martes, 14 de septiembre de 2010

LA EXALTACION DE LA SANTA CRUZ: 14 de Septiembre.

Con este signo vencerás

Este día nos recuerda el hallazgo de la Santa Cruz en el año 320, por parte de Santa Elena, madre de Constantino. Más tarde Cosroas, rey de Persia se llevó la cruz a su país. Heraclio la devolvió a Jerusalén.
Cuenta el historiador Eusebio de Cesarea que el general Constantino, hijo de Santa Elena, era pagano pero respetaba a los cristianos. Y que teniendo que presentar una terrible batalla contra el perseguidor Majencio, jefe de Roma, el año 311, la noche anterior a la batalla tuvo un sueño en el cual vio una cruz luminosa en los aires y oyó una voz que le decía: "Con este signo vencerás", y que al empezar la batalla mandó colocar la cruz en varias banderas de los batallones y que exclamó: "Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena". Y la victoria fue total, y Constantino llegó a ser Emperador y decretó la libertad para los cristianos, que por tres siglos venían siendo muy perseguidos por los gobernantes paganos.


Escritores sumamente antiguos como Rufino, Zozemeno, San Cristótomo y San Ambrosio, cuentan que Santa Elena, la madre del emperador, pidió permiso a su hijo Constantino para ir a buscar en Jerusalén la cruz en la cual murió Nuestro Señor. Y que después de muchas y muy profundas excavaciones encontró tres cruces. Y como no sabían cómo distinguir la cruz de Jesús de las otras dos, llevaron una mujer agonizante. Al tocarla con la primera cruz, la enferma se agravó, al tocarla con la segunda, quedó igual de enferma de lo que estaba antes. Pero al tocarla con la tercera cruz, la enferma recuperó instantáneamente la salud. Y entonces Santa Elena, y el obispo de Jerusalén, Macario, y miles de devotos llevaron la cruz en piadosa procesión por las calles de Jerusalén. Y que por el camino se encontraron con una mujer viuda que llevaba a su hijo muerto a enterrar y que acercaron la Santa Cruz al muerto y éste resucitó.


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"Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna". (Jn 3, 16). Pero ¿cómo lo entregó? ¿No fue acaso en la cruz? La cruz es el recuerdo de tanto amor del Padre hacia nosotros y del amor mayor de Cristo, quien dio la vida por sus amigos (Jn 15, 13). El demonio odia la cruz, porque nos recuerda el amor infinito de Jesús. Lee: Gálatas 2, 20.




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Cristo, tiene muchos falsos seguidores que lo buscan sólo por sus milagros. Pero Él no se deja engañar, (Jn 6, 64); por eso advirtió: "El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí" (Mt 7, 13).




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«Que tome su cruz y me siga»




A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní. A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.


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San Pablo resumía el Evangelio como la predicación de la cruz (1 Cor 1,17-18). Por eso el Santo Padre y los grandes misioneros han predicado el Evangelio con el crucifijo en la mano: "Así mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos (porque para ellos era un símbolo maldito) necedad para los gentiles (porque para ellos era señal de fracaso), mas para los llamados un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Díos" (1Cor 23-24).




Hoy hay muchos católicos que, como los discípulos de Emaús, se van de la Iglesia porque creen que la cruz es derrota. A todos ellos Jesús les sale al encuentro y les dice: ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Lee: Lucas 24, 25-26. La cruz es pues el camino a la gloria, el camino a la luz. El que rechaza la cruz no sigue a Jesús. Lee: Mateo 16, 24




Nuestra razón, dirá Juan Pablo II, nunca va a poder vaciar el misterio de amor que la cruz representa, pero la cruz sí nos puede dar la respuesta última que todos los seres humanos buscamos: «No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que San Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación» (JP II, Fides et ratio, 23).




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San Pío de Pietrelcina (1887-1968), capuchino.




 
Reflexión de San Pío de Pietrelcina:


A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní. A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.


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LA EXALTACION


Exaltar quiere decir –de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española– “elevar a una persona o cosa a una mayor dignidad o categoría”. Así, por ejemplo, se exalta a los héroes, o a quienes realizan grandes hazañas, etc. ¿Pero, por qué exaltar lo que en su tiempo fue un instrumento de escarnio, de tortura y de ejecución, reservado para castigar a los malhechores? ¿Por qué los católicos celebramos una fiesta para exaltar la Cruz, que para muchos es escándalo y para otros necedad? (ver 1Cor 1,23)






Es normal que en las naciones libres se recuerde y conmemore la batalla crucial que hizo posible su liberación e independencia. La celebración, además de recordar a los héroes que allí obtuvieron la victoria, se asocia naturalmente al lugar en el que la batalla tuvo lugar. Si bien es cierto que en su momento probablemente no era sino un terrible matadero, regado de muertos y heridos, la historia lo recordará como un lugar glorioso, en el que el sacrificio de cientos o miles trajo la libertad de todo un pueblo, de toda una nación. El lugar es exaltado, como son exaltados los héroes que en aquel campo de batalla dieron su vida o triunfaron finalmente.




El lugar en el que Cristo libró la batalla más importante de la humanidad es la Cruz. La Cruz fue el lugar de la redención de toda la humanidad. Allí Dios estaba reconciliando a la humanidad consigo, por la sangre de su Hijo (ver 2Cor 5,18-19; Col 1,19-22). Allí el Reconciliador del mundo nos obtuvo el perdón de nuestros pecados. Allí la descendencia de la Mujer, el Hijo de Santa María, aplastó definitivamente la cabeza de la antigua serpiente (ver Gén 3,15). Su triunfo es nuestro triunfo, su triunfo ha liberado a la humanidad entera del dominio de la muerte, su triunfo abre para todos la esperanza de la vida eterna. ¿No son estas razones suficientes para exaltar la Cruz, aquel leño abrupto convertido en Altar de la Reconciliación, aquel patíbulo maldito transformado en Árbol de la Vida? La Cruz de Cristo, para el cristiano, es símbolo de triunfo, es símbolo de esperanza, es expresión del máximo amor posible, el amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, un amor tan grande que le llevó a entregar a su Único Hijo por nosotros en la Cruz, para nuestra salvación. Por todo ello, la Cruz fue para los creyentes, desde el principio del Cristianismo, un signo de salvación.




La Cruz es demasiado importante para desterrarla de nuestras vidas: nos recuerda quién es Cristo, nos recuerda lo que hizo por nosotros, nos recuerda el inmenso amor que Dios nos tiene, nos recuerda nuestra identidad de cristianos, nos invita a hacer de ella el camino a la gloria, nos invita a “subir a la cruz con Cristo”, a crucificar nuestras malas obras —al hombre viejo— para poder también resucitar con Cristo a una vida nueva, nos invita a abrazarnos a ella en los momentos más difíciles y oscuros de nuestra existencia, nos invita a abrirnos al don de la reconciliación obtenido por Cristo para nosotros, nos compromete a dar testimonio de Cristo con nuestras actitudes, obras y palabras, entre tantas otras cosas de semejante importancia.




No vemos en la Cruz un símbolo de muerte ni de castigo, como algunos creen, sino un símbolo de reconciliación, fuente inagotable de vida y de esperanza. Mirar la Cruz con veneración es mirar más allá de la Cruz, es mirar a Aquél que estuvo clavado en la Cruz por nosotros, es mirar a Cristo con ojos de fe y reconocerlo como el Hijo de Dios, el Salvador y Reconciliador del mundo. Esto se hace más necesario afirmarlo hoy en día, ya que en nuestras sociedades occidentales se ha puesto muy de moda un fenómeno seudo-religioso que proclama que no existe nadie que te salve, que sólo tú te salvarás a ti mismo por tus buenas obras, pagando de ese modo no sé qué “karma” o deudas adquiridas por pecados cometidos en vidas pasadas. Quienes con esas seductoras doctrinas confunden y arrastran a los cristianos niegan que Cristo sea el Hijo de Dios, o que creer en Él sea causa de salvación para el ser humano. Afirman que Cristo era un “gurú”, un gran maestro y hombre santo que enseñaba el camino, pero que de ninguna manera es Él mismo el camino, que de ninguna manera la salvación para el hombre viene por Él, que de ninguna manera es Él el Salvador del mundo, cuando lo que Cristo dijo es algo total y radicalmente opuesto: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).




Frente a semejantes doctrinas quienes veneramos la Cruz hacemos de ella la “señal de salvación” por excelencia, y afirmamos que por ella hemos sido salvados, ciertamente no por la materialidad de la Cruz que veneramos, sino porque en ella Cristo, “Salvador de todos” (Sab 16,6-7), nos ha redimido y rescatado.




Para el creyente la Cruz es tan importante que no temerá llevarla consigo como expresión de su identidad más profunda, como símbolo de su compromiso con Cristo, como un medio para dar testimonio del Señor a los demás, aunque en el mundo en el que vivimos sea cada vez más frecuente experimentar el rechazo e intolerancia por algo tan sencillo como llevar una cruz al pecho como símbolo de compromiso cristiano.


¿Llevo yo una cruz al pecho, o en la solapa del saco, o de algún otro modo visible, como distintivo de nuestra condición de creyentes? Muchos no lo hacen por vergüenza, por temor a llamar la atención o por temor de atraer las burlas de los demás, o quizá hasta por haber sido agredidos o presionados. El 2007 en una escuela secundaria en Inglaterra se amenazó a una alumna de 13 años de edad con la expulsión si insistía en lucir un pequeño crucifijo de plata que como símbolo de su fe llevaba en una cadena colgada de su cuello. Ella reaccionó con firmeza: “Estoy decidida a lucir el crucifijo sin importar las consecuencias, aunque sea suspendida o expulsada”. Un año antes la aerolínea British Airways prohibió a una de sus trabajadoras lucir una cadena con un crucifijo siendo sancionada cuando se negó a quitárselo. “No voy a ocultar mi creencia en Jesús… La cruz es muy importante y la verdad debe ser mostrada. Es importante usarla y expresar mi fe para que las personas sepan que Jesús las ama”. Esa fue su valiente respuesta. Casos como estos son cada vez más frecuentes. Ciertamente hay que estar muy convencidos y ser muy valientes en el mundo de hoy para llevar de modo visible una cruz, aunque sea pequeñita, como símbolo de nuestra fe en el Señor.




Así pues, con ocasión de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz acaso conviene preguntarme: ¿Expreso con una cruz mi pertenencia a Cristo, mi fe en Él como mi Salvador? ¿Tengo yo el símbolo de la cruz en la cabecera de mi cama, en mi cuarto, en mi casa? ¿O he desterrado yo la cruz de mi vista?




¡Qué importante es mantener la tradición de tener un crucifijo siempre a la vista, en casa, en mi cuarto, en la oficina, en mi escritorio, colgada en mi cuello, aunque no sea necesariamente de modo visible. La cruz nos habla mucho y ciertamente no puede convertirse en un adorno más, ¡y menos aún en una especie de amuleto! Su silente mensaje, profundo, intenso, no deja de interpelarnos, no deja de invitarnos a hacer de ella nuestro camino a la gloria, pues, como decía Santa Rosa de Lima, “fuera de la Cruz no hay camino por donde se pueda subir al Cielo.”




He allí la verdadera forma de exaltar la Cruz: no sólo mediante la celebración de una festiva Eucaristía, no sólo mediante la veneración de una cruz en sus múltiples y populares maneras, sino sobre todo en la propia vida, haciendo de la Cruz nuestro camino de conformación con Cristo, de acuerdo a lo que Él mismo nos ha dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24).




LO QUE DICEN LOS PADRES DE LA IGLESIA




San Agustín: «Así como en otro tiempo quedaban curados del veneno y de la muerte todos los que veían la serpiente levantada en el desierto, así ahora el que se conforma con el modelo de la muerte de Jesucristo por medio de la fe y del Bautismo, se libra también del pecado por la justificación, y de la muerte por la Resurrección».




San Buenaventura: «Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la Cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos. Para que del costado de Cristo dormido en la Cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna».




San Andrés de Creta:   «Por la Cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la Cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la Cruz. Quien posee la Cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.




»Porque, sin la Cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la Cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la Cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.


»Por esto, la Cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la Cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la Cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la Cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.


»La Cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante, del que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la Cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la Cruz.




»También nos enseña Cristo que la Cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la Cruz es la gloria y exaltación de Cristo.»


EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA:


Cristo, el que “bajó del Cielo”


461: Volviendo a tomar la frase de S. Juan («El Verbo se encarnó: Jn 1, 14), la Iglesia llama «Encarnación» al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:




Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz (Flp 2,5-8).

463: La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios» (1Jn 4,2). Ésa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta «el gran misterio de la piedad»: «Él ha sido manifestado en la carne» (1Tim 3,16).


Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre


464: El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.


469: La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:




«Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit» («Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo no era»), canta la liturgia romana. Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: «¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la Santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la Cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!».


En la Cruz, Jesús consuma su sacrificio


616: El «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Cor 5,14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.




617: «Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justificationem meruit» («Por su sacratísima pasión en el madero de la Cruz nos mereció la justificación»), enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Heb 5,9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «O crux, ave, spes unica» («Salve, oh Cruz, única esperanza»).


Mirarán al que traspasaron




1432: El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron.


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Meditaciones de San José María Escrivá:


1. " Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural. Hasta quitan las cruces que plantaron nuestros abuelos en los caminos...!


        En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección. "



2.    En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina.   De la mano de María, tú y yo queremos también consolar a Jesús, aceptando siempre y en todo la Voluntad de su Padre, de nuestro Padre.
       Sólo así gustaremos de la dulzura de la Cruz de Cristo, y la abrazaremos con la fuerza del amor, llevándola en triunfo por todos los caminos de la tierra.


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Para culminar éstos apuntes, aquí tenemos la meditación de su Santidad el Papa Benedicto XVI, sobre la noche del sábado santo:



"De este modo, el sábado santo puede mostrarnos un aspecto de la piedad cristiana que, al correr de los siglos, quizá haya ido perdiendo fuerza. Cuando oramos mirando al crucifijo, vemos en él la mayoría de las veces una referencia a la pasión histórica del Señor sobre el Gólgota. Pero el origen de la devoción a la cruz es distinto: los cristianos oraban vueltos hacia oriente, indicando su esperanza de que Cristo, sol verdadero, aparecería sobre la historia; es decir, expresando su fe en la vuelta del Señor. La cruz está estrechamente ligada, al principio, con esta orientación de la oración, representa la insignia que será entregada al rey cuando llegue; en el crucifijo alcanza su punto culminante la oración.

Así, pues, para la cristiandad primitiva la cruz era, ante todo, signo de esperanza, no tanto vuelta al pasado cuanto proyección hacia el Señor que viene. Con la evolución posterior se hizo bastante necesario volver la mirada, cada vez con más fuerza, hacia el hecho: ante todas las volatilizaciones de lo espiritual, ante el camino extraño de la encarnación de Dios, había que defender la prodigalidad impresionante de su amor, que por el bien de unas pobres criaturas se había hecho hombre, y qué hombre. Había que defender la santa locura del amor de Dios, que no pronunció una palabra poderosa, sino que eligió el camino de la debilidad, a fin de confundir nuestros sueños de grandeza y aniquilarlos desde dentro.

¿Pero no hemos olvidado quizás demasiado la relación entre cruz y esperanza, la unidad entre la orientación de la cruz y el oriente, entre el pasado y el futuro? El espíritu de esperanza que respiran las oraciones del sábado santo deberían penetrar de nuevo todo nuestro cristianismo. El cristianismo no es una pura religión del pasado, sino también del futuro; su fe es, al mismo tiempo, esperanza, porque Cristo no es solamente el muerto y resucitado, sino también el que ha de venir.
Señor, haz que este misterio de esperanza brille en nuestros corazones, haznos conocer la luz que brota de tu cruz, haz que como cristianos marchemos hacia el futuro, al encuentro del día en que aparezcas.




Oración

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.
Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan.
Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.
Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.
Amén. "
 
 
 

Bibliografía: Catecismo de la Iglesia Católica, Aciprensa, Corazones.org, Multimedios.org, Wikipedia.

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