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jueves, 29 de agosto de 2013


LECTURAS DE LA EUCARISTÍA
Jueves, 29 de agosto de 2013
Semana 21ª durante el año
Memoria del martirio de San Juan Bautista
                                                     

Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él

LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CRISTIANOS DE TESALÓNICA 4, 13-18

No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él. Queremos decirles algo, fundados en la Palabra del Señor: los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan muerto. Porque a la señal dada por la voz del Arcángel y al toque de la trompeta de Dios, el mismo Señor descenderá del cielo. Entonces, primero resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros, los que aún vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos al cielo, sobre las nubes, al encuentro de Cristo, y así permaneceremos con el Señor para siempre.
Consuélense mutuamente con estos pensamientos.

Palabra de Dios.


SALMORESPONSORIAL 95,1.3-5.11-13

R. ¡El Señor viene a gobernar la tierra!

Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra. Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos. R.

Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Los dioses de los pueblos no son más que apariencia, pero el Señor hizo el cielo. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra, resuene el mar y todo lo que hay en él; regocíjese el campo con todos sus frutos, griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor, porque Él viene a gobernar la tierra: Él gobernará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad. R.


EVANGELIO
Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN MARCOS 6, 17-29


En aquel tiempo:
Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía, quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto.
Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. Su hija, también llamada Herodías, salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le aseguró bajo juramento: «Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella fue a preguntar a su madre: «¿Qué debo pedirle?» «La cabeza de Juan el Bautista», respondió ésta.
La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: «Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla. En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y ésta se la dio a su madre.
Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

Palabra del Señor. 
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Reflexión

CATEQUESIS DE BENEDICTO XVI SOBRE SAN JUAN BAUTISTA

El miércoles 29 de Agosto de 2012. en Castelgandolfo, el Papa Benedicto XVI continuó con sus enseñanzas sobre los santos, hablando sobre San Juán Bautista.
He aquí sus palabras compartidas por varios medios de comunicación como Vatican va,  Aci prensa, Radio vaticana, Revista eclessia.

“Queridos hermanos y hermanas:
En este último miércoles del mes de agosto, se recuerda la memoria litúrgica del martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el Calendario Romano, es el único Santo del que se celebra tanto su nacimiento, el 24 de junio, como su muerte, por medio del martirio. La de hoy, por lo tanto, es una memoria que se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaria, donde, ya a mediados del IV siglo, se veneraba su cabeza. El culto se extendió luego en Jerusalén, en las Iglesias de Oriente y en Roma, con el título de Degollación de san Juan Bautista. En el Martirologio Romano, se menciona un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de S. Silvestre en Campo Marzio, de Roma.

Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de san Juan Bautista. En los Evangelios se destaca muy bien su papel, con relación a Jesús. En particular, san Lucas narra su nacimiento, su vida en el desierto y su predicación. Y san Marcos nos habla de su dramática muerte, en el Evangelio de hoy. Juan el Bautista comienza su predicación en la época del emperador Tiberio, en el 27-28 d. C. Y la clara invitación que dirige a las personas que acudían a escucharlo, es la de preparar el camino para acoger al Señor, allanando los senderos y nivelando los caminos desparejos de la propia vida, a través de una conversión radical de corazón (cfr. Lc 3, 4).

Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, sino que, reconociendo a Jesús como “Cordero de Dios”, que vino para quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de indicar a Jesús como verdadero Enviado de Dios, haciéndose a un lado, para que Él pueda crecer, ser escuchado y seguido. Como último acto, el Bautista testimonia con su sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin desmayar o dar marcha atrás, cumpliendo hasta el fondo su misión. San Beda, monje del siglo IX, en sus homilías, dice así: “Por [Cristo] dio su vida, a pesar de que no recibió la orden de renegar a Jesucristo, sino sólo la de callar la verdad. Y puesto que no calló la verdad, murió por Cristo, que es la verdad “(Hom. 23: CCL 122, 354). Precisamente, por amor a la verdad, no pactó y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a los que habían perdido el camino de Dios.

Ahora veamos a esta gran figura, su fortaleza en la pasión, su resistencia contra los poderosos. Nos preguntamos ¿de dónde nace esta vida tan recta, tan coherente, gastada de forma tan plena por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Juan es el don divino que sus padres, Zacarías e Isabel habían invocado durante mucho tiempo (cfr. Lc 1,13), un gran don, humanamente inesperado, porque ambos eran de edad avanzada e Isabel era estéril (cfr. Lc 1,7), pero es nada imposible para Dios (cfr. Lc 1:36).

El anuncio de este nacimiento se produce precisamente en el lugar de la oración, en el templo de Jerusalén, es más sucede cuando a Zacarías le toca el gran privilegio de entrar en el lugar más sagrado del templo para hacer la ofrenda del incienso al Señor (cfr. Lc 1, 8-20). También el nacimiento del Bautista está marcado por la oración: el canto de alegría, de alabanza y de agradecimiento que Zacarías eleva al Señor y que rezamos todas las mañanas en los Laudes, el «Benedictus», exalta la acción de Dios en la historia e indica proféticamente la misión del hijo Juan: preceder al Hijo de Dios hecho carne para prepararle los caminos (cfr. Lc 1, 67-79). Toda la existencia del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en particular, el período transcurrido en regiones desiertas (cfr. Lc 1, 80), regiones desiertas que son lugar de la tentación, pero también lugar en el que el hombre siente su propia pobreza porque está privado de los apoyos y las seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia sólido es Dios mismo. Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía hacia esta relación con Dios. El Evangelista Lucas refiriendo la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», anota que la petición es formulada con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos» (cfr. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es verdad y no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo de alguna manera, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, el valor de dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede suceder en nuestra vida si la relación con Dios es sólida. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de una vida de oración fiel, constante y confiada, será el mismo Dios quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de modo feliz y sereno, para superar las dificultades y testimoniarlo con valor. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre la primacía de Dios en nuestra vida. Gracias.”


Benedicto XVI. Castelgandolfo. 29 de Agosto de 2012.


Meditaciones de Homilia católica sobre las lecturas

Tes. 4, 13-18. Nuestra vida, como hijos de Dios, en medio de fatigas y persecuciones por el Nombre del Señor, anunciando con las palabras y testificando con las obras el Evangelio de la gracia, que Dios nos ha concedido en su Hijo Jesús, tiene una gran esperanza: estar para siempre con el Señor. Él, que se levantó victorioso sobre el autor del pecado y de la muerte por su fidelidad amorosa y libre a la voluntad soberana del Padre Dios, vendrá por nosotros para arrebatarnos de la muerte y hacernos partícipes de la Vida eterna a quienes ahora le vivamos fieles, tanto sin perder la victoria que conquistó para nosotros, levantándose sobre el Diablo, como luchando para que el Reino de Dios llegue a todos. Por eso no perdamos nuestra fe, sino que, fortalecidos con la presencia del Espíritu Santo en nosotros, esforcémonos constantemente por conquistar el Reino de Dios, con la mirada puesta en Jesús, Caudillo y Consumador de nuestra esperanza.

Sal. 96 (95). Dios, el Señor, se ha levantado victorioso sobre sus enemigos. Él liberó a los suyos de la esclavitud; y despojó a quienes poseían la tierra prometida para entregársela a su Pueblo Santo. Así Dios se ha manifestado como el único Dios vivo y verdadero, que vela por quienes en Él confían; y ha demostrado la falsedad de los dioses en quienes confían las demás naciones, que no pueden velar por ellas ni librarlas de las manos de sus enemigos. Por eso, que cielo, mar y tierra y todo lo que contienen, se alegren, regocijen, exulten y aclamen al Señor, que viene a gobernar con justicia al mundo, y a las naciones con fidelidad. Por medio de Cristo, Dios se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte. Quienes hemos depositado en Él nuestra confianza, alegrémonos y llenémonos de gozo, pues, hechos partícipes de su victoria, nos participa también, ya desde ahora, de los bienes eternos, que reserva para los que le viven fieles.

Mc. 6, 17-29. Jesús, rechazado por sus paisanos, se va a los pueblos de alrededor para continuar con la proclamación de la Buena Noticia. Entonces envía a sus apóstoles de dos en dos con el mismo poder que Él ha recibido del Padre. El enviado, finalmente se convierte en Aquel que le envía; por eso, quien rechaza al enviado, está rechazando al que lo envió. Si a Jesús lo persiguieron hasta asesinarlo, el enviado ha de aceptar con valentía, firmeza y lealtad también ese riesgo, sin diluir, ni acomodar la misión recibida para eludir las consecuencias que podrían venírsele por cumplir con lo que Dios le ha confiado. El asesinato de Juan el Bautista, profeta nada endeble aún en el llamado que hace al mismo rey Herodes a reconocer sus errores y a convertirse, preanuncia a los apóstoles y a todos los fieles testigos del Señor lo que puede sucederles a causa de su fidelidad a Él. Jesús nos invita a tomar nuestra cruz de cada día y a seguirlo. Él sabe que la muerte no tiene la última palabra, sino la vida; y que esa vida es vida eterna, glorificados como hijos amados junto a Dios. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Qué significa en nuestra vida? Ojalá y no lo confundamos con un fantasma, ni con la encarnación de algún antepasado. Jesús, glorificado junto al Padre, continúa entre nosotros con su amor, con su misericordia, con su entrega, por medio de su Iglesia que lo hace presente en la historia. Él nos envía para que, en su Nombre, hagamos cercana su salvación a todas las naciones en todos los tiempos. Ojalá y no nos acobardemos ante lo que pueda sucedernos si proclamamos su Nombre sin acomodos, sino con fidelidad, porque, finalmente, la gloria que nos espera supera nuestros sufrimientos que hayamos de pasar por anunciar el Evangelio con todas sus consecuencias.. Jesús no se ha quedado en vana palabrería.

En esta Eucaristía celebramos el testimonio de su amor por nosotros que ha llegado hasta el extremo. Su muerte, clavado en la cruz, a la par que nos hace comprender la aceptación voluntaria de la entrega de su vida por nosotros, nos recuerda hasta dónde puede llegar la obcecación de aquellos que se cierran a la verdad y al amor, persiguiendo y acabando con la vida de quien sólo pasó haciendo el bien, pero que se convirtió en un firme reproche a las actitudes de quienes no quisieron aceptar sus propios errores para darle un nuevo rumbo a su vida. El Señor nos invita a hacer nuestra su vida y su misión, sin temores ante lo que podría esperarnos. Él nos dice: En el mundo tendrán tribulaciones; pero, ánimo, no tengan miedo; yo he vencido al mundo.

Quienes participamos de esta Eucaristía, voluntariamente aceptamos como nuestra la misma Misión del Señor con quien entramos en comunión; y aceptamos, también voluntariamente, todas las consecuencias que nos vengan por vivir y proclamar su Evangelio siendo fieles a Aquel que nos lo ha confiado. Nadie nos quita la vida, nosotros estamos dispuestos a entregarla, si es preciso, como el resultado de nuestra fidelidad a Dios, que nos envía; y de fidelidad a aquellos a quienes hemos enviados para conducirlos a un encuentro personal y comprometido con el Señor.

Tratemos de no ser nosotros mismos los que nos convirtamos en quienes quitan la vida a los demás, por pagarles un salario de hambre, por corromperles la vida, por robarles la paz y la alegría y sumirlos en la incertidumbre y la tristeza. No queramos quedar bien ante los demás; no queramos conservar nuestra vida y nuestro poder a base de hacer caer la cabeza de los demás. Si el Espíritu del Señor está realmente en nosotros, pasemos haciendo el bien y no el mal; trabajemos por la justicia, el amor y la paz; seamos congruentes con aquello que decimos profesar; seamos constructores de un mundo nuevo donde reine el amor fraterno y donde todos vivamos unidos en torno a un sólo Dios y Padre.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber pronunciar un sí comprometido al amor que Él nos ofrece, y al amor que quiere confiarnos para hacerlo reinar en el mundo, aun cuando en eso se nos vaya la vida, sabiendo que, finalmente, la alegría y la paz junto a Dios serán para nosotros la vida eterna, que ya nadie jamás podrá arrebatarnos. Amén.
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Santoral: El Martirio de San Juan Bautista, Beato Edmundo Ignacio Rice y Beata Teresa Bracco.
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miércoles, 28 de agosto de 2013

CATEQUESIS DE BENEDICTO XVI SOBRE SAN JUAN BAUTISTA

El miércoles 29 de Agosto de 2012, en Castelgandolfo, el Papa Benedicto XVI continuó con sus enseñanzas sobre los santos, hablando sobre San Juán Bautista.
He aquí sus palabras compartidas por varios medios de comunicación como Vatican va,  Aci prensa, Radio vaticana, Revista eclessia.


"Queridos hermanos y hermanas: 

En este último miércoles del mes de agosto, se recuerda la memoria litúrgica del martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el Calendario Romano, es el único Santo del que se celebra tanto su nacimiento, el 24 de junio, como su muerte, por medio del martirio. La de hoy, por lo tanto, es una memoria que se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaria, donde, ya a mediados del IV siglo, se veneraba su cabeza. El culto se extendió luego en Jerusalén, en las Iglesias de Oriente y en Roma, con el título de Degollación de san Juan Bautista. En el Martirologio Romano, se menciona un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de S. Silvestre en Campo Marzio, de Roma.

Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de san Juan Bautista. En los Evangelios se destaca muy bien su papel, con relación a Jesús. En particular, san Lucas narra su nacimiento, su vida en el desierto y su predicación. Y san Marcos nos habla de su dramática muerte, en el Evangelio de hoy. Juan el Bautista comienza su predicación en la época del emperador Tiberio, en el 27-28 d. C. Y la clara invitación que dirige a las personas que acudían a escucharlo, es la de preparar el camino para acoger al Señor, allanando los senderos y nivelando los caminos desparejos de la propia vida, a través de una conversión radical de corazón (cfr. Lc 3, 4).
Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, sino que, reconociendo a Jesús como “Cordero de Dios”, que vino para quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de indicar a Jesús como verdadero Enviado de Dios, haciéndose a un lado, para que Él pueda crecer, ser escuchado y seguido. Como último acto, el Bautista testimonia con su sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin desmayar o dar marcha atrás, cumpliendo hasta el fondo su misión. San Beda, monje del siglo IX, en sus homilías, dice así: “Por [Cristo] dio su vida, a pesar de que no recibió la orden de renegar a Jesucristo, sino sólo la de callar la verdad. Y puesto que no calló la verdad, murió por Cristo, que es la verdad “(Hom. 23: CCL 122, 354). Precisamente, por amor a la verdad, no pactó y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a los que habían perdido el camino de Dios.

Ahora veamos a esta gran figura, su fortaleza en la pasión, su resistencia contra los poderosos. Nos preguntamos ¿de dónde nace esta vida tan recta, tan coherente, gastada de forma tan plena por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Juan es el don divino que sus padres, Zacarías e Isabel habían invocado durante mucho tiempo (cfr. Lc 1,13), un gran don, humanamente inesperado, porque ambos eran de edad avanzada e Isabel era estéril (cfr. Lc 1,7), pero es nada imposible para Dios (cfr. Lc 1:36).
El anuncio de este nacimiento se produce precisamente en el lugar de la oración, en el templo de Jerusalén, es más sucede cuando a Zacarías le toca el gran privilegio de entrar en el lugar más sagrado del templo para hacer la ofrenda del incienso al Señor (cfr. Lc 1, 8-20). También el nacimiento del Bautista está marcado por la oración: el canto de alegría, de alabanza y de agradecimiento que Zacarías eleva al Señor y que rezamos todas las mañanas en los Laudes, el «Benedictus», exalta la acción de Dios en la historia e indica proféticamente la misión del hijo Juan: preceder al Hijo de Dios hecho carne para prepararle los caminos (cfr. Lc 1, 67-79). Toda la existencia del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en particular, el período transcurrido en regiones desiertas (cfr. Lc 1, 80), regiones desiertas que son lugar de la tentación, pero también lugar en el que el hombre siente su propia pobreza porque está privado de los apoyos y las seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia sólido es Dios mismo. Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía hacia esta relación con Dios. El Evangelista Lucas refiriendo la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», anota que la petición es formulada con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos» (cfr. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es verdad y no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo de alguna manera, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, el valor de dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede suceder en nuestra vida si la relación con Dios es sólida. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de una vida de oración fiel, constante y confiada, será el mismo Dios quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de modo feliz y sereno, para superar las dificultades y testimoniarlo con valor. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre la primacía de Dios en nuestra vida. Gracias."

Benedicto XVI. Castelgandolfo. 29 de Agosto de 2012.


Fuente: Radio vaticana.


BENEDICTO XVI  Y SAN AGUSTIN
I
 Audiencia General
9 de Enero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Después de las grandes festividades navideñas, quiero volver a las meditaciones sobre los Padres de la Iglesia y hablar hoy del Padre más grande de la Iglesia latina, san Agustín:  hombre de pasión y de fe, de altísima inteligencia y de incansable solicitud pastoral. Este gran santo y doctor de la Iglesia a menudo es conocido, al menos de fama, incluso por quienes ignoran el cristianismo o no tienen familiaridad con él, porque dejó una huella profundísima en la vida cultural de Occidente y de todo el mundo.

Por su singular relevancia, san Agustín ejerció una influencia enorme y podría afirmarse, por una parte, que todos los caminos de la literatura latina cristiana llevan a Hipona (hoy Anaba, en la costa de Argelia), lugar donde era obispo; y, por otra, que de esta ciudad del África romana, de la que san Agustín fue obispo desde el año 395 hasta su muerte, en el año 430, parten muchas otras sendas del cristianismo sucesivo y de la misma cultura occidental.

Pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan grande, capaz de acoger sus valores y de exaltar su riqueza intrínseca, inventando ideas y formas de las que se alimentarían las generaciones posteriores, como subrayó también Pablo VI:  «Se puede afirmar que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan  toda  la  tradición doctrinal de los  siglos  posteriores» (AAS, 62, 1970, p. 426:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de mayo de 1970, p. 10).

San Agustín es, además, el Padre de la Iglesia que ha dejado el mayor número de obras. Su biógrafo, Posidio, dice:  parecía imposible que un hombre pudiera escribir tanto durante su vida. En un próximo encuentro hablaremos de estas diversas obras. Hoy nuestra atención se centrará en su vida, que puede reconstruirse a través de sus escritos, y en particular de las Confesiones, su extraordinaria autobiografía espiritual, escrita para alabanza de Dios, que es su obra más famosa. Las Confesiones, precisamente por su atención a la interioridad y a la psicología, constituyen un modelo único en la literatura occidental, y no sólo occidental, incluida la no religiosa, hasta la modernidad. Esta atención a la vida espiritual, al misterio del yo, al misterio de Dios que se esconde en el yo, es algo extraordinario, sin precedentes, y permanece para siempre, por decirlo así, como una "cumbre" espiritual.

Pero, volvamos a su vida. San Agustín nació en Tagaste, en la provincia de Numidia, en el África romana, el 13 de noviembre del año 354. Era hijo de Patricio, un pagano que después fue catecúmeno, y de Mónica, cristiana fervorosa. Esta mujer apasionada, venerada como santa, ejerció en su hijo una enorme influencia y lo educó en la fe cristiana. San Agustín había recibido también la sal, como signo de la acogida en el catecumenado. Y siempre quedó fascinado por la figura de Jesucristo; más aún, dice que siempre amó a Jesús, pero que se alejó cada vez más de la fe eclesial, de la práctica eclesial, como sucede también hoy a muchos jóvenes.

San Agustín tenía también un hermano, Navigio, y una hermana, cuyo nombre desconocemos, la cual, tras quedar viuda, fue superiora de un monasterio femenino. El muchacho, de agudísima inteligencia, recibió una buena educación, aunque no siempre fue un estudiante ejemplar. En cualquier caso, estudió bien la gramática, primero en su ciudad natal y después en Madaura y, a partir del año 370, retórica en Cartago, capital del África romana:  llegó a dominar perfectamente el latín, pero no alcanzó el mismo dominio en griego, ni aprendió el púnico, la lengua de sus paisanos.

Precisamente en Cartago san Agustín leyó por primera vez el Hortensius, obra de Cicerón que después se perdió y que se sitúa en el inicio de su camino hacia la conversión. Ese texto ciceroniano despertó en él el amor por la sabiduría, como escribirá, siendo ya obispo, en las Confesiones:  «Aquel libro cambió mis aficiones» hasta el punto de que «de repente me pareció vil toda vana esperanza, y con increíble ardor de corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría» (III, 4, 7).

Pero, dado que estaba convencido de que sin Jesús no puede decirse que se ha encontrado efectivamente la verdad, y dado que en ese libro apasionante faltaba ese nombre, al acabar de leerlo comenzó a leer la Escritura, la Biblia. Pero quedó decepcionado, no sólo porque el estilo latino de la traducción de la sagrada Escritura era deficiente, sino también porque el mismo contenido no le pareció satisfactorio. En las narraciones de la Escritura sobre guerras y otras vicisitudes humanas no encontraba la altura de la filosofía, el esplendor de la búsqueda de la verdad, propio de la filosofía. Sin embargo, no quería vivir sin Dios; buscaba una religión que respondiera a su deseo de verdad y también a su deseo de acercarse a Jesús.

De esta manera, cayó en la red de los maniqueos, que se presentaban como cristianos y prometían una religión totalmente racional. Afirmaban que el mundo se divide en dos principios: el bien y el mal. Así se explicaría toda la complejidad de la historia humana. También la moral dualista atraía a san Agustín, pues implicaba una moral muy elevada para los elegidos; quienes, como él, se adherían a esa moral podían llevar una vida mucho más adecuada a la situación de la época, especialmente los jóvenes.

Por tanto, se hizo maniqueo, convencido en ese momento de que había encontrado la síntesis entre racionalidad, búsqueda de la verdad y amor a Jesucristo. Y sacó también una ventaja concreta para su vida:  la adhesión a los maniqueos abría fáciles perspectivas de carrera. Adherirse a esa religión, que contaba con muchas personalidades influyentes, le permitía seguir su relación con una mujer y progresar en su carrera. De esa mujer tuvo un hijo, Adeodato, al que quería mucho, muy inteligente, que después estaría presente en su preparación para el bautismo junto al lago de Como, participando en los Diálogos que san Agustín nos dejó. Por desgracia, el muchacho falleció prematuramente.

Cuando tenía alrededor de veinte años, fue profesor de gramática en su ciudad natal, pero pronto regresó a Cartago, donde se convirtió en un brillante y famoso maestro de retórica. Con el paso del tiempo, sin embargo, comenzó a alejarse de la fe de los maniqueos, que le decepcionaron precisamente desde el punto de vista intelectual, pues eran incapaces de resolver sus dudas; se trasladó a Roma y después a Milán, donde residía entonces la corte imperial y donde había obtenido un puesto de prestigio, por recomendación del prefecto de Roma, el pagano Simaco, que era hostil al obispo de Milán, san Ambrosio.

En Milán, san Agustín adquirió la costumbre de escuchar, al inicio con el fin de enriquecer su bagaje retórico, las bellísimas predicaciones del obispo san Ambrosio, que había sido representante del emperador para el norte de Italia. El retórico africano quedó fascinado por la palabra del gran prelado milanés; y no sólo por su retórica. Sobre todo el contenido fue tocando cada vez más su corazón.

El gran problema del Antiguo Testamento, de la falta de belleza retórica y de altura filosófica, se resolvió con las predicaciones de san Ambrosio, gracias a la interpretación tipológica del Antiguo Testamento: san Agustín comprendió que todo el Antiguo Testamento es un camino hacia Jesucristo. De este modo, encontró la clave para comprender la belleza, la profundidad, incluso filosófica, del Antiguo Testamento; y comprendió toda la unidad del misterio de Cristo en la historia, así como la síntesis entre filosofía, racionalidad y fe en el Logos, en Cristo, Verbo eterno, que se hizo carne.

Pronto san Agustín se dio cuenta de que la interpretación alegórica de la Escritura y la filosofía neoplatónica del obispo de Milán le permitían resolver las dificultades intelectuales que, cuando era más joven, en su primer contacto con los textos bíblicos, le habían parecido insuperables.

Así, tras la lectura de los escritos de los filósofos, san Agustín se dedicó a hacer una nueva lectura de la Escritura y sobre todo de las cartas de san Pablo. Por tanto, la conversión al cristianismo, el 15 de agosto del año 386, llegó al final de un largo y agitado camino interior, del que hablaremos en otra catequesis. Se trasladó al campo, al norte de Milán, junto al lago de Como, con su madre Mónica, su hijo Adeodato y un pequeño grupo de amigos, para prepararse al bautismo. Así, a los 32 años, san Agustín fue bautizado por san Ambrosio el 24 de abril del año 387, durante la Vigilia pascual, en la catedral de Milán.

Después del bautismo, san Agustín decidió regresar a África con sus amigos, con la idea de llevar vida en común, al estilo monástico, al servicio de Dios. Pero en Ostia, mientras esperaba para embarcarse, su madre repentinamente se enfermó y poco más tarde murió, destrozando el corazón de su hijo.

Tras regresar finalmente a su patria, el convertido se estableció en Hipona para fundar allí un monasterio. En esa ciudad de la costa africana, a pesar de resistirse, fue ordenado presbítero en el año 391 y comenzó con algunos compañeros la vida monástica en la que pensaba desde hacía bastante tiempo, repartiendo su tiempo entre la oración, el estudio y la predicación. Quería dedicarse sólo al servicio de la verdad; no se sentía llamado a la vida pastoral, pero después comprendió que la llamada de Dios significaba ser pastor entre los demás y así ofrecerles el don de la verdad. En Hipona, cuatro años después, en el año 395, fue consagrado obispo.

Al seguir profundizando en el estudio de las Escrituras y de los textos de la tradición cristiana, san Agustín se convirtió en un obispo ejemplar por su incansable compromiso pastoral:  predicaba varias veces a la semana a sus fieles, ayudaba a los pobres y a los huérfanos, cuidaba la formación del clero y la organización de monasterios femeninos y masculinos.

En poco tiempo, el antiguo retórico se convirtió en uno de los exponentes más importantes del cristianismo de esa época:  muy activo en el gobierno de su diócesis, también con notables implicaciones civiles, en sus más de 35 años de episcopado, el obispo de Hipona influyó notablemente en la dirección de la Iglesia católica del África romana y, más en general, en el cristianismo de su tiempo, afrontando tendencias religiosas y herejías tenaces y disgregadoras, como el maniqueísmo, el donatismo y el pelagianismo, que ponían en peligro la fe cristiana en el Dios único y rico en misericordia.

Y san Agustín se encomendó a Dios cada día, hasta el final de su vida:  afectado por la fiebre mientras la ciudad de Hipona se encontraba asediada desde hacía casi tres meses por los vándalos invasores, como cuenta su amigo Posidio en la Vita Augustini, el obispo pidió que le transcribieran con letras grandes los salmos penitenciales "y pidió que colgaran las hojas en la pared de enfrente, de manera que desde la cama, durante su enfermedad, los podía ver y leer, y lloraba intensamente sin interrupción" (31, 2). Así pasaron los últimos días de la vida de san Agustín, que falleció el 28 de agosto del año 430, sin haber cumplido los 76 años.

Benedicto XVI


Fuente: ACI Prensa