, Zozemeno, San Cristótomo y San Ambrosio, cuentan que Santa Elena, la madre del emperador, pidió permiso a su hijo Constantino para ir a buscar en Jerusalén la cruz en la cual murió Nuestro Señor. Y que después de muchas y muy profundas excavaciones encontró tres cruces. Y como no sabían cómo distinguir la cruz de Jesús de las otras dos, llevaron una mujer agonizante. Al tocarla con la primera cruz, la enferma se agravó, al tocarla con la segunda, quedó igual de enferma de lo que estaba antes. Pero al tocarla con la tercera cruz, la enferma recuperó instantáneamente la salud. Y entonces Santa Elena, y el obispo de Jerusalén, Macario, y miles de devotos llevaron la cruz en piadosa procesión por las calles de Jerusalén. Y que por el camino se encontraron con una mujer viuda que llevaba a su hijo muerto a enterrar y que acercaron la Santa Cruz al muerto y éste resucitó.


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"Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna". (Jn 3, 16). Pero ¿cómo lo entregó? ¿No fue acaso en la cruz? La cruz es el recuerdo de tanto amor del Padre hacia nosotros y del amor mayor de Cristo, quien dio la vida por sus amigos (Jn 15, 13). El demonio odia la cruz, porque nos recuerda el amor infinito de Jesús. Lee: Gálatas 2, 20.




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Cristo, tiene muchos falsos seguidores que lo buscan sólo por sus milagros. Pero Él no se deja engañar, (Jn 6, 64); por eso advirtió: "El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí" (Mt 7, 13).




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«Que tome su cruz y me siga»




A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní. A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.


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San Pablo resumía el Evangelio como la predicación de la cruz (1 Cor 1,17-18). Por eso el Santo Padre y los grandes misioneros han predicado el Evangelio con el crucifijo en la mano: "Así mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos (porque para ellos era un símbolo maldito) necedad para los gentiles (porque para ellos era señal de fracaso), mas para los llamados un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Díos" (1Cor 23-24).




Hoy hay muchos católicos que, como los discípulos de Emaús, se van de la Iglesia porque creen que la cruz es derrota. A todos ellos Jesús les sale al encuentro y les dice: ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Lee: Lucas 24, 25-26. La cruz es pues el camino a la gloria, el camino a la luz. El que rechaza la cruz no sigue a Jesús. Lee: Mateo 16, 24




Nuestra razón, dirá Juan Pablo II, nunca va a poder vaciar el misterio de amor que la cruz representa, pero la cruz sí nos puede dar la respuesta última que todos los seres humanos buscamos: «No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que San Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación» (JP II, Fides et ratio, 23).




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San Pío de Pietrelcina (1887-1968), capuchino.




 
Reflexión de San Pío de Pietrelcina:


A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní. A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.


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LA EXALTACION


Exaltar quiere decir –de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española– “elevar a una persona o cosa a una mayor dignidad o categoría”. Así, por ejemplo, se exalta a los héroes, o a quienes realizan grandes hazañas, etc. ¿Pero, por qué exaltar lo que en su tiempo fue un instrumento de escarnio, de tortura y de ejecución, reservado para castigar a los malhechores? ¿Por qué los católicos celebramos una fiesta para exaltar la Cruz, que para muchos es escándalo y para otros necedad? (ver 1Cor 1,23)






Es normal que en las naciones libres se recuerde y conmemore la batalla crucial que hizo posible su liberación e independencia. La celebración, además de recordar a los héroes que allí obtuvieron la victoria, se asocia naturalmente al lugar en el que la batalla tuvo lugar. Si bien es cierto que en su momento probablemente no era sino un terrible matadero, regado de muertos y heridos, la historia lo recordará como un lugar glorioso, en el que el sacrificio de cientos o miles trajo la libertad de todo un pueblo, de toda una nación. El lugar es exaltado, como son exaltados los héroes que en aquel campo de batalla dieron su vida o triunfaron finalmente.




El lugar en el que Cristo libró la batalla más importante de la humanidad es la Cruz. La Cruz fue el lugar de la redención de toda la humanidad. Allí Dios estaba reconciliando a la humanidad consigo, por la sangre de su Hijo (ver 2Cor 5,18-19; Col 1,19-22). Allí el Reconciliador del mundo nos obtuvo el perdón de nuestros pecados. Allí la descendencia de la Mujer, el Hijo de Santa María, aplastó definitivamente la cabeza de la antigua serpiente (ver Gén 3,15). Su triunfo es nuestro triunfo, su triunfo ha liberado a la humanidad entera del dominio de la muerte, su triunfo abre para todos la esperanza de la vida eterna. ¿No son estas razones suficientes para exaltar la Cruz, aquel leño abrupto convertido en Altar de la Reconciliación, aquel patíbulo maldito transformado en Árbol de la Vida? La Cruz de Cristo, para el cristiano, es símbolo de triunfo, es símbolo de esperanza, es expresión del máximo amor posible, el amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, un amor tan grande que le llevó a entregar a su Único Hijo por nosotros en la Cruz, para nuestra salvación. Por todo ello, la Cruz fue para los creyentes, desde el principio del Cristianismo, un signo de salvación.




La Cruz es demasiado importante para desterrarla de nuestras vidas: nos recuerda quién es Cristo, nos recuerda lo que hizo por nosotros, nos recuerda el inmenso amor que Dios nos tiene, nos recuerda nuestra identidad de cristianos, nos invita a hacer de ella el camino a la gloria, nos invita a “subir a la cruz con Cristo”, a crucificar nuestras malas obras —al hombre viejo— para poder también resucitar con Cristo a una vida nueva, nos invita a abrazarnos a ella en los momentos más difíciles y oscuros de nuestra existencia, nos invita a abrirnos al don de la reconciliación obtenido por Cristo para nosotros, nos compromete a dar testimonio de Cristo con nuestras actitudes, obras y palabras, entre tantas otras cosas de semejante importancia.




No vemos en la Cruz un símbolo de muerte ni de castigo, como algunos creen, sino un símbolo de reconciliación, fuente inagotable de vida y de esperanza. Mirar la Cruz con veneración es mirar más allá de la Cruz, es mirar a Aquél que estuvo clavado en la Cruz por nosotros, es mirar a Cristo con ojos de fe y reconocerlo como el Hijo de Dios, el Salvador y Reconciliador del mundo. Esto se hace más necesario afirmarlo hoy en día, ya que en nuestras sociedades occidentales se ha puesto muy de moda un fenómeno seudo-religioso que proclama que no existe nadie que te salve, que sólo tú te salvarás a ti mismo por tus buenas obras, pagando de ese modo no sé qué “karma” o deudas adquiridas por pecados cometidos en vidas pasadas. Quienes con esas seductoras doctrinas confunden y arrastran a los cristianos niegan que Cristo sea el Hijo de Dios, o que creer en Él sea causa de salvación para el ser humano. Afirman que Cristo era un “gurú”, un gran maestro y hombre santo que enseñaba el camino, pero que de ninguna manera es Él mismo el camino, que de ninguna manera la salvación para el hombre viene por Él, que de ninguna manera es Él el Salvador del mundo, cuando lo que Cristo dijo es algo total y radicalmente opuesto: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).




Frente a semejantes doctrinas quienes veneramos la Cruz hacemos de ella la “señal de salvación” por excelencia, y afirmamos que por ella hemos sido salvados, ciertamente no por la materialidad de la Cruz que veneramos, sino porque en ella Cristo, “Salvador de todos” (Sab 16,6-7), nos ha redimido y rescatado.




Para el creyente la Cruz es tan importante que no temerá llevarla consigo como expresión de su identidad más profunda, como símbolo de su compromiso con Cristo, como un medio para dar testimonio del Señor a los demás, aunque en el mundo en el que vivimos sea cada vez más frecuente experimentar el rechazo e intolerancia por algo tan sencillo como llevar una cruz al pecho como símbolo de compromiso cristiano.


¿Llevo yo una cruz al pecho, o en la solapa del saco, o de algún otro modo visible, como distintivo de nuestra condición de creyentes? Muchos no lo hacen por vergüenza, por temor a llamar la atención o por temor de atraer las burlas de los demás, o quizá hasta por haber sido agredidos o presionados. El 2007 en una escuela secundaria en Inglaterra se amenazó a una alumna de 13 años de edad con la expulsión si insistía en lucir un pequeño crucifijo de plata que como símbolo de su fe llevaba en una cadena colgada de su cuello. Ella reaccionó con firmeza: “Estoy decidida a lucir el crucifijo sin importar las consecuencias, aunque sea suspendida o expulsada”. Un año antes la aerolínea British Airways prohibió a una de sus trabajadoras lucir una cadena con un crucifijo siendo sancionada cuando se negó a quitárselo. “No voy a ocultar mi creencia en Jesús… La cruz es muy importante y la verdad debe ser mostrada. Es importante usarla y expresar mi fe para que las personas sepan que Jesús las ama”. Esa fue su valiente respuesta. Casos como estos son cada vez más frecuentes. Ciertamente hay que estar muy convencidos y ser muy valientes en el mundo de hoy para llevar de modo visible una cruz, aunque sea pequeñita, como símbolo de nuestra fe en el Señor.




Así pues, con ocasión de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz acaso conviene preguntarme: ¿Expreso con una cruz mi pertenencia a Cristo, mi fe en Él como mi Salvador? ¿Tengo yo el símbolo de la cruz en la cabecera de mi cama, en mi cuarto, en mi casa? ¿O he desterrado yo la cruz de mi vista?




¡Qué importante es mantener la tradición de tener un crucifijo siempre a la vista, en casa, en mi cuarto, en la oficina, en mi escritorio, colgada en mi cuello, aunque no sea necesariamente de modo visible. La cruz nos habla mucho y ciertamente no puede convertirse en un adorno más, ¡y menos aún en una especie de amuleto! Su silente mensaje, profundo, intenso, no deja de interpelarnos, no deja de invitarnos a hacer de ella nuestro camino a la gloria, pues, como decía Santa Rosa de Lima, “fuera de la Cruz no hay camino por donde se pueda subir al Cielo.”




He allí la verdadera forma de exaltar la Cruz: no sólo mediante la celebración de una festiva Eucaristía, no sólo mediante la veneración de una cruz en sus múltiples y populares maneras, sino sobre todo en la propia vida, haciendo de la Cruz nuestro camino de conformación con Cristo, de acuerdo a lo que Él mismo nos ha dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24).




LO QUE DICEN LOS PADRES DE LA IGLESIA




San Agustín: «Así como en otro tiempo quedaban curados del veneno y de la muerte todos los que veían la serpiente levantada en el desierto, así ahora el que se conforma con el modelo de la muerte de Jesucristo por medio de la fe y del Bautismo, se libra también del pecado por la justificación, y de la muerte por la Resurrección».




San Buenaventura: «Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la Cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos. Para que del costado de Cristo dormido en la Cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna».




San Andrés de Creta:   «Por la Cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la Cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la Cruz. Quien posee la Cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.




»Porque, sin la Cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la Cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la Cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.


»Por esto, la Cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la Cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la Cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la Cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.


»La Cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante, del que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la Cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la Cruz.




»También nos enseña Cristo que la Cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la Cruz es la gloria y exaltación de Cristo.»


EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA:


Cristo, el que “bajó del Cielo”


461: Volviendo a tomar la frase de S. Juan («El Verbo se encarnó: Jn 1, 14), la Iglesia llama «Encarnación» al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:




Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz (Flp 2,5-8).

463: La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios» (1Jn 4,2). Ésa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta «el gran misterio de la piedad»: «Él ha sido manifestado en la carne» (1Tim 3,16).


Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre


464: El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.


469: La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:




«Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit» («Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo no era»), canta la liturgia romana. Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: «¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la Santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la Cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!».


En la Cruz, Jesús consuma su sacrificio


616: El «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Cor 5,14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.




617: «Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justificationem meruit» («Por su sacratísima pasión en el madero de la Cruz nos mereció la justificación»), enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Heb 5,9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «O crux, ave, spes unica» («Salve, oh Cruz, única esperanza»).


Mirarán al que traspasaron




1432: El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron.


*
Meditaciones de San José María Escrivá:


1. " Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural. Hasta quitan las cruces que plantaron nuestros abuelos en los caminos...!


        En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección. "



2.    En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina.   De la mano de María, tú y yo queremos también consolar a Jesús, aceptando siempre y en todo la Voluntad de su Padre, de nuestro Padre.
       Sólo así gustaremos de la dulzura de la Cruz de Cristo, y la abrazaremos con la fuerza del amor, llevándola en triunfo por todos los caminos de la tierra.


*
Para culminar éstos apuntes, aquí tenemos la meditación de su Santidad el Papa Benedicto XVI, sobre la noche del sábado santo:



"De este modo, el sábado santo puede mostrarnos un aspecto de la piedad cristiana que, al correr de los siglos, quizá haya ido perdiendo fuerza. Cuando oramos mirando al crucifijo, vemos en él la mayoría de las veces una referencia a la pasión histórica del Señor sobre el Gólgota. Pero el origen de la devoción a la cruz es distinto: los cristianos oraban vueltos hacia oriente, indicando su esperanza de que Cristo, sol verdadero, aparecería sobre la historia; es decir, expresando su fe en la vuelta del Señor. La cruz está estrechamente ligada, al principio, con esta orientación de la oración, representa la insignia que será entregada al rey cuando llegue; en el crucifijo alcanza su punto culminante la oración.

Así, pues, para la cristiandad primitiva la cruz era, ante todo, signo de esperanza, no tanto vuelta al pasado cuanto proyección hacia el Señor que viene. Con la evolución posterior se hizo bastante necesario volver la mirada, cada vez con más fuerza, hacia el hecho: ante todas las volatilizaciones de lo espiritual, ante el camino extraño de la encarnación de Dios, había que defender la prodigalidad impresionante de su amor, que por el bien de unas pobres criaturas se había hecho hombre, y qué hombre. Había que defender la santa locura del amor de Dios, que no pronunció una palabra poderosa, sino que eligió el camino de la debilidad, a fin de confundir nuestros sueños de grandeza y aniquilarlos desde dentro.

¿Pero no hemos olvidado quizás demasiado la relación entre cruz y esperanza, la unidad entre la orientación de la cruz y el oriente, entre el pasado y el futuro? El espíritu de esperanza que respiran las oraciones del sábado santo deberían penetrar de nuevo todo nuestro cristianismo. El cristianismo no es una pura religión del pasado, sino también del futuro; su fe es, al mismo tiempo, esperanza, porque Cristo no es solamente el muerto y resucitado, sino también el que ha de venir.
Señor, haz que este misterio de esperanza brille en nuestros corazones, haznos conocer la luz que brota de tu cruz, haz que como cristianos marchemos hacia el futuro, al encuentro del día en que aparezcas.




Oración

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.
Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan.
Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.
Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.
Amén. "
 
 
 

Bibliografía: Catecismo de la Iglesia Católica, Aciprensa, Corazones.org, Multimedios.org, Wikipedia.

ACI Prensa :: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

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