miércoles, 5 de febrero de 2014

[TEXTO COMPLETO] Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014

VATICANO, 04 Feb. 14 / 10:20 am (ACI/EWTN Noticias).- Hoy se dio a conocer el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014, el primero de su pontificado para este tiempo de la liturgia de la Iglesia, que ha titulado “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Cor 8, 9).******

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de San Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de San Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
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LA GRACIA DE CRISTO

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. ******

La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). ******

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice San Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ******

¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, San Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). ******

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. ******

La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. ******

La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su "yugo llevadero", nos invita a enriquecernos con esta "rica pobreza" y "pobre riqueza" suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29). ******

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo. ******

NUESTRO TESTIMONIO

Podríamos pensar que este "camino" de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. ******

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. ******

La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. ******

En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir. ******

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. ******

Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera. ******

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! ******

Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana. ******

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. ******

La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele. ******

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde. ******

Vaticano, 26 de diciembre de 2013******

Fuente: www aciprensa . com


[TEXTO COMPLETO] Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014

P. Jorge Loring - Para valorar la Santa Misa

martes, 4 de febrero de 2014

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA. MIERCOLES, 05 DE FEBRERO DE 2014


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
MIERCOLES, 05 DE FEBRERO DE 2014
IV Semana del tiempo ordinario. A

LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL 24, 2. 9-17

El rey dijo a Joab, el jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba y hagan el censo del pueblo, para que yo sepa el número de la población».
Joab presentó al rey las cifras del censo de la población, y resultó que en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá, quinientos mil.
Pero, después de esto, David sintió remordimiento de haber hecho el recuento de la población, y dijo al Señor: «He pecado gravemente al obrar así. Dígnate ahora, Señor, borrar la falta de tu servidor, porque me he comportado como un necio».
A la mañana siguiente, cuando David se levantó, la palabra del Señor había llegado al profeta Gad, el vidente de David, en estos términos: «Ve a decir a David: Así habla el Señor: Te propongo tres cosas. Elige una, y yo la llevaré a cabo».
Gad se presentó a David y le llevó la noticia, diciendo: «¿Qué prefieres: soportar tres años de hambre en tu país, o huir tres meses ante la persecución de tu enemigo, o que haya tres días de peste en tu territorio? Piensa y mira bien ahora lo que debo responder al que me envió».
David dijo a Gad: «¡Estoy en un grave aprieto! Caigamos más bien en manos del Señor, porque es muy grande su misericordia, antes que caer en manos de los hombres».
Entonces el Señor envió la peste a Israel, desde esa mañana hasta el tiempo señalado, y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba.
El Ángel extendió la mano hacia Jerusalén para exterminarla, pero el Señor se arrepintió del mal que le infligía y dijo al Ángel que exterminaba al pueblo: «¡Basta ya! ¡Retira tu mano!» El Ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo.
Y al ver al Ángel que castigaba al pueblo, David dijo al Señor: «¡Soy yo el que he pecado! ¡Soy yo el culpable! Pero éstos, las ovejas, ¿qué han hecho? ¡Descarga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre!»

Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.


SALMO RESPONSORIAL  31, 1-2. 5. 6. 7

R.    ¡Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado!

¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado
y liberado de su falta!
¡Feliz el hombre a quien el Señor
no le tiene en cuenta las culpas,
y en cuyo espíritu no hay doblez! R.

Yo reconocí mi pecado,
no te escondí mi culpa,
pensando: «Confesaré mis faltas al Señor».
¡Y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado! R.

Por eso, que todos tus fieles te supliquen
en el momento de la angustia;
y cuando irrumpan las aguas caudalosas
no llegarán hasta ellos. R.

Tú eres mi refugio,
Tú me libras de los peligros
y me colmas
con la alegría de la salvación. R.




EVANGELIO

Un profeta es despreciado solamente en su pueblo

EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN MARCOS 6, 1-6

Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.
Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa». Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.
Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Palabra del Señor.
Gloria a Ti, Señor Jesús.



REFLEXIÓN

2Sam. 24, 2. 9-17. Así como por el delito de un solo hombre, Adán, la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo, Jesucristo, lo convirtió a Él en fuente de salvación y de vida para todos los hombres. David, ante la falta cometida, dirá: Yo fui quien pequé, yo cometí el mal, pero estas ovejas ¿qué han hecho? El problema de quien ha sido puesto al frente de su pueblo es que Dios lo ha constituido en cabeza de la comunidad; por eso no se puede considerar en su actuar al margen del pueblo que le ha sido confiado. David, escogido por Dios para gobernar al Pueblo de Israel, debería siempre confiar en Dios y no en la fuerza de los hombres. Al hacer el censo está manifestando que quiere estar seguro de poder enfrentar alguna contingencia, algún ataque que pudieran tramar sus enemigos en contra de su pueblo. Muchos pastores en la Iglesia pueden caer en la misma tentación: pensar que podrán llevar adelante la tarea de Evangelización, de santificación de su pueblo en la medida en que tengan los recursos humanos, la planeación necesaria para dedicarse a trabajar, y el censo de las “fuerzas vivas de la Iglesia”. No está mal avenirse con todos estos recursos; pero hemos de saber que, finalmente, el Evangelio que santifica y que salva no tiene su fuerza en nosotros ni en lo que planeemos, sino en Dios ante quien hemos de tener la confianza y la apertura suficiente para escucharle y dejarnos, confiadamente, guiar por Él.

Sal. 32 (31). Dios, nuestro Dios y Padre, siempre espera nuestro retorno cuando nos alejamos para malgastarlo todo hasta quedarnos vergonzosamente desnudos ante Él. A pesar de nuestras grandes miserias, cuando con humildad reconocemos nuestros pecados y volvemos a Él para pedirle perdón, Él no sólo nos perdona, sino que nos reviste de su propio Hijo y nos invita a continuar viviendo en su presencia de un modo digno. Por eso, quienes hemos sido objeto de la misericordia divina, alegrémonos en el Señor y vivamos fieles a su amor. Sólo a partir de haber experimentado el amor misericordioso de Dios, no únicamente glorificaremos su Nombre, sino que podremos ir a los demás como un signo del Evangelio que nos salva, pues llegaremos a ellos contándoles lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros. Así podremos también ayudarles a encontrarse con nuestro Dios y Padre, rico en misericordia para con todos los que lo invocan con amor y con lealtad.

Mc. 6, 1-6. ¿Qué significa Jesús en nuestra vida? ¿Hemos respondido suficientemente a aquel requerimiento del Señor: Para ustedes quién soy yo? Porque podría suceder que sólo buscáramos a Jesús como a un taumaturgo, o como a un resuélvelo todo cuando tenemos algún problema. Para los paisanos de Jesús, Él no pasó de ser el hijo del carpintero y el hermano de los parientes que vivían en su tierra. Cuando uno bloquea así la fe en Jesús para no obligarse totalmente con su Evangelio, tal vez le busquemos cuando haya necesidad de hacerlo porque se nos complicó la vida, pero jamás lo buscaremos para comprometernos con Él, para entrar en comunión de Vida con Él y para convertirnos en testigos suyos no sólo mediante nuestras palabras, sino mediante una vida recta en todos los aspectos. Por eso tratemos de dar respuesta a esta pregunta: ¿Qué me lleva a encontrarme con Cristo?
Hoy hemos venido, precisamente, a encontrarnos con Cristo en esta Eucaristía. El Señor nos ha convocado en la forma como lo haya querido; y nosotros hemos escuchado su voz, y estamos ante Él para renovar nuestro compromiso de comunión de vida entre Él y nosotros. Tal vez muchas veces hemos puesto nuestra confianza en las cosas pasajeras o en nuestras propias fuerzas para darle sentido a nuestra vida, para superar aquellas esclavitudes al mal que nos oprimen. Pero, al final, hemos quedado tirados en el mismo lugar. Cuando nos presentamos ante el Señor de todo con un corazón humilde y le pedimos que nos perdone y que sea misericordioso con nosotros Él nos perdona y nos vuelve a recibir como a hijos suyos. Este momento realiza precisamente este encuentro entre Dios y nosotros; y es la manifestación del amor que Él nos ha tenido siempre, a pesar de nuestras traiciones a su amor. Dejémonos amar por Dios y dejemos que Él haga su morada definitiva en nosotros para poder, en adelante, caminar como hijos suyos.
Sin embargo este compromiso, que ha de ser vivido hasta sus últimas consecuencias, no quedará exento de múltiples tentaciones que quisieran que diésemos marcha atrás en él. No sólo nos podrán asaltar las dudas, no sólo estará al acecho el desánimo; también las personas que nos conocen, nuestros familiares y amigos querrán que dejemos este camino que, con la gracia de Dios, hemos iniciado. No faltará quien, conociendo nuestro pasado, tal vez un poco, o un demasiado oscuro, se burle de nosotros, nos critique y trate de desanimar a los demás para que no vayan al Señor por medio nuestro. Sin embargo no actuamos a nombre propio; es Cristo quien, amándonos, nos eligió y nos envió para que, en su Nombre, llevemos a cabo su obra de salvación en el mundo. Por eso debemos afianzarnos, cimentarnos fuertemente en Cristo, de tal forma que aunque las grandes aguas choquen en contra nuestra, jamás puedan derrumbar nuestra fe en el Señor. Dios nos quiere testigos suyos ante gobernadores y reyes, ante ricos y pobres, ante familiares, amigos y desconocidos, ante justos y pecadores, puesto que hasta los mismos ángeles nos contemplan. Por eso jamás demos marcha atrás en la fidelidad a la Misión que el Señor nos ha confiado, sabiendo que nuestra recompensa no es la aprobación ni el aplauso humano, sino sólo Dios que nos ama y nos encamina hacia su Gloria eterna.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivirle fieles en todo aquello que nos ha confiado. Sólo así podremos algún día alegrarnos eternamente en el Señor, ahí donde ya no habrán persecuciones, ni dolor, ni muerte, sino gozo y paz en Aquel que siempre nos ha amado. Amén.

Reflexión de: Homilía católica . com

Papa Francisco: Dios también llora con el corazón de padre que no reniega nunca de los hijos

PAPA FRANCISCO: DIOS TAMBIÉN LLORA CON EL CORAZÓN DE PADRE QUE NO RENIEGA NUNCA DE LOS HIJOS. 04 de Febrero de 2014.

VATICANO, 04 Feb. 14 / 02:03 pm (ACI/EWTN Noticias).- Dios también llora y su llanto es como el de un padre que ama a los hijos y jamás los reniega incluso si son rebeldes, sino que los espera siempre. Lo dijo el Papa Francisco durante la Misa presidida esta mañana en la Casa de Santa Marta.

Según señala Radio Vaticano, las lecturas del día presentan la figura de dos padres: el rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la Sinagoga, que suplica a Jesús sanar a la hija. El Santo Padre explicó el llanto de David después de recibir la noticia del asesinato del hijo, no obstante éste combatiese contra él para conquistar el reino.

El ejército de David ha vencido, pero a él no le interesaba la victoria, “¡esperaba al hijo! ¡Solamente le interesaba el hijo! Era rey, era jefe del país, ¡pero era un padre! Y de esta manera cuando llegó la noticia del fin de su hijo, fue sacudido por un estremecimiento: subió a la habitación de arriba… y lloró”.

“Yéndose decía: ‘¡Hijo mío, Absalón. Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en vez de ti! ¡Absalón, Hijo mío! ¡Hijo mío!’. Éste es el corazón de un padre, que jamás reniega a su hijo. ‘Es un bribón. Es un enemigo. ¡Pero es mi hijo!’. Y no reniega la paternidad: lloró… David lloró dos veces por un hijo: esta vez y la otra cuando el hijo del adulterio estaba por morir. También aquella vez ayunó, hizo penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era un padre!”

El otro padre es el jefe de la Sinagoga, “una persona importante – afirmó el Papa - pero ante la enfermedad de la hija no tiene vergüenza en arrojarse a los pies de Jesús: ‘¡Mi hijita está muriendo, ven a imponerle las manos, para que se salve y viva!’. No tiene vergüenza”, no piensa en lo que podrán decir los otros, porque es un padre. David y Jairo son dos padres”.

“¡Para ellos aquello que es lo más importante es el hijo, la hija! No existe otra cosa. ¡La única cosa importante! Nos hace pensar a la primera cosa que nosotros decimos a Dios, en el Credo: ‘Creo en Dios Padre…’. Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! ‘Pero, Padre, ¡Dios no llora!’. ¡Cómo no! Recordamos a Jesús, cuando lloró mirando a Jerusalén. ‘¡Jerusalén, Jerusalén!”

Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina recoge sus pollitos bajo las alas’. ¡Dios llora! ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y aquel llanto de Jesús es precisamente la figura del llanto del Padre, que nos quiere a todos en torno a sí”.

“En los momentos difíciles””, subrayó el Papa Francisco, “el Padre responde. Recordamos a Isaac, cuando va con Abraham a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se dio cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía temor en el corazón! ¿Y qué cosa dice? ‘¡Padre!’. Y de inmediato: ‘¡Aquí estoy hijo!’”.

El Padre responde. Así, Jesús, en el Huerto de los Olivos, dice “con aquella angustia en el corazón: ‘Padre, si es posible, ¡aparta de mí este cáliz!’. Y los ángeles vinieron a darle fuerza. Así es nuestro Dios: ¡es Padre! ¡Es un Padre!”. Un Padre como aquel que espera al hijo prodigo que se ha ido “con todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba” todos los días y “lo vio desde lejos”. “Ese es nuestro Dios!" - observó el Pontífice - y "nuestra paternidad" - aquella de los padres de familia así como la paternidad espiritual de obispos y sacerdotes - "debe ser como ésta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto tiene necesidad del hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cercano a sí, tan cercano como la gallina quiere a sus pollitos”.

Para concluir el Papa exhortó a ir a casa “con estos dos íconos: David que llora y el otro, el jefe de la Sinagoga, que se arroja ante Jesús, sin miedo de avergonzarse y hacer reír a los otros. En juego estaban sus hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos íconos digamos: ‘Creo en Dios Padre…’. Y pidamos al Espíritu Santo - porque sólo es Él, el Espíritu Santo – que nos enseñe a decir ‘¡Abba!, ¡Padre!’. ¡Es una gracia! Poder decir a Dios ‘¡Padre!’ con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pedirla a Él!”

Fuente: www aciprensa . com



Papa Francisco: Dios también llora con el corazón de padre que no reniega nunca de los hijos

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA MARTES, 04 DE FEBRERO DE 2014


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
MARTES, 04 DE FEBRERO DE 2014
IV Semana del tiempo ordinario. A

ANTÍFONA DE ENTRADA
Celebremos con alegría la fiesta de santa Águeda, virgen, porque el Señor del universo la ha colmado de su amor.

ORACIÓN COLECTA
Que tu santa virgen y mártir Águeda, tan agradable siempre a tu corazón por la consagración de su virginidad y su valor en el martirio, nos obtenga, Señor, tu fortaleza, para superar nuestro egoísmo y nuestra cobardía. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA
Hijo mío, Absalón, ojalá hubiera muerto yo en tu lugar.

DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL: 18, 9-10. 14. 24-25. 30-19, 3

En aquellos días, después de haber sido derrotado por los hombres de David, Absalón, su hijo, se dio a la fuga. Iba montado en una mula, y al meterse la mula bajo las ramas de una frondosa encina, a Absalón se le atoró la cabeza entre las ramas y se quedó colgando en el aire y la mula siguió corriendo. Uno de los soldados lo vio y le fue a avisar a Joab: "Acabo de ver a Absalón colgando de una encina". Joab se acercó a donde estaba Absalón, tomó tres flechas en la mano y se las clavó en el corazón.
Mientras tanto, David estaba en Jerusalén, sentado a la puerta de la ciudad. El centinela, instalado en el mirador que está encima de la puerta de la muralla, levantó la vista y vio que un hombre venía corriendo solo. Le gritó al rey para avisarle. El rey le contestó: "Si viene solo, es señal de que trae buenas noticias. Déjalo pasar. Tú, quédate ahí". El centinela lo dejó pasar y permaneció en su puesto. El hombre que venía corriendo, que era un etíope, llegó a donde estaba David y le dijo: "Le traigo buenas noticias a mi señor, el rey. Dios te ha hecho justicia hoy, librándote de los que se habían rebelado contra ti". El rey le preguntó: "Pero, mi hijo Absalón, ¿está bien?" Respondió el etíope: "Que acaben como él todos tus enemigos y todos los que se rebelen contra mi señor, el rey".
Entonces el rey se estremeció. Subió al mirador que está encima de la puerta de la ciudad y rompió a llorar, diciendo: "Hijo mío, Absalón; hijo, hijo mío, Absalón. Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío". Le avisaron entonces a Joab que el rey estaba inconsolable por la muerte de Absalón. Por eso, aquella victoria se convirtió en día de duelo para todo el ejército, cuando se enteraron de que el rey estaba inconsolable por la muerte de su hijo. Por ello, las tropas entraron a la ciudad furtivamente, como entra avergonzado un ejército que ha huido de la batalla.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL: Del salmo 85
R/. Protégeme, Señor, porque te amo.

Presta, Señor, oídos a mi súplica, pues soy un pobre, lleno de desdichas. Protégeme, Señor, porque te amo; salva a tu servidor, que en ti confía. R/.

Ten compasión de mí, pues clamo a ti, Dios mío, todo el día, y ya que a ti, Señor, levanto el alma, llena a este siervo tuyo de alegría. R/.

Puesto que eres, Señor, bueno y clemente y todo amor con quien tu nombre invoca, escucha mi oración y a mi súplica da respuesta pronta. R/.

ACLAMACIÓN (Mt 8, 17) R/. Aleluya, aleluya.
Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores. R/.




¡Óyeme, niña, levántate!

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: 5, 21-43

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: "Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva". Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.
Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.
Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de Él, se volvió hacia la gente y les preguntó: "¿Quién ha tocado mi manto?" Sus discípulos le contestaron: "Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: `¿Quién me ha tocado?'" Pero Él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad".
Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: "Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?" Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: "No temas, basta que tengas fe". No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: "¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida". Y se reían de Él. Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: "¡Talitá, kum!", que significa: "¡Óyeme, niña, levántate!" La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Que los dones que vamos a ofrecerte en honor de tu santa virgen Águeda te sean, Señor, tan agradables, como agradable fue a tus ojos su martirio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Cfr. Mt 25, 4. 6)

Las cinco vírgenes prudentes llevaron frascos de aceite con las lámparas. A medianoche se oyó una voz: Ya viene el esposo; salgan al encuentro de Cristo, el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor y Dios nuestro, que glorificaste a santa Águeda con la doble corona de la virginidad y del martirio, concédenos que esta comunión nos ayude a superar todas las pruebas y podamos así alcanzar el Reino eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor.

REFLEXIÓN:
2Sam. 18, 9-10. 14. 24-25. 30-19, 3. Realmente David es un signo profético del gran amor que Dios nos tiene, pues cuando aún éramos pecadores y enemigos de Dios, nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para el perdón de nuestros pecados. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Dios nos ha amado con un amor eterno; y podrán desaparecer los montes y retirarse los mares; pero el amor que Dios nos tiene permanecerá para siempre. Por eso nosotros no podemos perseguir a los pecadores para acabar con ellos; sino que, a imagen de Cristo, hemos de salir a su encuentro, buscándolos como el Buen Pastor busca a la oveja descarriada hasta encontrarla, cargarla sobre nuestros hombros y llevarla de vuelta al redil. Sólo cuando el hombre rechaza frontalmente a Dios él mismo se condena a sí mismo, pues no aceptó para sí la oferta de salvación que Dios nos ha ofrecido a todos en Cristo. Entonces el Señor podrá decirle: Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, pero tú no quisiste pues te buscaste a ti mismo queriendo conservar tu vida, y finalmente la perdiste. Abramos nuestro corazón al amor de Dios. Ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante Él nuestro corazón.

Sal. 85. Tu, Señor, eres bueno e indulgente, rico en amor con los que te invocan; Yahweh, presta oído a mi plegaria, atiende a la voz de mi súplica. Nosotros no tenemos mérito alguno para llegar ante Dios exigentes ante lo que queramos pedirle, conforme a nuestras necesidades. Sólo su amor, lleno de misericordia, le hace inclinarse ante nosotros para compadecerse de nosotros, perdonarnos y levantarnos de nuestras miserias. Por eso cuando lo invocamos no damos como razones, para ser escuchados, nuestras buenas obras, pues toda bondad procede de Dios. Llegamos ante Él, humildes y confiados en que no nos tratará conforme a nuestros pecados, sino conforme a su infinita misericordia. Y Dios siempre será bondadoso con nosotros, pues nos tiene como hijos suyos por nuestra fe y nuestra comunión de vida con su Hijo, Cristo Jesús.

Mc. 5, 21-43. La fe mueve montañas. Nuestras montañas de miedos, de cobardías, de falta de compromiso con la vida. Aquella mujer, con flujo de sangre, considerada impura y que no podía ser tocada por alguien, ni tocar a alguien, se atreve a tocar el manto de Jesús, pues tiene fe de que será curada; y a ella no le importa otra cosa sino recibir ese beneficio de Dios; y para ello no hay ley que le detenga. Ante la muerte de su hija, Jairo escucha al Señor que le dice: No temas; solamente ten fe. Tal vez esta es una de las frases más impresionantes que nos dirige el Señor: No temas; solamente ten fe. Ojalá y jamás permitamos que cosa alguna nos detenga en la consecución de todo aquello bueno que deseamos en nuestra vida. Pero no nos quedemos en aspiraciones sólo materiales o temporales; dirijamos la mirada hacia el final del horizonte de nuestra vida: veamos al Señor que nos ama, que nos espera para que estemos con Él sin sombras ni tropiezos. Encaminemos, con fe decidida, nuestros pasos hacia ese momento definitivo de nuestra vida. Que ante este empeño nada nos detenga. Puestos en manos de Dios, caminando a la luz de la fe en Él, fortalecidos con su Espíritu Santo, vayamos manifestando, con una vida cada vez más santa y perfecta, que en verdad Dios va haciendo brillar, día a día, su Rostro amoroso y misericordioso sobre nosotros.
En verdad que el Señor ha entregado su vida por nosotros. En la Eucaristía celebramos este Memorial de su amor. Él no ha venido sólo a sanar nuestras enfermedades corporales, sino que ha venido a liberarnos de la enfermedad del pecado. Dios nos quiere no sólo sanos en nuestros cuerpos, sino con un espíritu y un corazón renovados en el amor, en el amor a Él y en el amor al prójimo. Ciertamente que muchas veces hemos sido rebeldes a Dios, pero el Señor jamás nos ha abandonado, jamás ha dejado de amarnos. Esa fidelidad del Señor es la que estamos celebrando en esta Eucaristía. Aceptemos el amor que Dios nos tiene y dejémonos conducir por su Espíritu; no permitamos que la Redención de Cristo sea estéril en nosotros.
Tal vez en la vida nos encontremos con muchas personas que han tomado por caminos equivocados; tal vez encontremos la oportunidad de acabar con ellos con nuestras críticas, con nuestros desprecios, con nuestras persecuciones, e incluso asesinándolos pensando que así damos culto a Dios, pues limpiamos el mundo de pecadores y rebeldes contra Dios. Pero, puesto que Dios a nadie a creado para condenarlo sino para que todos estemos eternamente con Él, nosotros no podemos levantarnos en contra de los demás por muy malos que los consideremos. El trabajo de la Iglesia nos ha de llevar a trabajar para ganarlos a todos para Cristo. Incluso hemos de estar dispuestos a morir en lugar de los demás, con tal de que ellos logren vivir eternamente con el Señor. Por eso procuremos, por todos los medios, reavivar la fe y la esperanza de los demás. No los abandonemos en sus tristezas y desesperanzas. Seamos un signo de Cristo, que con gran amor, por medio nuestro, se acerca a ellos para hacerlos levantar la cabeza para que continúen caminando con grandes ilusiones, especialmente con la esperanza de llegar a poseer a Dios definitivamente, pues Él nos llama con santa llamada para que gocemos de Él eternamente.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, sabernos amar como hermanos; sabernos perdonar como Dios nos ha perdonado; saber preocuparnos de los pobres, de los enfermos, de los angustiados, de los tristes siendo para ellos un signo de la cercanía amorosa de Dios que les tiende la mano para salvarlos y conducirlos, a través de las pruebas de esta vida, a la posesión del gozo eterno en la Casa del Padre. Amén.

Reflexión de: Homilía católica

SANTORAL: Águeda de Roma, mártir; Juan de Brito, presbítero. Beata Isabel Canori Mora, laica. Memoria (Rojo)





lunes, 3 de febrero de 2014

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA DEL LUNES 03 DE FEBRERO DE 2014


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
LUNES 03 DE FEBRERO DE 2014
IV Semana del tiempo ordinario. A.
Misa
ANTÍFONA DE ENTRADA (Rm 5, 5)
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por su Espíritu, que habita en nosotros.

ORACIÓN COLECTA 
Señor Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por este mismo Espíritu, saboreemos el bien y gocemos siempre de sus consuelos. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA
Huyamos de Absalón. Dejen que Semeí me maldiga, porque se lo ha ordenado el Señor.

DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL: 15, 13-14. 30; 16, 5-13

En aquellos días, llegó un hombre a avisar a David: "Todos los israelitas se han puesto de parte de Absalón". Entonces David les dijo a sus servidores que estaban con él en Jerusalén: "Huyamos pronto, porque si llega Absalón no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, pues si se nos adelanta y nos alcanza, nos matará y pasará a cuchillo a todos los habitantes de la ciudad".
Al subir por el monte de los Olivos, David iba llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Todos sus acompañantes iban también con la cabeza cubierta y llorando.
Cuando llegaron a Bajurim, un hombre de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, les salió al encuentro y se puso a seguirlos. Los iba maldiciendo y arrojaba piedras a David y a todos sus hombres. El pueblo y los soldados se agruparon en torno a David. Semeí le gritaba: "Fuera de aquí, asesino malvado. El Señor te está castigando por toda la sangre de la casa de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el trono a tu hijo Absalón y tú has caído en desgracia, porque eres un asesino".
Abisay, hijo de Sarvia, le dijo entonces a David: "¿Por qué se ha de poner a maldecir a mi señor ese perro muerto? Déjame ir a donde está y le corto la cabeza". Pero el rey le contestó: "¿Qué le vamos a hacer? Déjalo; pues si el Señor le ha mandado que me maldiga, ¿quién se atreverá a pedirle cuentas?" Enseguida, David dijo a Abisay y a todos sus servidores: "Si mi propio hijo quiere matarme, ¿con cuánta mayor razón este hombre de la familia de Saúl? Déjenlo que me maldiga, pues se lo ha ordenado el Señor. Tal vez el Señor se apiade de mi aflicción y las maldiciones de hoy me las convierta en bendiciones". Y David y sus hombres prosiguieron su camino.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL: Del salmo 3
R/. Levántate, Señor, y sálvame, Dios mío.

Mira, Señor, cuántos contrarios tengo, y cuántos contra mí se han levantado; cuántos dicen de mí: "Ni Dios podrá salvarlo". R/.

Mas tú, Señor, eres mi escudo, mi gloria y mi victoria; desde tu monte santo me respondes cuando mi voz te invoca. R/.

En paz me acuesto, duermo y me despierto, porque el Señor es mi defensa. No temeré a la enorme muchedumbre que me cerca y me acecha. R/.

ACLAMACIÓN (Lc 7, 16)
R/. Aleluya, aleluya.
Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R/.


Espíritu inmundo, sal de este hombre.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.
Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: "¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes". Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: "¿Cómo te llamas?" Le respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos". Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: "Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos". Y Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron. Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca. Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero Él no se lo permitió y le dijo: "Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo". Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Santifica, Señor, nuestras ofrendas y con la luz del Espíritu Santo purifica nuestros corazones. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque Él después de subir al cielo, donde está sentado a tu derecha, derramó sobre tus hijos de adopción el Espíritu Santo que había prometido.
Por eso, Señor, con todos los ángeles, te aclamamos ahora y por siempre, diciendo: Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN (Sal 67, 29)
Despliega, Señor, tu poder; el poder que por nosotros desplegaste desde tu templo, en lo alto de Jerusalén.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Que tu Espíritu Santo, Señor, descienda sobre nosotros, purifique nuestros corazones y los fecunde, penetrándolos con su divino rocío. Por Jesucristo, nuestro Señor.

***
Santos: Blas de Sebaste, mártir; Óscar o Anscario de Hamburgo, obispo; Claudina Thévenet, fundadora. Feria (Verde)

REFLEXION:
2 Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13: La historia de David se ensombrece. En el reino del Norte le siguen considerando un «usurpador» en contra de la familia de Saúl. Su propio hijo Absalón -quizá por haberse visto postergado por Salomón, el hijo de Betsabé-, se rebela contra su padre y se hace coronar rey, siguiéndole gran parte del pueblo.
La escena es dramática. David descalzo, la cabeza cubierta, subiendo entre lágrimas por la cuesta de los Olivos, huyendo de su hijo para evitar más derramamiento de sangre. Soportando humildemente las maldiciones de Semeí, uno de los seguidores de la dinastía de Saúl, que aprovecha la ocasión para desahogarse y soltar en cara a David todos los agravios que lleva archivados contra él.

Estos libros históricos interpretan siempre las desgracias y fracasos como consecuencia del pecado. Los fallos se pagan pronto o tarde. Ahora David se siente rodeado de enemigos -como expresa el salmo- pero él a su vez había sido protagonista activo de intrigas y violencias en años anteriores. E! libro no ahorra, al hablar de grandes hombres como David, el relato de sus debilidades.
La patética figura de David nos recuerda, precisamente en el Huerto de los Olivos, la de Jesús en los momentos dramáticos de su crisis ante la muerte. También él con lágrimas, abatimiento y sudor de sangre, tuvo que soportar el abandono o incluso la traición o la negación de los suyos. Esta vez con absoluta injusticia, porque en él sí que no había habido engaño ni malicia.
Podemos vernos interpelados también nosotros. ¿Sabemos reconocer nuestras debilidades y culpas, aceptando humildemente las críticas que nos puedan venir, aunque nos duelan? Nuestras pequeñas o grandes ambiciones, ¿no nos han llevado alguna vez a injusticias y hasta violencias, pasando por encima de los derechos de los demás? No habremos matado a nadie, pero sí tal vez hemos despreciado a otros, o utilizado  medios inconfesables para conseguir algo. Y puede ser que alguna vez tengamos que pagar las consecuencias.

Sería bueno que hiciéramos con frecuencia una valiente autocrítica de nuestras actuaciones. Cuando hacemos examen de conciencia y sobre todo cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Entonces no nos extrañaríamos que otros también se hayan dado cuenta de nuestros fallos y nos lo hagan notar. La grandeza de una persona, como aquí la de David, se ve sobre todo en el modo de reaccionar ante las adversidades y la contradicción. Lo que nunca hemos de perder es la confianza en Dios y la ilusión por el futuro. También a través de los fracasos humanos, y del pecado, sigue escribiendo Dios su historia de salvación y nos va ayudando a madurar.

Marcos 5,1-20: Es pintoresco y sorprendente el episodio que hoy nos cuenta Marcos, con el endemoniado de Gerasa. Se acumulan los detalles que simbolizan el poder del mal: en tierra extranjera, un enfermo poseído por el demonio, que habita entre tumbas, y el destino de la legión de demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para los judíos.
Seguramente quiere subrayar que Jesús es el dominador del mal o del maligno. En su primer encuentro con paganos -abandona la tierra propia y se aventura al extranjero en una actitud misionera- Jesús libera al hombre de sus males corporales y anímicos. Parece menos importante el curioso final de la piara de cerdos y la consiguiente petición de los campesinos de que abandone sus tierras este profeta que hace cosas tan extrañas.
Probablemente el pueblo atribuyó a Jesús, o mejor a los demonios expulsados por Jesús, la pérdida de la piara de cerdos que tal vez habría sucedido por otras causas en coincidencia con la visita de Jesús. El evangelio recogería esta versión popular.

La Iglesia ha sido encargada de continuar este poder liberador, la lucha y la victoria contra todo mal. Para eso anuncia la Buena Nueva y celebra los sacramentos, que nos comunican la vida de Cristo y nos reconcilian con Dios. A veces esto lo tiene que hacer en terreno extraño: con valentía misionera, adentrándose entre los paganos, como Jesús, o dirigiéndose a los neopaganos del mundo de hoy. También con los marginados, a los que Jesús no tenía ningún reparo en acercarse y tratar, para transmitirles su esperanza y su salvación. Después del encuentro con Jesús, el energúmeno de Gerasa quedó «sentado, vestido y en su juicio».

Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia, miedo.
Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición: «líbranos del mal»? ¿o tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida?
En Gerasa los demonios le obedecieron, como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre la persona humana, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos dejamos liberar de nuestros demonios?


J. Aldazabal