jueves, 11 de agosto de 2016

Papa Francesco Catechesi Udienza 10 Agosto 2016





Papa Francisco. 
Audiencia general 10 de agosto de 2016‏
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado (7,11-17) nos presenta un milagro de Jesús verdaderamente grandioso: la resurrección de un joven. Sin embargo, el corazón de esta narración no es el milagro, no: sino la ternura de Jesús hacia la madre de este joven. La misericordia toma aquí el nombre de una gran compasión hacia una mujer que había perdido al marido y que ahora acompaña al cementerio a su único hijo. Es este gran dolor de una madre que conmueve a Jesús y lo induce al milagro de la resurrección.

Al presentar este episodio, el evangelista se entretiene en muchos particulares. En la puerta de la ciudad de Naím – un pueblo – se encuentran dos grupos numerosos que provienen de direcciones opuestas y que no tienen nada en común. Jesús, seguido por sus discípulos y por una gran multitud está por entrar en la zona habitada, mientras de ella está saliendo la procesión fúnebre que acompaña a un difunto, con la madre viuda y mucha gente. Ante la puerta los dos grupos se acercan solamente recorriendo cada uno por su propio camino, pero es ahí que san Lucas precisa el sentimiento de Jesús: «Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: ¡No llores! Después se acercó y tocó el féretro. Los que los llevaban se detuvieron» (vv. 13-14). Una gran compasión guía las acciones de Jesús: es Él quien detiene la procesión tocando el féretro y, conmovido por una profunda misericordia por esta madre, decide afrontar la muerte, por así decir, de tú a tú. Y la afrontará definitivamente, de tú a tú, en la Cruz.

Durante este Jubileo, sería una buena cosa que, al pasar por la Puerta Santa, la Puerta de la Misericordia, los peregrinos recordaran este episodio del Evangelio, sucedido en la puerta de Naím. Cuando Jesús vio a esta madre en lágrimas, ¡ella entró en su corazón! A la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarlas a la misericordia del Señor. Estemos seguros que, ante la Puerta Santa, el Señor se acerca para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “¡No llores!” (v. 13). Ésta es la Puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Y pensemos en esto: un encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Cruzando el umbral nosotros realizamos nuestra peregrinación hacia la misericordia de Dios que, como al joven muerto, repite a todos: «Yo te lo ordeno, levántate» (v.14). A cada uno de nosotros: “levántate”. Dios nos quiere de pie. Nos ha creado para estar de pie: por esto, la compasión de Jesús lleva a aquel gesto de la curación, a curarnos… Y la palabra clave es: “Levántate”. Ponte de pie, como te ha creado Dios”. De pie… “Pero padre, nosotros caemos muchas veces”. “Adelante, levántate”. Esta es la palabra de Jesús, siempre. Al cruzar la Puerta Santa, tratemos de sentir en nuestro corazón esta palabra: “Levántate”. La palabra poderosa de Jesús puede levantarnos y obrar también en nosotros el paso de la muerte a la vida. Su Palabra nos hace revivir, dona esperanza, consuela los corazones cansados, abre a una visión del mundo y de la vida que va más allá del sufrimiento y de la muerte. ¡En la Puerta Santa esta esculpido para cada uno el inagotable tesoro de la misericordia de Dios!

Alcanzado por la Palabra de Jesús, «el muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre» (v. 15). Esta frase es tan bella, indica la ternura de Jesús: “Lo restituyó a su madre”. La madre encuentra al hijo. Recibiéndolo de las manos de Jesús ella se hace madre por segunda vez, pero el hijo que ahora le es restituido no es de ella de quien ha recibido la vida. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra poderosa de Jesús y a su gesto amoroso. Así, especialmente en el Jubileo, la madre Iglesia recibe a sus hijos reconociendo en ellos la vida donada por la gracia de Dios. Es en virtud de tal gracia, la gracia del Bautismo, que la Iglesia se hace madre y que cada uno de nosotros se hace su hijo.

Ante el joven resucitado a la vida y restituido a la madre, «todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: ¡Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo!». Cuanto Jesús ha hecho no es por lo tanto solo una acción de salvación destinada a la viuda y a su hijo, o un gesto de bondad limitada a aquella ciudad. En la ayuda misericordiosa de Jesús, Dios va al encuentro de su pueblo, en Él surge y continuará a surgir para la humanidad toda la gracia de Dios. Celebrando este Jubileo, que he querido que fuera vivido en todas las Iglesias particulares, es decir, en todas las iglesias del mundo, y no solo en Roma, es como si toda la Iglesia extendida por el mundo se uniera en un único canto de alabanza al Señor. También hoy la Iglesia reconoce ser visitada por Dios. Por esto, acercándonos a la Puerta Santa de la Misericordia, cada uno sabe de acercarse a la puerta del corazón misericordioso de Jesús: es Él de hecho la verdadera Puerta que conduce a la salvación y nos restituye a una vida nueva. La misericordia, sea en Jesús sea en nosotros, es un camino que parte del corazón para llegar a las manos… ¿Qué cosa significa esto? Jesús te mira, te cura con su misericordia, te dice: “Levántate”, y ti corazón es renovado. Pero esto del camino del corazón a las manos… “Eh, si, ¿Y ahora qué hago yo? Con el corazón nuevo, con el corazón sanado por Jesús realizo las obras de misericordia con las manos, y trato de ayudar, de sanar a muchos que tienen necesidad”. La misericordia es un camino que parte del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

miércoles, 10 de agosto de 2016

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martes, 9 de agosto de 2016

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lunes, 8 de agosto de 2016

Papa Francesco Angelus 7 Agosto 2016.HD





Palabras del Papa Francisco:

07/08/2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!



En el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 12, 32-48), Jesús habla a sus discípulos del comportamiento a seguir en vista al encuentro final con Él, y explica cómo la espera de este encuentro debe impulsar a una vida rica de obras buenas. Entre otras cosas dice “Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla” (v.33). Es una invitación a dar valor a la limosna como obra de misericordia, a no poner confianza en los bienes efímeros, a usar las cosas sin apego al egoísmo, pero según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los demás, la lógica del amor. Nosotros podemos ser muy dependientes del dinero, tener muchas cosas, pero al final no podemos llevárnoslas con nosotros. Recuerden que “el sudario no tiene bolsillos”.



La enseñanza de Jesús continúa con tres breves parábolas sobre el tema de la vigilancia.



La primera es la parábola de los hombres que esperan en la noche el regreso de su señor.  Esto es importante: la vigilancia, estar atentos, el ser vigilantes en la vida. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” (v.37): es la alegría de atender con fe al Señor, del estar preparados en una actitud de servicio. Se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será beato quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: es más el Señor mismo se hará siervo de sus siervos- es una bonita recompensa- en el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada de noche, Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, que anuncia el día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparados, despiertos y comprometidos en el servicio a los demás, en la consolante perspectiva que “desde allí”, no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino que será Él mismo quien nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede hoy, cada vez que encontramos al Señor en la oración, o también sirviendo a los pobres y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos de su Palabra y de su Cuerpo.



La segunda parábola tiene como imagen la llegada imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; es más Jesús exhorta: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (v.40). El discípulo es aquel que espera al Señor y a su Reino. El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la partida del señor. En la primera imagen, el administrador sigue fielmente sus deberes y recibe su recompensa. En la segunda imagen, el administrador abusa de su autoridad y golpea a los siervos, por ello, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación que sucede frecuentemente también en nuestros días: tantas injusticias, violencias y maldades cotidianas que nacen de la idea de comportarse como señores en la vida de los demás. Tenemos un solo señor a quien no le gusta hacerse llamar “señor” sino Padre”. Todos nosotros somos siervos, pecadores e hijos: Él es el único Padre.



Jesús nos recuerda hoy que la espera de la bienaventuranza eterna no nos dispensa del compromiso de hacer más justo y más habitable el mundo. Es más, justamente nuestra esperanza de poseer el Reino en la eternidad nos empuja a trabajar para mejorar las condiciones de la vida terrena, especialmente de los hermanos más débiles. Que la Virgen María nos ayude a no ser personas y comunidades conformistas con el presente, o peor aún nostálgicas del pasado, sino dirigidas hacia el futuro de Dios, hacia el encuentro con Él, nuestra vida y nuestra esperanza”.



(Mónica Zorita- RV)



(from Vatican Radio)





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domingo, 31 de julio de 2016

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sábado, 30 de julio de 2016

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viernes, 29 de julio de 2016

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jueves, 28 de julio de 2016

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miércoles, 20 de julio de 2016

Liturgia de las horas: 20 DE JULIO MIÉRCOLES XVI DEL T. ORDINARIO

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REFLEXIÓN:
Jer. 1, 1. 4-10. Todos fuimos llamados a la vida porque, aún antes de nacer, Dios nos amó, y nos destinó a ser testigos suyos.
El anuncio del Evangelio no se realiza sólo desde la ciencia humana. Antes que nada y por encima de todo está Dios, que es quien pone sus palabras en nuestro corazón y en nuestra boca, para que con su Poder destruyamos el mal y edifiquemos el bien.
Efectivamente el auténtico profeta viene de la unión con Dios; desde esa experiencia habla como testigo de lo que ha experimentado del mismo Dios. El profeta de Dios no se pasa la vida anunciando calamidades, sino anunciando una vida que día a día se ha de renovar en Cristo Jesús.
Por eso el verdadero profeta no sólo ha de arrancar y derribar, destruir y deshacer, sino también edificar y plantar.
Esto no puede llevarnos a pensar que el trabajo realizado por los enviados anteriormente a nosotros haya sido inútil, y que todo empezará desde nuestra llegada. Ni siquiera las culturas, tal vez alejadas de Dios, deben ser despreciadas ni destruidas para edificar en ellas la fe, sino que sólo las hemos de purificar de todo aquello que les impide un encuentro auténtico con el Señor y un compromiso en la edificación de su Reino entre nosotros.
Esta es la vocación a la que ha sido llamada la Iglesia, que se va encarnando en los diversos pueblos y culturas para conducir a todos hacia la plena unión con Cristo Jesús.
 
Sal. 71 (70). Puestos en manos de Dios lancémonos confiados y valientes a anunciar su Evangelio a todas las naciones, pues Dios velará siempre por nosotros.
Teniendo a Dios de nuestra parte no vacilemos, pues el Señor siempre estará dispuesto a ponernos a salvo. Incluso cuando muramos por Él y por su Evangelio, Él, finalmente, nos librará de la muerte y nos llevará sanos y salvos a su Reino celestial.
No confiemos en el Señor pensando equivocadamente que Él velará por nosotros cuando le demos culto y después nos dediquemos a nuestras fechorías.
Dios nos quiere comprometidos en la realización del bien a favor de todos. Esto tal vez nos reporte momentos de desprecio, de angustia, de persecución y de muerte. Aceptando con amor las consecuencias de nuestro testimonio del Evangelio, no nos cansemos de proclamar siempre la justicia que procede de Dios y que Él ofrece a la humanidad entera; no nos cansemos de llevar la misericordia a todos para que encuentren en el Señor el perdón y la salvación.
Sólo así podremos, finalmente, alabar al Señor eternamente, pues ya desde ahora nuestra vida se habrá convertido en una continua alabanza de su santo Nombre.
 
Mt. 13, 1-9. El Señor nos dice por medio del profeta Isaías: Como la lluvia y la nieven caen del cielo, y sólo regresan allí después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así será la Palabra que sale de mi boca: no regresará a mí vacía, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo.
Por la Palabra fueron creadas todas las cosas. Llegada la plenitud de los Tiempos, Dios nos envió a su Hijo (la Palabra), nacido de Mujer, para rescatarnos del pecado y de la muerte. Él no sólo anunció el Evangelio; Él es el Evangelio viviente del Padre, pues por Él no sólo hemos conocido, sino experimentado el amor de Dios.
Pero esa Palabra no sólo debe ser escuchada con los oídos, sino con el corazón, pues está requiriendo de nosotros que la encarnemos y nos convirtamos en el Evangelio viviente del Padre a través de la historia.
Ojalá y seamos ese buen terreno que esté dispuesto a escuchar y a acoger la Palabra de Dios y a ponerla en práctica.
El Señor nos reúne en esta Eucaristía para pronunciar su Palabra Salvadora sobre nosotros. Él nos hace experimentar el amor que nos tiene hasta el extremo. Nosotros somos testigos de ese amor. Por eso el Señor nos quiere plenamente unidos a Él, de tal forma que, en su Nombre, vayamos y proclamemos las maravillas de su amor y de su misericordia a todos los pueblos.
Renovemos nuestra confianza en el Señor; sepamos poner totalmente nuestra vida en sus manos para que Él realice su obra salvadora en nosotros y nos lleve a la misma perfección que le corresponde como a Hijo unigénito de Dios.
Nuestra Eucaristía se ha de convertir en un compromiso de amor fiel a Dios y a su Palabra, que nos haga ser la buena semilla que se siembre en el corazón de la humanidad entera para que todos lleguen a producir abundantes frutos de salvación.
Aquel que haya perdido su relación con Cristo en lugar de hacer surgir hijos de Dios lo único que hará será convertirse en ocasión de maldad, de muerte y de esterilidad por su falta de buenas obras en favor de los demás.
Vivamos, pues, nuestra unión fiel y amorosa a Dios.
Dios ha Creado a su Iglesia con gran amor, pues la ha hecho Esposa de su propio Hijo, Cristo Jesús. En Él tenemos la misión de sembrar la vida, el amor, la verdad, la santidad, la justicia, la paz, la alegría y la misericordia en la humanidad entera.
Nuestra simiente no es de maldad, sino de bondad, pues procede de Dios mismo. Por eso aprendamos a ser los primeros en dejar que esa Semilla buena, que es la Palabra de Dios produzca frutos abundantes en nosotros.
Pero no nos quedemos egoístamente disfrutando de la fecundidad de la Palabra de Dios en nosotros. Vayamos, con el poder de Dios, a sembrarla en la humanidad entera. No importa que a veces parezcamos apenas unos muchachos temerosos, pues no vamos con nuestro poder, sino con la fuerza que nos viene del Espíritu Santo, que Dios ha infundido en nosotros. Y ese Espíritu no es de cobardía, sino de valentía sabiendo que la obra de salvación es la obra de Dios, y nosotros sólo somos colaboradores de la gracia.
Ojalá y no defraudemos el amor y la confianza que Dios ha depositado en nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir como fieles testigos suyos, colaborando constantemente en la construcción de su Reino entre nosotros fortalecidos por el Espíritu Santo, que Dios mismo nos ha concedido. Amén.

Homilía católica.-

martes, 19 de julio de 2016

Palabra de Dios diaria.: LECTURAS DEL MARTES XVI DEL T. ORDINARIO 19 DE JUL...

Palabra de Dios diaria.: LECTURAS DEL MARTES XVI DEL T. ORDINARIO 19 DE JUL...: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" RESPUESTAS DE FE S.D.A. SAN SÍMACO PAPA ANTÍFONA DE ENTRAD...

REFLEXIÓN
Miq. 7, 14-15. 18-20. Por medio del Hijo de Dios, Cristo Jesús, Señor nuestro, Dios se ha convertido en el Buen Pastor, que no sólo nos lleva a buenos pastos, sino que nos conduce a la posesión de los bienes definitivos. A pesar de que somos pecadores, Dios se ha manifestado para con nosotros como el Dios misericordioso y fiel, de tal forma que jamás se ha olvidado de nosotros. Mediante su muerte en la cruz nuestros pecados no sólo han sido arrojados lejos de Él, sino que han sido perdonados y nuestra deuda cancelada ante Él para que en adelante vivamos como hijos suyos. Creer en Dios como el Dios del Amor, del perdón y de la misericordia no nos puede llevar a vivir desligados del compromiso que tenemos de darle un nuevo rumbo a nuestra vida. La salvación y el perdón que Dios nos ofrece nos hace vivir comprometidos en la realización del bien a favor de todos, y a ser misericordiosos con todos como Dios lo ha sido para con nosotros. La Iglesia, a la par que anuncia el Evangelio ha de encarnarlo en sí misma, de tal forma que se convierta en un signo vivo de la presencia salvadora, amorosa y misericordiosa de Dios en el mundo y su historia.
 
Sal. 85 (84). El Señor nos ha manifestado su amor y su misericordia saliendo al encuentro del hombre pecador por medio de su Hijo, encarnado en María Virgen. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Pero esa conversión, que nos une nuevamente a Dios, al hacernos participar de la misma vida divina, nos compromete a convertirnos en un signo de vida para nuestro prójimo. Dios se convierte en nuestra alegría y en nuestra paz, que, lograda al precio de la Sangre de Cristo, no debemos perder a causa de nuestras imprudencias y pecados. Pero los dones de Dios no son sólo para que nosotros los disfrutemos al margen de los demás. No sólo hemos de llevar a ellos el perdón, la alegría y la paz que proceden de Dios, sino que nosotros mismos nos hemos de convertir en un signo del perdón, de la alegría y de la paz de Dios para nuestro prójimo. Sólo así podremos decir que en verdad somos hijos de Dios y que permanecemos unidos a Él.
 
Mt. 12, 46-50. Jesús se está dirigiendo de un modo abierto y decidido hacia Jerusalén; ha recibido amenazas de muerte de parte de los fariseos y de las autoridades civiles y religiosas de Israel. Tal vez lo más prudente sería batirse en retirada para evitar la muerte. Su familia se ha acercado a Él cuando está hablando a la gente; probablemente quieran llevárselo, no tanto porque crean que está perturbado, sino para protegerlo de las asechanzas de muerte de que es objeto. Algo de esto se colige en la respuesta de Jesús cuando le anuncian que su Madre y sus hermanos quieren hablar con Él. La respuesta podemos conectarla con el Jesús adolescente que le dice a su Madre: ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?, indicando con ello su fidelidad amorosa a la voluntad del Padre Dios, muy por encima incluso de los lazos y dependencias a que podría llevarnos la unión a la familia. El Señor no quiere que persona alguna, ni siquiera los más cercanos, le impidan hacer la voluntad del Padre. A Pedro le llamó Satanás por querer ser un tropiezo en el camino de la cruz de Cristo. Si alguien se precia de ser de la familia de Cristo debe no sólo contemplarlo en el camino de su cruz, de su entrega y del amor hacia nosotros llevado hasta el extremo, sino que debe también cargar su propia cruz e ir tras las huellas de su Señor y Maestro. Esta fidelidad a lo que Dios nos ha confiado es lo único que puede identificarnos como de la familia de Dios. Sólo unidos a Cristo en la fe, en el amor y en la fidelidad a su voluntad, en Él seremos en verdad hijos de Dios.
Aquel que cargando en su cruz nuestros pecados, se dirigió al Calvario para morir por nosotros y dar el perdón a todo el que crea en Él, y que al tercer día resucitó de entre los muertos para darnos nueva vida, nos reúne en este día para que, en torno a Él, no sólo celebremos, sino hagamos nuestro este su Misterio Pascual mediante el cual nos ha hecho hijos de Dios. Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, no es sólo fiel a la voluntad salvadora de Dios para nosotros, sino que también es fiel al hombre, pues no sólo nos ha anunciado el Nombre de Dios, sino que Él mismo se ha convertido en la máxima revelación del Rostro amoroso y misericordioso del Padre Dios para nosotros. Reunidos en torno a Él nos quiere en comunión de vida con Él para enviarnos a continuar su obra de salvación en el mundo. Quienes venimos a Él no sólo lo hacemos para orar, sino también para comprometernos, junto con Él, en la construcción de su Reino de amor y de paz entre nosotros. Sólo así seremos en verdad el Reino y Familia de Dios, que sigue viviendo en el amor fiel a Dios y al hombre hasta que todos, unidos a Cristo, lleguemos a celebrar la Pascua, junto con Él, en el Reino de Dios.
En el anuncio del Evangelio, hecho de un modo comprometido con la vida misma, tal vez no sólo haya muchas cosas que nos inquieten, sino que incluso nos espanten. Muchos, midiendo las consecuencias de dicho compromiso, tal vez quieran sólo conformarse con una fe centrada en el cumplimiento de determinados actos de culto o de piedad. Pero no ir más allá para evitar ser víctimas de las burlas, de las persecuciones, de las críticas de los demás nos deja sólo en una fe demasiado superficial e incapaz de darle un nuevo rumbo a nuestra historia. Hay muchas cosas que impiden a muchos caminar con su cruz tras las huellas de Cristo, pues cargar la cruz significa ser honestos, dejando a un lado la corrupción con la que deterioramos a la sociedad misma; significa abrir los ojos ante las necesidades de nuestro prójimo para darles una solución adecuada, sin pasar de largo, de modo indiferente, ante ellos; significa ser conscientes de las diversas manifestaciones de pecado y de muerte, cuyas heridas abiertas en muchos hermanos nuestros hemos de curar en el amor y la misericordia de Dios. ¿En verdad somos hijos de Dios? ¿Somos de la familia de Cristo? Su Iglesia no puede dejarse dominar por la cobardía ni por una falsa prudencia. Quien quiera conservar su vida la perderá, pero quien la pierda por Cristo la encontrará.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de pertenecer realmente a su familia, no sólo por el Bautismo que hemos recibido, sino porque viviendo en la fidelidad a su Voluntad sobre nosotros de llegar a ser conforme a la imagen de su propio Hijo, en Él seamos realmente reconocidos como sus hijos amados en quien Él, como Padre, se complace. Amén´

Homilia catolica